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Imaginario de Ibiza

La paradoja que se avista desde la torre de Balansat

Uno de los paseos imprescindibles del norte de Ibiza culmina en esta atalaya de vigilancia, desde donde se contempla una insólita perspectiva de la costa de Sant Miquel. Dicha visión, sin embargo, no es apta para todos los corazones

Vista desde la torre de Balansat. X.P.

"Cualquier orden es un acto de equilibrio de extrema precariedad". (Walter Benjamin)

Me pregunto si la torre de Balansat, que se asienta sobre la cúspide del acantilado que cierra el Port de Sant Miquel por el lado de poniente, sigue abierta. Hace algunos años podías caminar hasta ella desde la carretera que desciende al Pas de s’Illa, acceder a su interior y subir por la escalera hasta la azotea, desde donde se contempla una vista sobrecogedora enmarcada por la costa de na Xemena y s’Illa Murada al oeste y el extremo del islote d’en Calders al este, del que solo se distingue una punta.

De ser así, lo aconsejable es que aquellos ibicencos que alguna vez han pedido licencia para construir una casa para sus hijos en un terreno de su propiedad y se la han denegado o se encuentran enredados en una maraña burocrática infame para lograr un permiso para un almacén agrícola, no vayan hasta ella. Tras su parapeto se avista un paisaje de ensueño, pero también aquello que podríamos definir como la paradoja de Balansat porque refleja de forma nítida el contraste entre aquellos a los que no se les permite habilitar una vivienda para sus descendientes y los enormes palacios que, sin embargo, han hecho realidad potentados foráneos en enclaves inverosímiles.

El culmen de esta hiriente paradoja es la mansión del istmo de sa Ferradura, antaño islote, una vasta construcción rodeada de mar por tres costados. Aunque se levantó en los tiempos en que la palabra ‘no’ estaba ausente en el diccionario del urbanismo pitiuso, ha ido mutando y evolucionado a lo largo de su historia hasta constituir una mole insólita, medio camuflada por la arboleda y los jardines que la circundan.

Desde lo alto de la atalaya des Molar la panorámica de su estructura es casi absoluta. Aunque la piscina pequeña y la casa de invitados, más próximas a la entrada del complejo por es Pas de s’Illa, quedan ocultas por el macizo, se distingue con nitidez la gran vivienda, con sus dos torres de piedra, una vasta extensión de terrazas y el trazado real de sus interiores. También el palmeral que rodea el inmueble y una amplia superficie de césped, que contrasta con el roquedal desnudo que conforma el resto del islote. Casa y jardín copan al menos la mitad de su superficie.

El paseo, por el contrario, resulta altamente recomendable para aquellos que no albergan tales resquemores o hacen de tripas corazón. Más allá de sa Ferradura aguarda la postal imprescindible de este entorno, incluida la propia bahía de Sant Miquel, magnífica pese al impacto del aborto escalonado que esbozan los hoteles encaramados a los precipicios, la costa prácticamente virgen del entorno de Benirràs, con su Cap Bernat enfrentado a la orilla desde más allá de la media luna que dibuja la cala, y la frondosidad de un territorio plagado de pinos que cubren los montes cercanos con un alfombrado verde hasta más allá de donde se extiende la vista. Y a los pies de la torre, un agua clara, con ráfagas esmeraldas y turquesas allá donde las olas se estrellan con los escollos. Ibiza es territorio de contrastes, pero, por atractivas que resulten algunas postales, también acaban subrayando nuestras contradicciones.

Una torre sin cañones

La torre de Balansat, también llamada des Molar, fue construida por orden de la Corona española en el siglo XVIII, como parte del sistema defensivo de la costa pitiusa. A diferencia de otras, nunca dispuso de artillería por falta de fondos, pero sí contó con funcionarios del Cuerpo de Torreros, que oteaban el horizonte en busca de navíos de corsarios enemigos, para alertar a la población y que corriera a encontrar refugio. Está situada a 95 metros sobre el nivel del mar y cuenta con un interior a dos niveles, con almacén y polvorín en la planta baja y una estancia principal en la alta, con acceso a la cubierta mediante una escalera circular engarzada al muro.

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