Opinión

La banda de Puigdemont

El ‘procés’ fue un torrente de emoción a granel. De emociones. Para los que comulgaron con el movimiento, la ilusión -incluso euforia- del principio se fue deteriorando hasta derivar en una indiferencia apática o en la decepción más amarga. Los ajenos a la causa independentista también fueron agitados por las emociones, dominaba el desconcierto, la indignación o la tristeza.

Entre anhelos y utopías, el ‘procés’ también desarrolló una pulsión sectaria. La demagogia llegó a extremos impúdicos. El mismo Puigdemont, que ahora se permite afirmar que «las bases sobre las que se construye el relato diario destinado a la sociedad española son hechas de mentiras», resultó de muy difícil digestión democrática.

Estos días ha vuelto a la actualidad el retraso en la vacunación del covid que sufrió la Policía Nacional y la Guardia Civil en Catalunya. En abril de 2021, el Tribunal Superior de Justicia de Catalunya (TSJC) ordenó a la Generalitat que garantizara «de inmediato y sin dilaciones» la vacunación de los agentes. Hasta entonces, solo el 3,6% de los policías y el 2,9% de los guardias civiles había recibido su dosis, frente al 77% de Mossos y el 68% de los policías locales. Ahora, la defensa de los investigados por el retraso ha aportado nuevas pruebas que responsabilizan de forma directa a la entonces ‘consellera’ de Sanitat.

Discriminación o cambio de criterio en la vacunación, la justicia decidirá. Pero, con la reciente información, aún se hace más lacerante recordar la publicación de Puigdemont a cuento de la orden del TSJC: «Los que agredieron ciudadanos al grito de «¡a por ellos!» continúan privilegiados y protegidos por el sistema español. Los vacunarán pasando por delante de personas indefensas y pacíficas, a las cuales golpearon de forma salvaje el 1 de octubre de 2017». Un mensaje burdo y manipulador, impregnado de odio, que convertía a los afectados en pérfidos ladrones de vacunas de la bona gent.

Ese tuit de 2021 no es más que una gota de lo que fue una lluvia constante. Durante años, se inoculó a la sociedad catalana el veneno del sectarismo. Un ‘nosotros’ de luz acechados por las fuerzas del mal. Es posible que la amnistía actúe como bálsamo, pero no es un antídoto. Solo el abandono de la retórica del desprecio y la plena aceptación de las vías democráticas pueden empezar a reparar lo dañado. Pasar página no puede ser sinónimo de cesiones humillantes. Se está cosiendo una herida profunda y dolorosa, no se está bordando una banda que Puigdemont pueda exhibir como un triunfo.