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Afganistán

De rector en una universidad de Kabul a vivir como asilado político en la Jonquera

Nasser Ali Rahmani y su familia, que llevan ocho meses alojados en un hotel, lamentan la falta de apoyo del Gobierno español para aprender el idioma, estudiar y encontrar trabajo

Nasser Rahmani, rector de la universidad de Kabul refugiado de Afganistán. JOSEP RIBAS FALGUÉS

Samyar, de cuatro años, y Mahyar, de apenas uno, corren despreocupados por el paseo del río de la Jonquera, último pueblo de Girona antes de la frontera francesa. El mayor no deja de buscar la mano de su abuelo,que le sonríe. "Ellos son toda la ilusión de nuestra vida", explica Nasser Ali Rahmani, exrector de la Universidad privada Gharjistan de Kabul (Afganistán). El año pasado, él y su familia tuvieron que huir de su país con la llegada al poder de los talibanes. Durante los últimos diez años, Rahmani había sido un activista a favor del derecho a la educación en Afganistán y había abierto su universidad a las mujeres. Por este motivo, los talibanes lo amenazaron de muerte, acusándolo de "crear un ambiente libre de religión y dar la oportunidad de cometer pecado" en su centro de estudios. La familia, que hasta entonces disfrutaba de una buena situación económica, se fue de Afganistán solo con lo que llevaba puesto, y consiguieron que el Gobierno español les ofreciera asilo político. Pero, una vez aquí, las cosas no están siendo nada fáciles. Llevan ocho meses viviendo en un hotel de la Jonquera, localidad con pocas oportunidades de encontrar trabajo cualificado y desde donde los desplazamiento con transporte público son difíciles. Además, Rahmani se muestra decepcionado porque no han recibido el apoyo que esperaban por parte del Gobierno: durante los cuatro primeros meses no tuvieron nadie que los enseñara el idioma, las costumbres ni la cultura, y tampoco han recibido ningún apoyo psicológico. Ahora, además, se les suma un nuevo problema: encontrar vivienda.

Rahmani es doctor en Relaciones Internacionales y lleva más de treinta años dedicándose al mundo de la educación. Su mujer, Mastoure, tiene 44 años y es licenciada en Economía. Su hija mayor, Zhore -la madre de los dos pequeños- tiene 25 años y estaba a punto de acabar la carrera de Odontología: solo le faltaban las prácticas. Su marido, Asad, de 32, también es licenciado en Económicas, tiene un MBA y en Afganistán se dedicaba a sus negocios y a dar clases en la Universidad Americana. El hijo mediano, Eshan, de 23 años, estaba en tercer curso de Ingeniería Informática, y también hacía de reportero para la televisión. Y la hija pequeña, Zahra, de diecinueve años, estaba acabando bachillerato con la ilusión de estudiar Medicina. Todos ellos tenían vidas acomodadas en Kabul y estaban volcados en sus carreras.

De rector en una universidad de Kabul a vivir como asilado político en la Jonquera. D. G.

Rahmani, pero, ya hacía tiempo que recibía cartas amenazantes de los talibanes a causa de su activismo en el ámbito educativo: según cuenta, a menudo ofrecía conferencias, escribía artículos y hacía difusión de la importancia de la educación en todos los segmentos de la población, muy especialmente las mujeres. Es por eso que, cuando los talibanes consiguieron el control de Kabul en 2021, le mandaron una carta advirtiendo que su universidad era "atea y fomentaba la prostitución", y que no solo se tenía que atender a los principios básicos de la religión islámica, sino que tenía que pagar una multa estratosférica por los métodos que había usado hasta entonces: si no lo hacía, lo matarían. Ante esto, Rahmani y su familia tuvieron claro que tenían que irse. "Y es que aunque no me hubieran amenazado, yo tampoco podía seguir allí: habría tenido que cambiar todo el funcionamiento de la Universidad, impedir que las mujeres entraran o hacerlas ir por otra puerta y con una ropa muy determinada... yo llevaba diez años enseñando a mis alumnos que hombre y mujer son iguales y tienen que estudiar juntos, de manera que no habría podido seguir ni un solo día con el sistema que me imponían", señala. Y, según añade, "tampoco podía permitir que mis hijas se quedaran allí y no pudieran ir a la Universidad". Además, otros miembros de la familia también estaban en peligro: Eshan por su faceta como periodista, y Asad por haber trabajado en la Universidad Americana. Es por eso que decidieron huir a toda prisa hacia Pakistán.

