Arte

Botto, el artista que “pinta” con algoritmos

Uno de los desarrollares de ‘software’ de este programa de IA de arte generativo es el gallego Agustín Jamardo, que trabaja desde su ‘coliving’, creado en Pontecaldelas

Botto, el artista que “pinta” con algoritmos.

Botto, el artista que “pinta” con algoritmos. / FDV

Ágatha de Santos

Cuando la inteligencia artificial (IA) empezó a dar sus primeros pasos, pocos podían imaginar que sería capaz de crear, una capacidad hasta ese momento considerada exclusiva del ser humano. Sin embargo, los ordenadores han demostrado que son capaces de pintar un cuadro, componer una canción, doblar una película y escribir un artículo o un relato. Sólo necesitan un entrenamiento específico.

Botto sorprendió hace apenas tres años al mundo con sus cuadros inspirados en los grandes de la pintura, por los que los coleccionistas de arte digital pagan cientos de miles de dólares en subasta cada semana. Este programa, una de las primeras inteligencias artificiales de arte generativo, ganó algo más de 1,3 millones de dólares con la venta de sus seis primeras obras en NFT (fichero digital certificado como único por el blockchain de las criptomonedas). Su cuadro más cotizado, “Scene Precede”, fue vendido en subasta por 430.000 dólares. El artista-robot no tardó en posicionarse en el mercado del arte tras su primera exposición en Los Ángeles y ha protagonizado ya otras muchas exposiciones en distintos países, entre los que se encuentra en España.

Este proyecto, creado en 2021 por un equipo internacional encabezado por los colectivos de desarrollo de software ElevenYellow y Carbono, está basado en las ideas del artista alemán Mario Klingemann, referente internacional en la creación con inteligencia artificial.

Dos obras creadas por el artista-robot Botto.

Dos obras creadas por el artista-robot Botto. / FDV

El gallego Agustín Jamardo Chenlo, uno de los desarrolladores de software (tech lead o technical leader, en inglés) de Botto, explica que lo que hace este modelo es generar fragmentos –imágenes autónomas producidas a partir del análisis de millones de obras de artistas de todos los movimientos artísticos–, que su comunidad DAO (artista autónomo descentralizado), formada por unas 5.000 personas de todo el mundo, vota cada semana. O lo que es lo mismo, se le indica qué se quiere, como por ejemplo el tema, el artista, etapa creativa del mismo, y el programa crea una pieza con todos esos datos en función de toda la ingente información que maneja. De las 350 imágenes (u obras) que el algoritmo crea cada semana, la ganadora pasa a ser acuñada y subastada en SupeRare, mercado de arte NFT. Como en cualquier subasta de arte, las pujas se pueden hacer al aportando los datos de la persona que puja o de forma anónima. La moneda de pago es el BOTTO.

Dos obras creadas por el artista-robot Botto.

Dos obras creadas por el artista-robot Botto. / FDV

Según Jamardo, el valor de estas obras depende del mercado del bitcoin, por lo que fluctúa en función de la cotización de las criptomonedas. En los últimos meses, se están pagando unos 15.000 dólares por cada cuadro. “Sin embargo, ha habido piezas que se han vendido por medio millón de dólares, sobre todo al principio, cuando el arte generativo aún no tenía el boom que tiene ahora. Sin embargo, el valor de Botto es la colaboración entre la máquina y la comunidad porque hay una serie de personas que están votando qué obra gusta más o menos y la ganadora es la que finalmente se crea”, explica este ingeniero de telecomunicaciones, natural de Caldas de Reis.

La obra del artista-robot plantea un interesante debate en la historia del arte sobre la idea de la creación colectiva frente a la individual, el papel de la IA como entidad con sensibilidad artística, la autoría real de las obras realizadas por el algoritmo, y la relación entre el artista y el público, ya que el programa se alimenta también de las aportaciones de su comunidad.

En Anceu Coliving, espacio para profesionales fundado en Pontecaldelas por Jamardo en 2020, el muralista Javier Carrera, Cuco, y un experto en IA de arte generativo llevaron a cabo una experiencia en la que la herramienta creada por Klingemann creó una obra inspirada en la del artista vallisoletano a partir de una serie de directrices dadas. Un documental, que está previsto que vea la luz en los próximos meses, documenta cómo fue todo este proceso y las sensaciones del artista al asistir a la creación de una obra suya que, sin embargo, no la había realizado él.

"Esa obra podría haberla hecho él, y, después, se pregunta dónde encajaría él como artista si hay una máquina capaz de hacer una obra atribuible a cualquier artista"

“Pudimos asistir a toda la evolución del artista. Primero, las expectativas de ver qué salía de la experiencia. Después, vemos cómo reconoce que, efectivamente, esa obra podría haberla hecho él, y, después, se pregunta dónde encajaría él como artista si hay una máquina capaz de hacer una obra atribuible a cualquier artista. Éste es un debate casi filosófico”, afirma Jamardo.

Para el programador gallego, uno de los grandes retos que plantea el artista-robot tiene que ver con los derechos de autor. “El programa crea una obra leyendo datos, públicos y privados, del artista. Por eso, ¿cuánto hay del artista en la obra creada por la IA y cuándo de ésta? ¿Cuánto le correspondería monetariamente al artista?”, se pregunta.

Jamardo se muestra partidario de que se regule las IA en el marco de la Unión Europea: “Si no, al final esto se convertirá en una selva y se beneficiarán unos pocos, lo que sería injusto”, afirma. No cree, sin embargo, que prohibir su sea la salida. Al contrario. “Cuando Italia prohibió el ChatGPT, lo que hizo fue dar una ventaja competitiva al resto de los países”, opina.

Botto sólo es un ejemplo de que la IA lo está cambiado todo y una velocidad que ni siquiera sus creadores habían augurado, lo que ha provocado que más de un millar de investigadores y tecnólogos, entre ellos Geoffrey Hinton, uno de los creadores del deep learning, técnica que permite a las inteligencias artificiales aprender de su propia experiencia, y Sam Altman, cofundador de OpenAI, firmaran una carta pidiendo una pausa en el desarrollo de la IA porque plantea “riesgos profundos para la sociedad y la humanidad”.

Jamardo entiende que la capacidad de la IA de aprender pueda despertar recelo. Sin embargo, entiende que también puede interpretarse como una oportunidad. “Yo soy programador, me dedico a hacer distintos proyectos relacionados con IA y la empleo en mi día a día para generar códigos. Para mí es una herramienta que hace que sea más productivo y que pueda disponer de más tiempo libre. Como cualquier herramienta de la historia de la humanidad, puede tener un uso bueno y un uso malo”, asegura.

Al programador gallego no le extrañaría que la IA termine haciendo muchos de los trabajos de investigación. “No me parece nada descabellado que un ordenador, que se ha leído todas las publicaciones científicas y ha analizado millones de datos en segundos, llegue a conclusiones más rápido que cientos de personas que están estudiando el mismo tema”, reflexiona.