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Sa Joveria, última oportunidad para los sintecho de Ibiza

En el recurso para sintecho conviven personas con adicciones y en desintoxicación con las que no consumen

Una de las habitaciones destinadas a las mujeres. Vicent Marí

Cada día, a las siete de la mañana, sale por la puerta del centro de baja exigencia de sa Joveria. No llega a los 30 años y se encuentra en tratamiento con metadona. Asegura que trabaja en un restaurante y que en estos momentos ya no consume ninguna sustancia, aunque se niega a que supervisen y sigan su situación los profesionales de la Unidad de Conductas Adictivas (UCA). Es uno de los usuarios derivados por los servicios sociales del Ayuntamiento de Ibiza a este recurso temporal, que abrió sus puertas hace poco más de dos meses.

Es uno de los más jóvenes, pero no el benjamín, aunque hay algunos de los que se desconoce la fecha de nacimiento. El más joven apenas supera los 20 años. Gana algo de dinero trabajando en una obra. La cuestión pecuniaria es la que más le preocupa, ya que su objetivo es conseguir lo suficiente como para comprar un precontrato para conseguir el NIE, algo en lo que le ayudarán desde el centro, donde le ofrecerán cursos y formaciones. También tienen previsto un seguimiento de su salud mental y hablar sobre su actitud con el joven, que quiere dejar la marihuana. Otra de las usuarias más jóvenes cuenta con poco más de 30 años y la meta que se ha marcado en Sa Joveria es encontrarle algún oficio que pueda desempeñar, ya que tiene una enfermedad mental no diagnosticada que complica la vinculación y por la que, además, cree que todo el mundo está en su contra.

El más mayor, hace diez días, supera los 70 años y, por el momento, se encuentra en periodo de adaptación y acompañamiento. Se trata de un extranjero que apenas habla castellano y que carece de habilidades sociales. Otro de los mayores supera ya la edad de jubilación y, según han constatado en el centro, su estado de salud es bastante delicado. No sólo está recién operado sino que, además, sufre cirrosis. No tiene documentación, algo que su trabajadora social está tratando de solucionar. Como le encanta la jardinería, le han propuesto que se encargue de crear y cuidar un huerto en el exterior de las instalaciones, una iniciativa incluida en su proyecto personalizado, junto con buscarle pretalleres y trabajar en sus hábitos de higiene personal.

Los perfiles de los usuarios que llegan al centro son muy diferentes. Motivo por el que los profesionales del servicio, que gestiona la Fundación Samu, intentan, a la hora de organizar las habitaciones, agruparlos de la forma en la que se generen menos conflictos. Así, por ejemplo, en Sa Joveria coinciden personas que aún están consumiendo drogas y cuya situación es realmente difícil con otras que, simplemente, necesitan un punto de partida para darle la vuelta al revolcón inesperado que les ha dado la vida.

Entre los primeros, por ejemplo, está una mujer de más de 60 años que consume heroína y que realiza robos y hurtos, que carece de ingresos y a la que le gusta participar y sentirse realizada en el centro. También otro adicto que pasa el día en la calle consumiendo y un expresidiario con relación con el tráfico de drogas y una orden de alojamiento de su mujer por malos tratos y que acude diariamente a trabajar a una fundación, donde las referencias sobre su labor no son buenas.

Algunos tienen un empleo. Es el caso de un interno, de unos 50 años, que trabaja como jardinero para un ayuntamiento de la isla y que cuenta con ingresos mensuales con los que debe abonar gastos de manutención y saldar deudas. El plan, en este caso es ayudarle a independizarse y a tener un plan de ahorro. Una situación muy parecida a la de otro compañero, barrendero para otro Consistorio que, además, hace de voluntario en Cáritas. No son los únicos con un empleo constatado por los responsables del centro de baja exigencia. Otro de los usuarios, bebedor confeso, trabaja en una fundación, donde aseguran que se trata de una persona responsable, trabajadora y que ayuda a los demás.

Situaciones especiales

Algunas historias dan la sensación de que sus protagonistas han acabado en el centro para personas sin hogar por una serie de catastróficas desdichas. Es el caso de un treintañero que no habla castellano y que llegó a la isla «buscando un cambio de vida». También es el de otro usuario de poco más de 50 años que llevaba varias temporadas viniendo a la isla para trabajar. El pasado verano, sin embargo, al poco de llegar le robaron la documentación y acabó viviendo en la calle.

Otros han llegado al centro derivados por los servicios sociales municipales tras constatar que duermen en infraviviendas. El Ayuntamiento de Santa Eulària ha enviado a Sa Joveria a dos de estas personas. Una, consumidora de alcohol y drogas, por las condiciones insalubres de su vivienda, y otro que vivía en una caravana que no cubría sus necesidades básicas, especialmente tras pasar por el quirófano. No es el único que se recupera en el recién estrenado centro. Una mujer está en Sa Joveria tras sufrir una lesión de cadera y recaer en la bebida, causa de una caída que le ha causado una herida en la cabeza. Otro de ellos se encuentra delicado ya que recientemente sufrió un ictus. Sus hábitos son buenos, lo mismo que su estado anímico. Además, lleva una vida sana y no tiene adicciones.

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