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Club Náutico Ibiza: ‘La casa de la gran familia’, en peligro

El álbum es grande, cuadrado, está forrado con grueso cuero marrón y se conserva en la sala de juntas, situada en el primer piso del Club Náutico Ibiza. Cada lado ocupa unos 50 centímetros. Quienes escogieron ese modelo debieron pensar que la ocasión merecía un tamaño semejante, colosal, XXL. Y la merecía: corría el año 2000 y celebraba su 75 aniversario. Lo rellenaron con recortes de periódicos, carteles e imágenes de esa larga historia, casi desde sus comienzos. Una etapa que podría, con el centenario al alcance de los dedos, acabar en breve si la Autoridad Portuaria de Balears decide, finalmente, otorgar la concesión a la empresa con la que el Club Náutico compite en ese concurso

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De izquierda a derecha, Toni Escandell, Ramón Balanzat, Víctor Juan, Pere Torres, Manuel Guasch y José María Prats Marí, socios del club dese hace medio siglo. Vicent Marí

En las páginas del enorme e inmanejable álbum conmemorativo del 75 aniversario del Club Náutico Ibiza fueron pegadas (literalmente) las imágenes de «los primeros veleros que surcaron las aguas» del club «allá por el año 1935», se especifica en una hoja; las de las excursiones marítimas de sus socios a sa Torreta (s’Espalmador), Formentera y es Vedrà en los años 1945 y 1946; la de la orquesta que amenizaba los bailes en la década de los años 50; las de los primeros veleros snipe construidos en Ibiza en 1945; las famosas bruixes (1950); la llegada de los primeros optimist (1969) o la creación de la flotilla de 420 en 1974.

Muchos llaman al club «la casa». O «mi casa», por lo vivido allí, por cómo se sienten en cuanto entran en el edificio y charlan en la terraza con su pandilla de toda la vida, con la que llevan tomando café, cenando o navegando desde que eran chavales, algunos desde hace algo más de medio siglo. Las amistades que allí se han forjado son eternas.

Para sus socios representa más que un club. Forma, dicen, parte de la identidad de Ibiza. En un momento en que el legado del último siglo se desmorona, en que cada vez quedan menos lugares auténticos en Vila y la isla se vende al mejor postor (y no es una frase hecha), les duele la perspectiva de que también les «quiten» algo que consideran suyo, esencia vilera, patrimonio, dicen, de quienes habitan la capital. Su último reducto.

José María Prats Marí: «donde aprendimos a navegar»

«¡Hola, estoy en el Club Náutico, como siempre!», responde José María Prats Marí cuando se le telefonea. Está, también como siempre, rodeado de sus amigos, como su «compañero de toda la vida, Juan Riera Villegas». En el álbum fotográfico conmemorativo aparecen ambos en el snipe ‘Aliso’ en una foto captada en 1977, año en el que se proclamaron subcampeones de España de esa clase y quintos del Europeo Junior. «Tenía ocho años cuando llegué al club por primera vez y de la mano de un hermano de mi abuela. Al entrar vi a unos niños que salían en optimist... que ahora son mis amigos de toda la vida. Fue verlos y pensar que quería ser como ellos. Di la lata a mis padres hasta que por fin me apuntaron a la escuela de vela», cuenta Prats, de 63 años de edad.

Una escuela de vela «que no era tal». Las clases eran impartidas por «un par de señores que enseñaban a navegar». Uno era Juan Planells, Nito Miquelitus, un carnicero (con tienda cerca del Mercat Vell) que en sus ratos libres les enseñaba vela mientras remaba en su bote. Otro era Domingo Guasch, de la tienda de ropa Casa Domingo, en el paseo de Vara de Rey, que además «era un carpintero de ribera aficionado que construía snipes». Había dos instructores más: Antonio Prats Calbet, es Coq, que tenía una tienda de tejidos enfrente de Sant Elm y les impartía clases de nudos y de navegación costera, y el comodoro Juan Marí Bayona. «Este tenía una barca de salvamento de un crucero reconvertida en yate en la que nos llevaba navegando hasta Denia, lo que nos permitió aprender a navegar en alta mar. Todos esos maestros, que daban clases en sus tiempos libres, nos enseñaron a situarnos, a trazar rumbos, a hacer nudos. Era una especie de escuela de formación profesional donde aprendíamos las artes del mar». Los patrones de la ‘Joven Dolores’, de la ‘Tanit’ y de la ‘San Francisco’ les enseñaban a distinguir los faros y «los peligros de es Freus» mientras tomaban un café en la terraza del Club Náutico. Los propios socios les explicaban cómo navegar: «Y ahora nosotros hacemos lo mismo con los más jóvenes. Los niños que empiezan en la escuela de vela luego son amigos toda la vida. Y acaban siendo los directivos. Y grandes regatistas».

