Opinión

La vuelta del calcetín

«La derecha de nuestro país, que durante años consintió, obediente y gustosa, que se persiguiera y se encerrara a los manifestantes, se echa ahora a la calle día sí, día no, porque ellos son muy de recortar derechos, pero luego son los más ‘disfrutones’ a la hora de ejercerlos»

Hubo el otro día un concierto de Antonio Orozco en Dublín. Y durante el mismo, los allí presentes pudimos constatar un fenómeno que es tendencia, sobre todo entre alguna gente conocida, con ingresos y seguidores que perder, la autocensura.

El cantante, que se metió desde el minuto uno en el bolsillo a un público entregado compuesto mayoritariamente de españoles expatriados, reconocía, humilde y sincero, que cada vez es más difícil saber de lo que se puede hablar y de lo que no. Mientras nos preguntaba si sabíamos lo que está sucediendo en España.

Catalán de nacimiento, pero hijo de padre sevillano y madre oscense, aludía sin duda, aunque de puntillas, a la vilipendiada ley de amnistía. Y que no se sintiera libre de hablar sobre el asunto en un local relativamente pequeño, en el que habíamos congregadas como mucho unas 500 personas, y en otro país, es sin duda indicativo de cómo está el patio.

El popular artista salvó el momento dejando que fuera la música la que hablara por él, e interpretó ‘Mi Héroe’, una canción que canta a la valentía en su esencia más pura. Y dejó en manos de la imaginación de cada uno de los presentes la pertinencia de la misma.

El caso es que escuchándole se me vino a la cabeza el caso inverso: lo sucedido justo un par de días antes a Maruja Torres. La periodista contó en La Ser cómo Twitter, ahora conocida como X, le había bloqueado la cuenta «por compartir imágenes y vídeos excesivamente gráficos» de lo que está ocurriendo en Gaza.

La veterana periodista reconoció que estaba dispuesta a «bajarse los pantalones» y eliminar lo que hiciera falta para poder seguir utilizando la plataforma de Elon Musk. Con la retranca que le caracteriza, aseguró que su experiencia como informadora en tiempos de las «catacumbas del franquismo», le habían dado las tablas suficientes para burlar esta nueva suerte de censura, «sin imágenes y con florituras verbales».

Da que pensar que sean siempre los mismos los que tienen que buscarse las vueltas para expresar sus opiniones, para no señalarse o posicionarse con según qué cosas. Mientras que los de las mordazas, campan a sus anchas a careta quitada.

Nos creemos que hemos avanzado mucho, pero la realidad es que cuando el fascismo, en cualquiera de sus formas, enseña los dientes es fácil caer, casi por inercia, en dinámicas aprendidas y repetidas por miedo a los fantasmas del pasado.

Y así vivimos, en una actualidad distorsionada, en la que las eternas víctimas se han convertido en genocidas, mientras el resto del mundo tiene la poca vergüenza de mirar hacia otro lado, por miedo a las consecuencias.

Una realidad adulterada, que parece haberse dado la vuelta como un calcetín, en la que la derecha de nuestro país, que durante años consintió, obediente y gustosa, que se persiguiera y se encerrara a los manifestantes, se echa ahora a la calle día sí, día no, porque ellos son muy de recortar derechos, pero luego son los más ‘disfrutones’, a la hora de ejercerlos, una vez que otros se han partido la cara para conseguirlos, claro.

Es un tanto surrealista ver en esas marchas a muchachones envueltos en banderas con aguiluchos, mientras portan pancartas que rezan «Prefiero morir de pie, que vivir de rodillas», sin tener ni idea de quién era la Pasionaria. Hasta ahí llega la osadía, o la ignorancia, de unos pocos que advierten de que la Constitución o España están en peligro, mientras afirman que «el franquismo fue la mejor época que ha existido».

Igual que es una triste ironía que aquellos miembros de la comunidad LGTBIQ+ que en su día votaron por la señora Ayuso, ahora vean seriamente cercenados algunos de los avances que los gobiernos de izquierda aseguraron para los suyos.

Sería interesante saber qué piensan sobre ello gente como Alaska o Mario Vaquerizo, ídolos para muchos de los damnificados por los recortes en las leyes trans y LGTBI, que en su momento cerraron filas en torno a la presidenta de Madrid.

A ver cuándo nos damos cuenta de una vez de que la voz y el voto son necesarios y vinculantes. Que hay que gritar, cuando toca, y saber que poder hacerlo es un privilegio por el que lucharon algunos. Que hay que respetar todas las voces y todos los gritos. Sin descalificativos ni ofensas gratuitas ni groseras. Y sin caer en la tentación de vengarse del contrario si al final de la partida ganan ellos. Democracia, se llama.