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Matías Vallés

Opinión

Matías Vallés

El carrusel de los estadistas

La guerra de Ucrania desploma la cotización de Merkel y Obama, para relanzar la valoración de los inesperados Thatcher o Brezhnev

Barack Obama y Angela Merkel, en la Casa Blanca, en una imagen de 2015.

Creer en una historia de criterios fijos, que conllevan la valoración inalterable de los gobernantes, equivale a confiar en que es imposible que el coronavirus evolucione en dos años de máxima amenaza para la supervivencia de la humanidad a ser considerado un leve catarro. En realidad, la guerra de Ucrania ha desatado un vertiginoso carrusel de estadistas, que ha hundido a los valores más asentados para proclamar a vencedores inesperados. Sin ir más lejos, se ha desplomado la cotización de la rusoparlante Angela Merkel o del conciliador Barack Obama, mientras salían a flote Margaret Thatcher o el antediluviano Leónidas Brezhnev. El mundo añora la previsibilidad dominante durante la guerra fría.

La puntuación actual de estadistas se efectúa tomando como referencia la actitud frente al señor del Kremlin. Surge la tentación seráfica de concluir que Zelenski ha congregado a la humanidad a su alrededor, pero no es así. La unanimidad la ha logrado Putin en su contra. Sin desmerecer su coraje sin precedentes, el presidente de Ucrania interpreta un papel subordinado. Con la acotación de que el presidente ruso no ha llegado ni de lejos al número de personas ejecutadas/asesinadas por George Bush, en la relación de uno a cien. Es posible que la sobreactuación de Washington a principios del milenio, bajo el espejismo de la exportación del liberalismo a Irak y Afganistán, sustente el disparate actual en suelo europeo. De hecho, aquel inquilino de la Casa Blanca imposible de rehabilitar distinguiría a duras penas a Kiev de Kabul.

El daño a Merkel es difícil de subsanar. Pasará a la historia siempre cambiante como la ingenua que apaciguó a Putin, mientras le obsequiaba con las entrañas energéticas de Alemania. La cancillera calificó al gasoducto Nord Stream 2 de "proyecto diabólico", pero poco más. Convivió con el invasor de Ucrania durante sus 16 años al frente del gobierno germano, y presumía de entenderle. Se hunde junto a su colega Gerhard Schröder, un traidor a su país que negociaba el fichaje millonario por el coloso ruso Gazprom mientras presidía el gobierno alemán. Más dolorosa resulta la caída en desgracia de Willy Brandt, porque el mundo actual abomina de la Realpolitik y la Ostpolitik.

Emmanuel Macron es el mejor ejemplo de la volatilidad en el juicio a los gobernantes. En una de sus piruetas de saltimbanqui, empezó la guerra hace un mes condenado al desahucio del Elíseo. Su intimidad a diez metros de distancia con Putin había sido contraproducente. Sin embargo, un par de semanas le bastaron para alcanzar el equilibrio entre el denunciante más enfático de la invasión de Ucrania, y el único líder europeo que sabía el número de teléfono del Kremlin. Hoy ha ganado la reelección, mañana Dios dirá.

Macron se ha envuelto en el efecto bandera que hunde el crédito residual de François Fillon, el primer ministro francés que figuraba en los consejos de administración de dos gigantes rusos. Dimitió a regañadientes de unos cargos más envenenados que ofrecer prebendas públicas injustificadas a la propia esposa. También el ultraderechista Éric Zemmour ha sido decapitado por la guerra de Ucrania, concediendo una oportunidad al exministro de izquierda radical Jean-Luc Mélenchon, otro polvoriento personaje arrojado al baúl de la historia y rescatado por la contienda.

El irresistible ascenso de gobernantes exóticos en Rusia o Estados Unidos arranca de raíces italianas. Silvio Berlusconi lo vio primero, es el precursor de todos los líderes salvajes contemporáneos, que han renegado del indigesto idioma politiqués para apelar directamente a las vísceras del pueblo o populacho. Al fin y al cabo, todo ser humano se convierte en populista cuando el hambre aprieta. Cuesta decidir si existe una relación causal entre la emergencia de los estadistas primitivos y el replanteamiento de las amenazas elementales, empezando por la guerra. En todo caso, Matteo Salvini ha vuelto a demostrar que no esta a la altura de su antecedente milanés. En Italia, la cotización de dirigentes políticos se actualiza a diario.

En Estados Unidos se despeña Obama, el primer presidente que se aburrió en la Casa Blanca porque el cargo estaba por debajo de sus posibilidades y méritos. La línea roja de las armas químicas, que trazó en Siria para después ignorarla, alentó por fuerza las ansias imperiales de Putin. El entonces vicepresidente Joe Biden desempeñaba el puesto de contrapunto cómico de Obama, y también aquí se ha registrado una inversión de cotizaciones.

Cuesta hablar de firmeza en Biden, pero al menos resiste con el benemérito objetivo de que Kamala Harris no llegue a la Casa Blanca. Cuando Dan Quayle era el número dos de George Bush padre se decía solo medio en broma que, si moría el presidente, los agentes del servicio secreto tenían la orden de matar de inmediato al vicepresidente. Algunas cosas no cambian en el caleidoscopio de las valoraciones políticas, donde otro pícaro impenitente como Boris Johnson utiliza la guerra de Ucrania como penitencia por sus fiestas pandémicas. Hoy está mejor visto que Tony Blair y señora abrazados a Putin en la tercera vía, mientras el honesto, soso y breve Gordon Brown maldice al señor moscovita de la guerra aunque nadie vaya a agradecerle el detalle.

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