Ese tipo de vida y esas amistades, ese núcleo duro y fiel de amigos, fue vital para sobrevivir en aquella Ibiza de los años 70, cuando la heroína empezaba a hacer estragos: «Tener una pandilla en el club nos salvó a todos de las drogas», afirma Prats. Salían de la isla para participar en regatas en Palma (como el torneo Princesa Sofía), Blanes, Vigo… «Uno de la pandilla era Miguel Boscá, que fue marino mercante y llegó a ser un alto directivo de Baleària. Otros fueron patrones de la barca de Formentera o pescadores. Antonio Cardona Espin fue medidor de barcos en las regatas de la Olimpiada de Barcelona 92. Y Rafael Prats García, descendiente del Marino Riquer, es medidor y juez de regatas nacional. «Yo me metí en la Armada». Lo dice con la boca pequeña, como restando valor a que llegara a ser nada menos que capitán de navío, a que estuviera destinado en Somalia para combatir la piratería y a que pilotara reactores de despegue vertical Harrier y otros aviones de combate.

«Todo eso —lamenta— se va a perder. Si finalmente no se nos otorga la concesión, esto se convertirá en un centro con espíritu mercantilista donde el que más pague, mejor amarre tendrá. Vendrá gente con mucho poder adquisitivo. Lo que está pasando en toda la isla, vamos. Y la clase media ya podrá decir adiós a su barco». Por ejemplo, los jubilados: «Aquí hay muchos que tienen amarrados sus barquitos pequeños para ir a pescar. Eso también se acabará». Marí perderá ese lugar donde queda con sus amigos, donde suele estar cada vez que le llamas, si no está montando en bici o navegando. Ese lugar donde «no te preguntan de qué partido eres ni cuánto dinero tienes», adonde van aquellos a los que «les gusta el mar» y la amistad.

Víctor Juan: «mi segunda casa»

«Inimaginable». Víctor Juan no consigue aceptar que su «segunda casa» sea «okupada» por extraños. «Me resulta inimaginable —señala— que eso pueda pasar». Se refiere a la posibilidad de que el Club Náutico pierda la concesión: «No puedo creer que algo que hemos montado nosotros, nuestros abuelos (un hermano de mi abuelo, Victorí Hernández Wallis, que era capitán de la Marina Mercante, fue presidente del Club), para disfrutar del mar, ahora lleguen unos okupas y se lo queden».

Víctor Juan fue «el» (insiste en colocar este artículo) pionero del tiro con arco en Ibiza. La galería del centro de tecnificación de Vila lleva su nombre. También fue miembro del «grupo de rock» Els Amics: «El club ha sido para mí como mi segunda casa. A los siete años, mi padre, José, ya me llevaba por allí con su chalana, un bote de remos que tenía amarrado en el club, para coger cornets con los dedos de mis pies». Su padre, socio, era «un hombre fuerte que disputaba regatas de barcos a remo». Era más que un club: «En aquella época no había discotecas, por lo que era el centro neurálgico de Ibiza. Cada sábado se organizaban bailes. Tenía mucha actividad social».

Tiene allí amarrado su ‘Robines II’, nombrado así en honor a su cuñado, Guillermo Terassa, «escultor del marinero del muelle, del pescador de Sant Antoni y de la payesa que hay delante de la Cruz Roja», entre otros. «Aunque los precios sean más bajos, si viene otra empresa me doy de baja», y se lleva al ‘Robines II’, advierte: «El club no tiene ánimo de lucro, es una entidad social e ibicenca. Si nos la quitan sería como si nos cortaran una mano. Llega la codicia», avisa.

