Salud mental y menores

Aumentan los adolescentes con adicción al sexo a edades cada vez más tempranas: "Follaba con tres al día"

Los terapeutas que tratan a este grupo de chavales, algunos víctimas de abusos, apuntan a que estas prácticas les causan daño pero también los evaden de un "profundo malestar"

Adolescentes con trastornos de conducta en la escuela terapéutica de Can Ros de Amalgama 7, en Tarragona.

Adolescentes con trastornos de conducta en la escuela terapéutica de Can Ros de Amalgama 7, en Tarragona. / Elisenda Pons

Beatriz Pérez

"Para mí el sexo llegó a ser tan rutinario, que el día que no lo hacía se convertía en una mierda". La que habla es Marta, de 17 años. Sufría adicción al sexo. También consumía alcohol y cocaína. Cuenta su historia de manera directa y sin lágrimas, mirando a los ojos. Pero, cuando no habla, su mirada parece perderse en un poso de tristeza. Marta, cuyo nombre es ficticio como los de todos los adolescentes entrevistados en este reportaje, es una de las residentes de Can Ros, una escuela terapéutica de la entidad Amalgama7 que, perdida en las montañas de Aiguamúrcia (Tarragona), ofrece atención educativa, clínica y social a niños, adolescentes y adultos jóvenes con problemas de conducta.

Los terapeutas apuntan a que estas prácticas les causan daño pero también los evaden de un "profundo malestar"

Amalgama7 se creó en 1997 para menores con adolescencias difíciles. Algunos de ellos, consumidores de heroína, acabaron muriendo de sida. Hoy el perfil es otro: en Can Ros hay menores con trastornos de conducta como adicción a las pantallas o al juego, uso y abuso de sustancias, mala convivencia familiar o bajo rendimiento escolar. También los hay que sufren adicción al sexo. Psicólogos, psiquiatras y educadores ven con preocupación el aumento de la hipersexualidad, un fenómeno que cada vez afecta a más adolescentes y que tiene que ver no solo con la compulsión sexual, sino también con las prácticas de riesgo, las relaciones tóxicas y las agresiones sexuales. Los expertos advierten de que la hipersexualidad, al igual que las autolesiones, no es la causa, sino la consecuencia de un malestar adolescente con raíces tan hondas como, a veces, difíciles de desentrañar. Pero constatan que el sexo para ellos es una vía de escape: una "evasión" de problemas mucho mayores.

A menudo haber sufrido agresiones sexuales está detrás de estas prácticas tóxicas y compulsivas

"Ya no sabes lo que te aporta"

Hubo una época en la vida de Elena, de ahora 20 años, que estuvo esencialmente marcada por la compulsión sexual. "Yo follaba hasta tres veces al día con personas diferentes", relata desde la biblioteca de Can Ros. "En ese momento, te sientes bien, especial y querida. Pero tienes el sexo tan incorporado, que ya no sabes lo que te aporta", cuenta. Elena ha llegado a tomarse la pastilla del día después unas "cinco o seis veces" porque nunca usaba preservativo. Le acabaron colocando un implante anticonceptivo en un brazo, algo que la protege de embarazos no deseados pero no de contraer infecciones de transmisión sexual (ITS) como el VIH. Además, Elena estaba en una relación tóxica. "Mi ex nunca me violó, pero se enfadaba si yo no quería tener sexo, así que acababa accediendo". Ese mismo ex un día le propinó una paliza que la llevó al hospital. A partir de ahí, Elena empezó una relación de dependencia con el alcohol. Este fue el motivo por el que ingresó en Can Ros este año. Pero detrás había mucho más.

Dos adolescentes en Can Ros.

Dos adolescentes en Can Ros. / Elisenda Pons

"Los chavales no vienen de entrada por su hipersexualidad. Lo hacen por dificultades en la convivencia familiar, por un mal rendimiento escolar, por policonsumo, por comportamientos de riesgo o por adicción al juego o a las pantallas. Es al hablar con ellos cuando descubrimos esta compulsión, que es una expresión de su malestar. Una autolesión psicológica", afirma el psicólogo y director clínico de Amalgama7, Jordi Royo. Este especialista asegura que la hipersexualización es cada vez más precoz y que el acceso ilimitado a internet, a las redes sociales y al porno agravan a este fenómeno. "El 78% de los adolescentes ingresados en nuestras escuelas [Amalgama7 tiene varias en Catalunya y Madrid] manifiestan haber visto porno en el que hay sadomasoquismo, manadas y colectivos vulnerables, como niños o personas con discapacidad", alerta. En España, el acceso es "rápido, fácil y gratuito".

