Opinión | Una ibicenca fuera de Ibiza

Solo le pido a Dios

Me he encontrado a una antigua compañera de piscina. No nos veíamos desde que la cerraron en abril para una reparación y ahí sigue, sin tener ni idea no ya de cuándo se finalizarán las obras, sino de cuándo piensan comenzarlas. Entretanto ella ha mudado su necesidad de moverse dos veces por semana a otra piscina en el quinto pino y yo a bailar todos los días. Salía precisamente de mis danzas cuando ella me ha reconocido, y a falta de otro nexo, hemos hablado de nuestras clases, hasta que me ha dicho que hoy le tocaba pero no ha ido porque se encuentra mal. Al preguntarle qué le ocurre ha respondido que le duele Gaza.

Le he contestado que la entiendo, pero es mucho más. Lo que no le he dicho es que llevo días con un nudo en la garganta. Que lucho contra unas ganas de llorar traicioneras, porque me consta que personalmente no tengo ningún motivo. Que me muerdo las lágrimas, por ejemplo, en clase de danza, porque no hay nada más frívolo que bailar mientras masacran civiles en retransmisión directa desde el televisor. Tampoco le he dicho que estas páginas para escribir se me hacen muy cuesta arriba. Que no encuentro una sola palabra que sirva, que no haya escrito ya.

Por ejemplo, en mayo de 2021, tras la muerte de 230 palestinos (65 niños) y 10 israelíes (2 niños) escribí:

«Es tarea imposible encajar en media página de periódico décadas de conflictos, pero, créanme, tienen mucho en común el ‘conflicto’ de Gaza y el de Marruecos. Ambos son los dolorosos remanentes de descolonizaciones mal ejecutadas —y cuánto dudo que haya alguna buena—. El primero, cuando la ONU planificó la descolonización de Palestina de manos inglesas y cedió la mitad del territorio a Israel. El contexto de no menos de seis millones de judíos exterminados en el Holocausto y supervivientes que habían perdido todo, parecía el momento propicio para que los autodenominados descendientes del antiguo pueblo hebreo habitaran Israel. Según su biblia: la tierra prometida. El problema radica en que esta tierra prometida también lo era para los descendientes de los filisteos que, además, la habitaban desde hacía más de 3000 años. Desde entonces, incumpliendo el mandato de la ONU, Israel ha pasado de la posesión del 50% del territorio otorgado a la ocupación del 85%. Y no parece que vaya a detenerse».

Y ante la misma imposibilidad de encajar TANTO en media página de periódico, aquella masacre de mayo de 2021 —mínima comparada con las cifras del horror de ahora—, sí sirve para arrojar algo de luz. ¡Por eso es tan importante conocer la historia! Por eso no se puede juzgar el hoy —por alto que sea el ruido de portadas y misiles— sin revisitar el ayer. El detonante entonces fueron los enfrentamientos entre la policía israelí y los manifestantes palestinos protestando por una decisión de la Corte Suprema de Israel sobre los desalojos de familias palestinas en Jerusalén. En la práctica, la partición del Mandato británico de Palestina en dos estados, uno judío y otro árabe en 1948, implicó que los palestinos que vivían en el oeste y los judíos en el este de Jerusalén tuvieron que abandonar sus casas. Sin embargo Israel aprobó en 1950 la ‘Ley de Propiedad de Ausentes’. Esta legislación permite apoderarse de la propiedad de los palestinos “presentes ausentes” —y no a la inversa— al considerar que las abandonaron, sin importar si huyeron por salvar la vida con toda la intención de volver.

También aquel ayer tan cercano de 2021 el balance de las bombas israelíes sobre Gaza incluyó la destrucción de seis hospitales, nueve centros sanitarios y 40 escuelas, además de 4000 viviendas que alguna vez fueran el hogar de 7000 niños.

Por eso, lejos de hacer callo en el ojo y el corazón, mientras algunos atentos solo al hoy responsabilizan incluso a los propios palestinos de sus muertes por ignorar las advertencias de abandonar sus viviendas o evacuar hospitales que serán atacados, los que me duelen son los anuncios de los médicos que se quedan, porque no van a abandonar a los enfermos. Los que más hondo me duelen son los testimonios de las familias que deciden no dejar sus casas —total, sin tener dónde ir ni dónde volver— y dormir juntos en un mismo cuarto. Para que si la muerte les alcanza se los lleve a todos y no tener que llorarse los unos a los otros. O los de las familias que deciden repartirse los hijos con otras familias para que si la muerte los alcanza, alguno, quizá… se salve.

Nos hemos despedido mi antigua compañera y yo maldiciendo todas las guerras y todas las obras de piscinas y al abrazarnos le he dicho que sé perfectamente lo que le ocurre: es humana.

“Solo le pido a Dios que el dolor no me sea indiferente, que la reseca muerte no me encuentre vacía y sola sin haber hecho lo suficiente. […] Solo le pido a Dios que la guerra no me sea indiferente. Es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente. Es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente».

León Gieco.

@otropostdata