Manuel Guasch: «yo vivo en el club»

Manuel Guasch es hijo de Domingo, un histórico del club, uno de esos monitores que enseñaba navegación a los chavales en sus horas libres a los que alude José María Prats Marí. Manuel, que cumplirá 65 años dentro de un mes, dice sentirse «decepcionado» porque cree que acaba una época y que esa codicia de la que habla Víctor Juan se apodera inexorablemente del futuro inmediato de Ibiza: «Estoy a punto de irme de la isla porque se están cargando todo lo que amo. Aún tengo derecho de paso en el mar, pero en tierra estoy desbordado, muy decepcionado en todos los sentidos. Me dan ganas de irme ya de aquí. El único rincón que me quedaba era el club, y ahora ocurre esto. Hace 30 años era feliz aquí. Ahora me apetece vender mi barco y largarme».

Con siete años de edad empezó a jugar por el club y poco tiempo después fue de los primeros en navegar en optimist. Corría el año 1969: «Vicent Ferrer Guasch era entonces el presidente de la entidad. Era íntimo amigo de Juan Antonio Samaranch, que llegó a presidir el Comité Olímpico y que regaló al Club cuatro optimist aquel año. En 1970, el club compró otra decena y empezamos a competir». También enseñó vela con su padre. Tuvo de alumno a Sebastián Vidal, que desde hace tres décadas ha sido maestro de cientos de alumnos de la escuela. «A mi lado creció gente como Luis Matas, Pedro Sansano, Miguel Boscá, Javier Planas…». En el álbum del 75 aniversario aparece en una foto en blanco y negro junto a los adolescentes Planas (arquitecto) y Boscá.

Los socios de su edad empiezan a darse cuenta de lo que se les viene encima, de que echarán en falta una sede que ha llenado sus vidas durante el último medio siglo: «Me sentiré muy decepcionado si entra una empresa a gestionar el club, sería como haber tirado mi vida a la basura. El Club Náutico ha sido mi casa. Allí he aprendido a navegar, a nadar, a pescar. Allí me he hecho patrón de yate. Yo vivo allí. De joven era allí donde iba de fiesta en Navidad, en Carnavales, donde nos encontrábamos todos los amigos… Es como un club social. Antiguamente no había discotecas. La gente se relacionaba allí, en el Casino del muelle o en el Pereira, poco más. El club era nuestra casa. Era un punto vital para comerciantes, trabajadores de los astilleros… Se juntaban allí gente con mucho dinero, pero también calafates, mestres d’aixa…».

Como Prats, añora la época de aprendizaje: «Fue mi escuela de navegación. Allí se juntaban patrones como el Bisbe, Vadell y otra docena. Iban a la terraza del club o a los andenes, donde se guardaban los barcos de vela ligera, y se ponían a hablar entre ellos, pero nosotros podíamos preguntarles cosas como qué había que hacer para entrar, por mar, en Barcelona de noche, o cómo se marcaba una tramuntana en el cielo del golfo de León. Era la escuela, nuestra escuela de navegación de altura, donde aprendí un montón. La gente mayor nos transmitía sus pensamientos y conocimientos, cómo navegaban. Nosotros absorbíamos la experiencia de nuestros mayores. Esto ya no existe, y menos aún si nos quitan el club».

Le da igual, afirma, el precio que pongan los nuevos propietarios, que algunos calculan que podría ser desorbitado. No es eso lo que le preocupa, subraya, sino que se desmorone todo lo que ha conocido desde que era un crío: «Tengo dinero de sobra para aguantar allí mi barco, ‘Ibis’, me sobra. Pero no se podrá recuperar ese ambiente tan familiar. Desaparecerá el contenido social. Sólo se hablará de charters, de dinero… Adiós a todo lo que hemos vivido. Eso se acabará».

Ramón Balanzat: «no podré pagar el amarre»

Ramón Balanzat, de la armería del mismo nombre del paseo de Vara de Rey, sin embargo tendrá que sacar su barco de allí. A él no le «sobra» como para hacer frente a las tarifas que se estilan en las marinas de moda: «Si dan la gestión a esa empresa me tendría que deshacer del barco porque no podría pagar el amarre. Ya me cuesta mantener lo que tengo como para multiplicar ese coste por cuatro». Tiene un crucero Fortuna 9, de nueve metros: «No podríamos ni ir a comer si ponen un restaurante luxury. En realidad, al luxury ni puedo ni quiero ir».