Sin educación sexoafectiva en escuelas y hogares, el porno se sitúa como "ejemplo" de lo que se supone que es el sexo: un acto en el que están normalizadas las agresiones

El porno por sí solo no explica esta compleja problemática (en la que hay también sentimientos de soledad, desorientación, incluso nihilismo) pero, en una sociedad "sin referentes", en palabras de los trabajadores de Can Ros, y donde la educación sexoafectiva en escuelas y hogares es escasa, la pornografía se sitúa como un "ejemplo" de lo que se supone que es el sexo: un acto en el que están normalizadas las humillaciones y hasta las agresiones, en su inmensa mayoría a las mujeres. "El 73% de las familias no saben qué ve su hijo en internet", advierte Royo. "Y los padres no solo fallan en esto. No nos preocupa el tipo de familia –si es tradicional o no–, sino el estilo educativo: vemos padres o muy sobreprotectores o muy permisivos –un progenitor no puede ser amigo de su hijo– o que delegan funciones que son suyas en la escuela", añade.

Agresiones sexuales

La otra cara de la hipersexualización son las agresiones sexuales. Tres de las cuatro adolescentes entrevistadas para este reportaje han sufrido una violación. Uno de los dos jóvenes entrevistados tiene una denuncia por haber participado en una violación en manada. En algunos casos, la violación ha sido lo que ha desencandenado después una conducta hipesexualizada en ellas. Es el caso de Irene (15 años), violada por su padrastro el año pasado. "Me empecé a autolesionar. Mi madre no me creía. Me ingresaron en un psiquiátrico y me ataron", cuenta.

"Fui violada dos veces y en ambos casos había mezclado alcohol y medicación. La primera vez fue hace dos años, a los 16. Me desperté y me estaba violando uno de mi clase"

Marta (nombre ficticio)

— Una residente de Can Ros

Pero no todos los casos son así: a veces la agresión sexual se produce en un contexto de absoluta pérdida de control, como le ocurrió a Marta. "Fui violada dos veces y en ambos casos había consumido y mezclado alcohol y medicación. La primera vez fue hace dos años, a los 16. Me desperté y me estaba violando uno de mi clase. Su novia era mi amiga. No dije nada al llegar a casa", relata esta joven, que empezó a beber a los 12 años. Nunca denunció.

La segunda vez ocurrió antes de entrar en Can Ros, donde Marta lleva viviendo nueve meses. "Fue en casa de un chaval 'random'. Llevaba tres días sin pasar por mi casa. Tenía una denuncia por desaparición. No usaba anticonceptivo y solo pregunté: '¿Habéis usado condón?'". Marta se tomó la pastilla del día después. "Para mí, en aquella época, cada persona era como un reto. Veía a alguien y me la tenía que hacer. Cuando lo lograba, buscaba otro reto: esa persona ya no me interesaba". Marta, que además también sufría un trastorno de la conducta alimentaria (TCA), no es capaz de decir con cuántas personas ha mantenido relaciones sexuales. Sí reconoce que no se gustaba. "Me daba vergüenza mirarme en el espejo. No podía salir de mi cuarto sin maquillar. Me escondía de mí misma", afirma.

"Morbo" en lugar de "gustar"

En la sociedad actual, la hipersexualidad, explican los psicólogos, está "de moda". Y la sexualidad adulta (desde el consumo audiovisual, el baile o hasta la ropa que se usa) llega a edades cada vez más tempranas. Detrás de todo esto, hay un "sufrimiento", sobre todo cuando hay "tanta precocidad", señala Royo. "Ya no hablan de que una persona les gusta, sino que dicen que les da 'morbo'", apunta por su parte Ramon Vilà, director socio-educativo de Can Ros. Los expertos ponen otra cifra sobre la mesa: el 70% de los atendidos en esta escuela terapéutica tienen padres y madres con estudios universitarios.

El 70% de los atendidos en la escuela terapéutica de Can Ros tienen padres y madres con estudios universitarios

A Paula el sexo la dejaba totalmente vacía, pero esto no impidió que se hiciera adicta. Tiene 14 años. "Caí en una dependencia al sexo. Tenía sexo sin parar. Me daba el bajón después, pero primero me sentía evadida", cuenta. Su padre es drogadicto y ella nunca quiso probar la droga. Ni siquiera cuando él se la ofrecía. "Tenía miedo de convertirme en lo que es él. Así que practicaba el sexo para evadirme. Me sentía sola, aunque tenía gente a mi alrededor". Paula sufrió una agresión sexual el año pasado en una discoteca, con solo 13 años. Ocurrió en Andorra. "Me pincharon, noté que me desmayaba, me fui al baño y allí me encerró un señor". Esto retroalimentó su adicción. "Lo que me hacía olvidar [lo ocurrido] era tener relaciones".

Aunque los adolescentes de Can Ros ingresan, principalmente, por convivencias complicadas y consumo de sustancias, en el fondo de todas estas conductas se encuentra la soledad. "Lo impactante no es la soledad de los abuelos, sino de nuestros adolescentes. Es propia de esta sociedad líquida donde el concepto de familia pierde valor", apunta Royo.