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Javier Cuervo

Padeceremos ‘algorritmia’

Recuerda cuando no nos entraba en la cabeza que el cerebro electrónico no admitiera algo que nos estaba pasando con la Administración? ‘Cerebro electrónico’ era el nombre que se daba a la computadora. La primera informática de uso corriente de la Administración, con programas poco afinados y en manos de funcionarios poco diestros, prevalecía sobre el administrado.

-Mire es que usted no me sale en el ordenador.

Invisible en la pantalla equivalía a administrativamente inexistente.

La de insuficiencias administrativas que nos esperan en esta transición que estamos haciendo de citarnos a ciegas con una ventanilla (previa llamada) a la abolición de la presencialidad que nos pone en tratos con un robot autodiscriminador que nos hace preguntas y pruebas para que no seamos un robot y luego simula un trato con nosotros, limitado y obcecado, en el que o encajas en pulse 1, 2 o 3 o pasas en bucle a nada en ninguna parte.

No salir en el ordenador eximía al administrativo de culpa y de responsabilidad porque entre tu problema y su solución se interponía la brecha digital de una mala programación o de un mal uso y la excusa era el ordenador, pero ahora el rector de muchas decisiones informáticas responde al nombre doblemente intimidante de ‘inteligencia artificial’. Y está solo. Tu problema, tu mierda, es considerado por algo capaz de manejar en un instante los datos de todo el país y en su tiempo libre te gana al ajedrez, vuelve en color las fotos de la abuela, habla como un catedrático, redacta correctamente a gran velocidad y, si le das los datos adecuados, hace una poesía o una imagen onírica muy aparentes. La inteligencia artificial que vamos topando en distintos aspectos de la vida, interesantes o importantes, decide sin que sepamos por qué y tiene sus sesgos hechos con datos tras su pantalla impenetrable, no como nuestros prejuicios, a la vista en nuestro vestir, votar, decir y operar en el banco. Hay una nueva patología individual, social, laboral y económica con un interfaz entre el algoritmo y nuestro corazón: la algorritmia.

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