Opinión

Son chorradas. O puede que no

Escuché cómo el responsable del chaval con necesidades de apoyo le reprendía. El chico era jardinero en una empresa ordinaria, fuera de su centro especial de empleo, y se había integrado en una brigada en donde el jefe le echaba un rapapolvo por su manera de trabajar. El problema no era el qué, porque está claro que todos recibimos comentarios y correcciones a nuestra manera de currar. El problema era el cómo. Con gritos, agresividad e insultos asociados a su capacidad intelectual. Pedí una cita con el director de la empresa y le expliqué la situación. El señor me observaba con la misma expresión con la que miraría a un pulpo sentado en el sillón de su casa. No entendía nada. Ni la ofensa o la vulneración de los derechos, ni mi preocupación por haber sido testigo del agravio. Me sugirió que le restara importancia, que una persona con discapacidad intelectual era como un niño pequeño y que lo importante era que se distrajera. “Lo que ha sucedido es una chorrada”, finalizó. Hay que ser muy ignorante para responder así y corto de miras para opinar de esa forma sobre una persona con discapacidad. Y hay que tener mucho sentido común e inteligencia para saber diferenciar lo que, efectivamente, es una chorrada de lo que es un peligro. Ese señor carecía de ambos.

Al principio, le desaparecían cosas de la mochila. Un día, un boli. Otro, el estuche entero. Más tarde, los casquitos del ordenador, el bocadillo de la merienda e, incluso, algunos libros. Su madre no quiso dramatizar y le sugirió gestionarlo directamente con la tutora. Ésta dio una charla, amenazó con amonestaciones y, pocas horas después, el chico encontró una nota en el pupitre en donde le acusaban de ser un “chivato de mierda”. Su madre pidió una reunión urgente con la dirección del centro, en la que le quitaron hierro al asunto diciendo que los adolescentes tienen las hormonas volátiles y la susceptibilidad a flor de piel. Le aconsejaron que se quedara tranquila y que no le diera más importancia de la necesaria. “Tu hijo es muy valorado y respetado en la clase”, le dijeron. “Puede que todo haya sido una chorrada que se ha exagerado”, trataron de calmarla. La semana siguiente comenzaron los empujones, los encontronazos en el patio, los acosos en el baño, los mensajes en redes y los anónimos sobre su silla. Al chico le apareció su primera crisis de ansiedad. Hoy es un veinteañero estupendo. Puede que, en parte, sea tan estupendo porque supo incorporar en su propio beneficio todo ese sufrimiento, pero a su madre se le revuelven las tripas al pensar en ello. Lógico.

Descubrir que tu pareja controla los mensajes de tu móvil, que te prohíbe llevar minifalda o que critica que hables con ciertos amigos. La niña que siente malestar porque un adulto le ha hecho una caricia incómoda o la ha mirado de forma desagradable. Un superior que trata a sus subordinados inadecuadamente. Un adolescente que percibe amenazas de sus compañeros. El insulto de un novio. Todo pueden ser chorradas y malentendidos justificables. O puede que no. Prefiero y confío en las personas que dan la debida importancia a las cosas. Que no exageran los detalles insignificantes, pero que no silencian actitudes que, con muchas probabilidades, acabarán creando un problema serio.