Opinión

La cultura y la guerra

«Cuando el lenguaje político escala hasta cotas dañinas, lo mejor es refugiarse en las voces que mantienen el coraje de defender ideas y denunciar abusos»

Juan Diego Botto me ha parecido siempre un tipo magnífico. Actor de éxito y guapo hasta decir basta, tendría bastantes números para ejercer de gilipollas, pero es todo lo contrario: cordial, currante, sensible... y comprometido. Por eso la otra tarde vomitaba sapos y culebras cuando comentamos la victoria de Milei en Argentina. Aunque el suyo no era un cabreo estilo Vargas Llosa, con la cantinela de «los argentinos no saben votar»; le dolía que en el puente de mando del país donde nació vayan a sentarse negacionistas de la dictadura militar. La misma que hizo desaparecer a su padre cuando él apenas tenía dos años. Y el mismo negacionismo, la misma banalización de la historia que se abre paso en España a lomos de una ultraderecha capaz de comparar a Pedro Sánchez con Hitler, o de proclamar que la Catalunya actual se parece a la Alemania nazi.

Cuando el lenguaje político escala hasta cotas tan dañinas, lo mejor es refugiarse en la cultura; y en las voces que en este tiempo de cancelación y linchamiento mantienen el coraje de defender ideas y denunciar abusos. Pocas horas después de esa conversación, Juan Diego Botto soltó un discurso en la gala de los Premios Ondas, en el que repitió que el terrorismo de Hamás no puede justificar el asesinato de miles de niños palestinos.

El mismo mensaje de Jorge Drexler, que mantiene lazos familiares en Israel, que vivió un año en ese país, pero que se niega a condenar la muerte de judíos si no puede expresar también su dolor por las víctimas palestinas. El otro día se me ocurrió proponer que en los despachos donde se dan las órdenes para matar y morir, suene en bucle una canción suya, titulada ‘Milonga del moro judío’, que dice: «No hay una piedra el mundo/ que valga lo que una vida. / No hay muerto que no me duela/ No hay un bando ganador/ No hay nada más que dolor/ Y otra vida que se vuela./Perdonen que no me aliste/ Bajo ninguna bandera./ Vale más cualquier quimera/Que un trozo de tela triste».

El mejor antídoto contra la barbarie sigue siendo la cultura. Por eso detesto a los que hablan –y promueven– eso que llaman ‘guerra cultural’.