Asilo político en España

Una vez en Pakistán, solicitaron asilo político en varios países, entre los cuales España. Y, según cuentan, gracias al apoyo que recibieron de la filial española de Reporteros sin Fronteras -con quienes contactó Eshan- y la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), el Gobierno español aceptó darlos asilo político. A finales de febrero, pues, toda la familia voló hacia Madrid excepto la mujer de Eshan, que se tuvo que quedar en Pakistán porque no tenía pasaporte.

Jonquera3De rector en una universidad de Kabul a vivir como asilado político en la Jonquera. D. G.

De entrada, el destino no les pareció nada mal. Entre el apoyo que habían recibido de las dos organizaciones, y que pensaban que el clima y el carácter de la gente serían agradables, llegaron a Madrid con la esperanza de empezar una nueva vida. Pero el mismo día que aterrizaron a Barajas fueron conducidos, en un minibús, hasta la Jonquera. Después de un viaje de diez horas, llegaron a la localidad fronteriza a las tres de la madrugada. A pesar de la cálida acogida que, según explican, recibieron por parte del hotel Marfil, donde los alojaron, el día siguiente fue "un choque". "Te levantas en un lugar donde no sabes qué te dicen, no los puedes decir nada, no conoces nada... no sabíamos ni por dónde empezar", explicaRahmani.

Dos días después pudieron ir a la oficina local de la Cruz Roja, con quien se muestran muy agradecidos porque los han ayudado en todo el proceso. Los ofrecieron un abogado para poder tramitar el máximo de rápido posible los papeles del asilo, cosa que consiguieron, y también los ayudaron con cosas más cotidianas pero también importantes como la adaptación con el tema de la comida. Además, también están muy contentos con el trato recibido por toda la gente de la Jonquera: "La gente empatiza mucho con nosotros, son muy amables y estamos muy contentos con ellos", agradece Rahmani. El problema es que, más allá de esto, no han recibido ninguno otro apoyo del Gobierno español, hecho que les ha dificultado mucho la tarea de integrarse, aprender el idioma y poder estudiar, en el caso de los jóvenes, o buscar un trabajo, en el caso de los adultos.

Durante los primeros cuatro meses, no tuvieron ningún profesor de castellano ni de catalán. No fue hasta más adelante que la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) les puso un profesor que los hacía una o dos horas de clase del día, y con esto y YouTube, los jóvenes se han espabilado bastante y empiezan a hablar español de forma bastante fluida. A los mayores, en cambio, todavía los cuesta. De hecho, este reportaje se ha podido realizar gracias a la colaboración de Homayun Abtahi, que ha ejercido de intérprete y traductor. Además, el nieto mayor ha empezado a ir a la escuela, donde, además de castellano, está aprendiendo las primeras palabras en catalán.

Carencia de apoyo psicológico

"El principal problema es que, a pesar de que el Gobierno español nos aceptó como refugiados políticos, no nos han dado las condiciones que tendríamos que tener: desde el día que llegamos hemos tenido la necesidad de conocer la cultura, los valores, el idioma, las costumbres... y no hay nadie que nos lo haya enseñado", lamenta Rahmani. También han echado de menos apoyo psicológico: "Hay que recordar que no hemos venido por voluntad propia sino porque nos hemos visto obligados, y si no estuviéramos juntos como familia habríamos caído ya en una depresión", añade.

De rector en una universidad de Kabul a vivir como asilado político en la Jonquera. D. G.

Ahora, su prioridad es encontrar una vivienda. Después de ocho meses durmiendo en el hotel, donde también pueden comer a diario, necesitan encontrar dos viviendas que les permitan empezar a rehacer sus vidas. La prioridad, para el padre de familia, es ir a una ciudad donde haya escuelas y universidad, para que los hijos puedan estudiar. De momento han hablado con la Universitat de Girona (UdG), donde les han comentado que podrían acogerse a becas de estudio, pero el problema es que desde la Jonquera hay muy poca oferta de transporte público. Por otro lado, también quieren mudarse a una ciudad más grande para tener más oportunidades para encontrar trabajo cualificado, puesto que los jóvenes dominan el inglés.