Tiene una especie de lazo de sangre con el club. En broma, comenta que era socio incluso antes de nacer: «Mi madre ya iba a bailar allí cuando estaba embarazada de mí». De 67 años, aún participa en regatas de la clase crucero: «Cuando empecé a ir por allí, con mis padres, no había aún escuela de navegación. Mi abuelo tenía un botecito al que había puesto una vela. No hacíamos regatas, pero teníamos mucha relación con el mar, íbamos a pescar, de excursiones…». El club era, afirma, el edificio sobre el que pivotaba la vida social de Vila: «Por Navidad había fiestas en el Club de Campo, en Ebusus y en el Náutico. Aquí venía todo el mundo, al resto, cuatro gatos. Era lo más popular».

La sede de la avenida de Santa Eulària es algo especial para él: «Es como mi casa. Es un sitio donde me puedo reunir con los amigos». Casa, la palabra que más repiten los socios más antiguos. Otra, decepción: «Estoy muy decepcionado con los políticos. Nadie hace nada efectivo para arreglar esto».

Toni Escandell: «el fin de la historia»

Apicultor de 79 años, Toni Escandell es socio del Club Náutico desde los años 70: «Ya estaba casado. Tenía un bote de madera con su motorcito de 17 caballos y con cubierta. Lo construyó mi tío. Lo dejaba sobre unas piedras en la actual zona de Ibiza Nueva, cuando no había muelles ni nada. Tras un temporal en el que se hizo unos rasguños, pedí al Club Náutico poder amarrarlo allí, para que estuviera más protegido. Desde entonces me he sentido allí como si estuviera en familia», cuenta Toni Escandell, que horas antes de esta conversación se pasó «toda la mañana» poniendo a punto su llaüt de cinco metros de eslora, el ‘Sant Llorenç’. «El club es -comenta- como una gran familia. Y un rovallet d’ou. Si entrara una empresa sería un desastre. Sería el fin de la historia del club».

Y el éxodo, probablemente, de muchos socios: «Entrarían barcos muy grandes y la cuota aumentaría de manera espantosa. Ya está subiendo y mucha gente se ha ido del club. Si subiera más con esa nueva empresa, también me iría».

Le encanta el mar e ir a pescar en su llaüt: «En la época en la que conseguí el amarre trabajaba de lunes a sábado en Viñets, de joyero. Estuve 44 años allí. Llegado el fin de semana iba a pescar. Iba con mi hija, María José, desde que ella tenía cinco años. Le encanta el volantín. Ahora vienen conmigo ella y mi nieto, Guillem Roig, que ya sabe sacar y entrarlo en el puerto». Si se pierde la concesión, la relación de Guillem con el mar podría ser efímera.

Pere Torres, 'Casetes': «¿qué quiere la APB, un club o una Marina especulativa?»

El exsenador Pere Torres, Casetes, de 70 años de edad, es amarrista del Club Náutico desde hace casi medio siglo, cuando tenía un llaüt de 5,5 metros. Ahora tiene otro de 7,25 metros, ‘Floc’. Es tan crítico con lo que sucede como el resto de socios: «El club es una entidad social, recreativa, deportiva y sin ánimo de lucro. A partir de esa premisa habrá que ver qué es lo que la Autoridad Portuaria considera que es lo mejor para la adjudicación: si un club náutico para los ibicencos, como ha sido toda la vida, o una marina deportiva especulativa para hacer negocio». Tiene claro qué debería suceder: «Debería adjudicarlo a los socios, que llevamos casi 100 años aquí con barcos pequeños, no con grandes esloras, que es lo que pretende hacer la gente que intenta entrar».

También habla de «la gran familia» del club, del «lugar de encuentro» de quienes tienen allí amarrado un pequeño barco: «Allí nos vemos cada día, desayunamos, comemos o arreglamos el llaüt. Como yo esta mañana».

