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Prats, Xescu

Utopías deseables

Diario de Ibiza publicaba ayer una interesante entrevista con Pere Antoni Salvà, catedrático de Geografía Humana y experto en turismo, que, ante la compra masiva de vivienda en Balears por parte de extranjeros, calificaba la posibilidad de limitar las adquisiciones de inmuebles a los foráneos como una “utopía deseable”. Este profesor emérito de la UIB hilaba fino en su visión pesimista, porque en realidad dicho término puede traducirse como algo apetecible, pero al mismo tiempo irrealizable.

También aludía al concepto de “sostenibilidad” aplicado al turismo, volviendo a situarlo en el escalón de lo “deseable” y por tanto de lo utópico, subrayando que en el ar-chipiélago siempre acaba primando la economía por encima de todo lo demás. “Pensé que con la covid cambiaría el paradigma, pero ha quedado demostrado que me equi-voqué. La nueva normalidad significa seguir con lo que teníamos”, afirmaba el catedrático.

Erró él y patinamos el resto, cuando creíamos ingenuamente que nuestros líderes dedicarían parte del tiempo muerto generado por la pandemia a corregir los múltiples rumbos erráticos que llevamos en innumerables asuntos. Sin embargo, los meses y las temporadas se sucedieron sin que se aplicara el menor ajuste. Ni uno solo. Un rotundo cero. Hemos seguido saturando el territorio, llenándolo de ruido, forzando la máquina hasta casi hacerla descarrilar y devaluando nuestro producto y calidad vida. En definitiva, contaminando, explotando y empobreciendo a la sociedad económica y culturalmente.

Aun así, el término “utopía deseable” me pareció relevante y adecuado, ya que, dado que los gestores de la política y la economía eluden tozudamente el debate acerca de la posibilidad de mover, aunque sea un milímetro, los parámetros del actual modelo turístico, con una ceguera tan trumpiana como incompresible, solo nos queda ampa-rarnos en la utopía. Limitarnos a lo ideal y esbozar los términos de una sociedad per-fecta, donde el turismo y la necesidad de crear riqueza convivan en armonía con la sostenibilidad, el cuidado del paisaje y las playas, y el respeto por la cultura y la forma de vida. Tal vez así, filosofando en la ribera de lo etéreo, entre las nubes, algún concepto acabe calando y la ruta agónica del barco se acabe corrigiendo mínimamente.

Una vez puestos a imaginar utopías deseables, ¿por qué no plantearnos un mejor reparto de la riqueza que genera el turismo, con unos salarios adecuados que sitúen el poder adquisitivo de los trabajadores al mismo nivel que el coste real de la vida en la isla? O establecer partidas mínimas de personal para determinadas plazas hoteleras y categorías, de forma que no puedan definirse ni tarificarse como lujo servicios que no lo son, con la obligación, además, de facilitar una vivienda digna a los empleados.

Por otro lado, ¿por qué no incentivar con beneficios fiscales y subvenciones los nego-cios realmente autóctonos, que van cerrando progresivamente por la presión de las multinacionales? Estas compañías foráneas, junto con distintos fondos de inversión y grandes cadenas, llevan años adquiriendo empresas locales mediante cheques en blanco, reduciendo a marchas forzadas la presencia de las pymes tradicionales y sometiendo la cultura e idiosincrasia ibicencas a un insoportable y antinatural proceso de globalización, que nos empuja hacia la irrelevancia. A este paso, los ibicencos acaba-remos recluidos en un gueto, con nuestras costumbres y forma de vida, regidos por esos mismos intereses foráneos que se apropian de todo. El Flotante de Talamanca ha sido el último, pero hay cientos de ejemplos más.

Tenemos una Sanidad pública que, pese a la enorme cantidad de dinero público que a través de los impuestos proporciona Ibiza, está a la cola del país. Listas de espera eternas, enfermedades que evolucionan sin control por esta ralentizada atención, pro-fesionales que huyen porque no tienen vivienda, enfermos que cada vez que van al especialista se encuentran una cara nueva a la que tienen que explicarle todo desde el principio… Por la economía generada, deberíamos disponer de la mejor atención y ocurre justo lo contrario. La inseguridad es tan mayúscula que, quien se lo puede permitir, busca una alternativa médica fuera de la isla siempre que un problema de salud se le agrava.

¿Por qué no disponemos de becas reales y efectivas para nuestros estudiantes, que equiparen el esfuerzo real que afrontan las familias ibicencas con las de cualquier otra parte del país? Existen ayudas, pero son claramente insuficientes y hasta ridículas.

¿Y qué hay de trabajar todos a una para atraer a un turista interesado en nuestra cul-tura, patrimonio y forma de vida, en lugar de apostar por otros que nos ningunean y desprecian? Los primeros en hacerlo, por cierto, son los colectivos empresariales locales, que se empecinan en difundir esta visión sesgada y artificial de Ibiza. Cuántas utopías deseables y qué poco interés en hacerlas realidad. En Ibiza seguimos a pies juntillas la máxima de Visconti: que todo cambie para que todo siga igual. Así llevamos sesenta años. Vivimos en bucle.

@xescuprats

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