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Diario de Ibiza

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Mercedes Barona

Ay, las cabezas

Imagina que te levantas una mañana y te duele, por ejemplo, el estómago. Un día y el siguiente también. Entonces te decides y te tomas un remedio casero, una infusión de manzanilla, a ver si alivia. Pero no mejoras y te tomas un protector gástrico a ver si entonces… y tampoco. Y pides cita, vas al médico, te hacen pruebas, analizan tu caso, buscan soluciones…

Lo normal es que lo comentes con tus allegados, familia, amigos; alguien ha pasado por algo semejante, se comenta el caso, los síntomas, los remedios. Sin que dé vergüenza ni ocultando detalles, porque no es asombroso para nadie.

Pues ahora imagina que lo que tienes es una dolencia que te hace encontrarte mal mentalmente. No sabes cómo explicar el malestar, la angustia, las pocas ganas de todo.

Físicamente no te duele nada, así que te da un poco de ‘corte’ quejarte ante los amigos, decir que sólo tienes ganas de llorar, de quedarte en la cama a oscuras, que te cuesta un mundo levantarte y hasta seguir respirando a veces.

Y crees que si lo comentas no te van a entender (‘¿pero qué te pasa, si todo te va bien, de qué te quejas?’), así que callas y te dejas llevar. Cada día más difícil, cada día más en silencio, aguantando.

Y así hay miles de personas que no lo expresan, que se mueven como zombis día tras día, silentes que no saben cuál es su dolencia, y porque en realidad no pueden ponerle nombre a lo que les afecta, y no saben qué es, pero les avergüenza.

¿Por qué ese reparo para hablar de las enfermedades de la mente? Conozco ya a varias personas que han desarrollado un miedo incontrolable a quedar con otros seres humanos, a los que consideran una posible fuente de gérmenes o de infecciones. Y hay quien entiende que sólo en casa está a salvo de enfermar, porque lo que controla o cree controlar es el medio en el que decide moverse. Y hay quien vive con un pánico insuperable e irracional a los espacios abiertos, a la muerte inminente, a la enfermedad fulminante…

Si se atreven a comentar algo, en muchos casos recibirán una mirada displicente, dándoles a entender que ‘eso de la ansiedad con dos guantazos o un buen polvo se pasa’, porque ‘vaya una generación de flojos que por todo se frustran’.

¿Y saben qué? Que un tobillo torcido o un hígado inflamado son perceptibles y mensurables, pero lo que hay dentro de cada cabeza es un universo con muchas complicaciones, y la angustia de no saber cómo reparar lo descolocado es, además, muy frustrante.

Creo que a día de hoy existen muchísimas maneras de entender el mundo y de enfrentarse a él, y es desesperante no saber cómo ayudar a quien sufre, a quien se siente desplazado, no se integra o simplemente no encuentra las fuerzas.

Por eso tengo la certeza de que en poco tiempo muchas enfermedades del cuerpo van a tener una relación directa con las dolencias de la mente y, cuanto antes quitemos estigmas y oscurantismo a lo que aflige a la cabeza, antes podremos ponerle remedio.

No tengan miedo de decir que no están bien, no teman expresar todo lo que les aflige: para sanar hay que decir ‘duele’. Aunque nos miren raro, aunque sea incómodo para los demás. Nos va la vida en ello.

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