Vicent Ferrer Barbany, Suret: «donde aprendí todo lo que sé del mar»

Si hace siete años Vicent Ferrer logró atravesar el Atlántico (4.000 millas náuticas junto a Iolanda Bonet) a bordo del ‘Suret II’ es gracias a lo que le enseñaron en el Club Náutico hace algo más de medio siglo. Su padre, el pintor Vicent Ferrer Guasch, fue presidente. Él, comodoro hasta hace poco: «He estado toda mi vida en él. Para mí ha sido fundamental. Para todo. Para lo que he hecho durante mi vida y al final de esta». De 69 años de edad, su afición por el mar «es de nacimiento». De pequeño ya paseaba por el puerto para ver los barcos: «Y en cuanto pude, desde aproximadamente los 14 años, entré en el club para aprender a navegar. Y desde entonces. Allí aprendí todo lo que sé sobre el mar, lo que me ha permitido hacer los viajes que he hecho, como atravesar el Atlántico».

Aprender, tan importante como la amistades forjadas allí: «He hecho tantos amigos en el club... Es especial porque es un club social. Es de los pocos que quedan así en España. Lo que me hace sentirme orgulloso de pertenecer a él es que tenga las puertas abiertas a todo el mundo, que casi todos los beneficios que se obtienen se inviertan en la escuela de vela, para el deporte».

Basta, indica, con echar un vistazo al cuadro de honor, que cuelga de la escalera de acceso a la primera planta y cuya primera placa es de Francesc Costa Torres, que en 1925 se convirtió en el primer presidente de la junta directiva, hasta que en 1936 estalló la Guerra Civil. La segunda está dedicada al subcampeonato de España Juvenil de la clase snipe que consiguieron en 1977 Prats Marí y Riera Villegas: «Pocos clubes náuticos lo tienen, y eso que ahí no aparecen todos los campeonatos conseguidos. No caben en ese cuadro».

Ferrer se muestra indignado: «Sería una vergüenza terrible para todos los ibicencos que la gestión recayera en otra empresa. Es de los últimos rincones de la isla que quedan que aún es nuestro. La Autoridad Portuaria de Balears ha actuado de una manera… Se ha apropiado de todo el puerto, que tendría que ser de los ibicencos tras trasladar (y destrozar) el exterior para construir el puerto comercial. La parte interior, la antigua, tendría que haber sido devuelta al Ayuntamiento, con el fin de que fuera un espacio público. Pero se ha apropiado de todo, ha creado una marina privada. Sólo importa la especulación y el dinero». La Ibiza que se desmorona, la isla que se vende al mejor postor: «Estamos perdiendo todo, en todos los sentidos. Sólo nos queda el club. Si también lo perdemos es como para decir apaga y vámonos, que se quede la isla quien quiera».

¿Es tan importante que la nueva empresa, de conseguir la concesión, dispare los precios? «El tema económico -afirma- es lo de menos. Lo que importa es que este club tiene una base deportiva, que es una puerta al mar para todos los ibicencos que se va a cerrar. Será una desgracia para todos que eso ocurra. Si fuera un equipo de fútbol, esto no sucedería, quizás la gente entendería mejor que hay que defenderlo porque es para todos».

Coincide con José María Prats en que «nunca se ha privado de entrar a nadie. Y a todo niño que ha querido participar en regatas se le ha ofrecido un barco y se le ha puesto un monitor para que aprenda, sin pedirle que fuera socio o preguntarle dónde vivía. Siempre se han abierto las puertas a todo el mundo. Eso ha permitido que cientos de chicos pasaran por el club».

Recuerda que «todas las autonomías» cuentan con una «ley proteccionista» para los clubes náuticos: «De ahí que los de Sant Antoni y Santa Eulària pudieran renovar sin problemas, porque son autonómicos. Pero el de Ibiza se encuentra en un puerto de interés general: dependemos del Estado, que no tiene ninguna ley proteccionista hacia los clubes. Eso es una vergüenza. En todos los sitios donde dependen de las autonomías, no se tocan, son protegidos. Se renuevan sus concesiones porque tienen una función social y deportiva muy importante».

También critica «el trabajo infame de la APB, tanto aquí como en los puertos de interés general de Menorca y Mallorca. Y lo hace por una mera cuestión mercantilista. Sólo mira el dinero. Y eso que es una entidad pública que sólo debería cubrir gastos, no obtener beneficios». Otra crítica, esta vez a la Justicia: «Desde el club no hemos amañado nada, hemos intentado salvarlo. No podemos amañar nada porque no tenemos ánimo de lucro».

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