Cruz Roja les ha garantizado 640 euros al mes para poder pagar el alquiler, más 620 euros para gastos, pero esto no parece ser suficiente para las inmobiliarias, que no les quieren alquilar nada si no tienen un contrato de trabajo. A estas alturas han buscado en diferentes ciudades -Figueres, Girona, Barcelona y su área metropolitana, Valencia, Alicante...-, pero de momento no han conseguido un lugar donde vivir, y ocho meses viviendo en dos habitaciones de hotel les empiezan a pasar factura. Por este motivo, hacen una llamada de ayuda para conseguir un piso de alquiler y piden a la administración más recursos para aprender el idioma e integrarse, ya que no quieren vivir como mendigos: "Queremos ser recursos útiles a la sociedad que nos acoge, como hemos hecho hasta ahora", señalan.

“Sólo queremos adaptarnos y ser útiles”

Después de haber llevado una vida acomodada en Kabul, una de las cosas más duras para Nasser Ali Rahmani es haber perdido la independencia económica: no poder comprar un helado a sus nietos, o no poder hacer un pequeño regalo a su mujer el día de su cumpleaños . Y es que, a pesar de tener alojamiento y comidas cubiertas, no disponen de dinero para ninguna necesidad extra, y como la barrera idiomática todavía les impide trabajar, la situación se les hace muy dura. En este sentido, agradecen la amabilidad de los vecinos de la Jonquera, puesto que muchos de ellos les han querido dar dinero al conocer su situación, pero ellos, al verse en estas circunstancias es “deprimente”.

Poder valerse por si mismos es el principal motivo para empezar a trabajar lo antes posible, pero también para sentirse útiles ante la sociedad que les ha acogido. “Nosotros ya hemos perdido la esperanza de volver a nuestro país, pero necesitamos tener la esperanza que aquí podremos rehacer nuestra vida”, pide Rahmani. “Queremos poder adaptarnos al país y aportar nuestro granito de arena. El Gobierno español debería tener en cuenta que la mayoría de afganos que estamos llegando como refugiados después de la subida al poder de los talibanes somos gente especializada, con estudios, y que podemos aportar muchas cosas”, indica.

Comparación con otros países

Rahmani -que lleva su discurso anotado para no olvidarse de nada de lo que quiere decir- se dirige al Gobierno español para pedirle que entienda su situación y les ayude a encontrar una salida digna. “Yo solo soy un padre preocupada por el futuro de sus hijos y nietos, que tienen que estudiar e ir a la escuela y la universidad. Solo quiere poder ser autosuficiente a nivel económico y poder salir adelante”, pide. En este sentido, comenta que conoce otras familias de refugiados afganos que han sido acogido a países como Alemania, Estados Unidos o Canadá que se encuentran en una situación mucho mejor que la suya, porque han recibido mucha más ayuda por parte de los gobiernos: “Se les ha enseñado el idioma, se les ha dado apoyo psicológico, se les ha ayudado a buscar trabajo… todo aquellos que nosotros hemos echado de menos en España”, lamenta. Y es que aquí se están encontrado con problemas para hacer cada pequeño paso, ni que sea el carnet de conducir: “Llevo 35 años conduciendo y tengo permiso afgano e internacional, y no le encuentro sentido a tener que hacer un examen como si no hubiera conducido nunca, y más teniendo en cuenta que el examen teórico es muy complicado para alguien que no conoce el idioma”, cuenta, a modo de ejemplo.

Por todo ello, pide más ayuda al Gobierno y las organizaciones. “Lo que pedimos va mucho más allá de la amabilidad de la gente. Hemos notado la solidaridad y lo agradecemos mucho, pero necesitamos ayuda estatal, de alguna fundación, de gente que tenga recursos para ayudarnos a adaptarnos y que podamos progresar en el ámbito laboral”, solicita.

Y a pesar de agradecer el apoyo recibido por parte de la ciudadanía, admite que han detectado diferencias en el trato respecto a otros colectivos: “Por ejemplo, vemos que con los ucranianos hay una mayor sensibilidad que con otras nacionalidades, pero la gente debería ser consciente que nadie se va de su país por voluntad propia, de forma que tendrían que mirar a todos los extranjeros como si fueran huéspedes”; pide. Y, en este sentido, reivindica que algo tan sencillo como dar ánimos o enseñar cuatro palabras o una receta “enseguida sirve para que nos sintamos mejor”. 

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