Me quedé clavado en la silla cuando lo leí. Según recoge la memoria del Centro Económico y Social (CES) de 2021, Ibiza registra el mayor porcentaje de población foránea de Baleares y de España. Y más concretamente, un 60% del censo ibicenco procede de la Península o el extranjero. Una colonización silenciosa en toda regla. Un bonito regalo de la globalización y de ser un destino turístico de primer orden. Una pregunta parece inevitable: ¿cuántos, de ese 60% foráneo habla catalán o, si lo prefieren, ibicenco? Y lo que es todavía peor: ¿cuántos lo hablan del 40% restante del censo ibicenco? ¡Preocupante! Hace ya tiempo que muchos elementos que definían la idiosincrasia insular, que la identificaban, se vienen quedando en mero folklore. Pintan bastos. Porque ahora hace aguas la propia lengua, el principal bastión de las señas identidad, el que más resiste. El problema es que, detrás de la lengua, no queda nada. Nos quedamos en pelota picada.

Y no parece preocuparnos. Hablaremos mandarín si los chinos nos dan de comer. Patrimonio por aquí y patrimonio por allá, hablamos mucho de defender nuestro patrimonio, pero la lengua queda fuera. O uno está completamente despistado, o la impresión que provoca esta deslenguada situación es que no se hace nada para defender el ibicenco. Y que no nos vengan con el meritorio esfuerzo que sin duda hacen las escuelas.

Porque el problema lo tenemos en la calle, en los comercios, en los bares, en los hoteles... Me viene a la mente un anuncio que estos días sale en la tele. En un restaurante, a dos chicas jóvenes les dan una carta para que elijan menú. Una de ella, sin pensarlo un momento, le exige al camarero: “En català, si us plau!». Y punto pelota. No cabe ser acomodaticios. Nos hemos acostumbrado a que en carteles y propagandas varias prime cualquier idioma por encima del nuestro, inglés, castellano, francés o alemán. Y así nos va. Nos diluimos.