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jorge fauro

Hasél, Echenique y el asalto al Capitolio

«Manifestantes por la libertad de expresión atacando a la prensa y antidisturbios que saltan al campo a darlo todo. En esta nueva normalidad sólo faltaba Echenique emulando a Trump»

Nadie debería ir a la cárcel por las letras de unas canciones o por el contenido de unos mensajes en una red social. Por burdos que sean. Por dolorosos que sean. Pablo Hasél no ha ido a la cárcel por el contenido de sus letras, sino por los antecedentes penales que acumulaba previamente: la agresión a un periodista de TV3, al que insultó y roció con un líquido de limpieza, y por amenazar a un testigo de un juicio contra unos guardias urbanos. A Hasél le han condenado también por exaltación del terrorismo (los tuits y sus canciones). Es decir, por los primeros le condenan y por el último le encarcelan por la suma de antecedentes. Puede decirse que, en realidad, a Hasél le han condenado por ser un tonto a las tres, por retarded. Y esto ya es de mi cosecha: por hacer unas canciones de mierda que no hacen honor al rap, en el que letristas más inteligentes que él dicen lo mismo, pero currándose las letras un poquito más. El rap, como el rock, como el pop, como cualquier otro género musical, hay que trabajarlo, Pablo. Tus rap son un insulto al gremio de raperos.

Dicho esto, jamás debería condenarse a nadie por hacer uso del artículo 20 de la Constitución Española, que reconoce y protege los derechos a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción.

Si algo hay que alabarle a Hasél es que, a diferencia de otros artistas, no ha caído en la trampa de la autocensura. Canciones de otra época mucho más trabajadas no resistirían hoy más allá de tres mensajes en Twitter: ‘Las tetas de mi novia’, ‘Hoy voy a asesinarte’ y ‘Ayatolah’ (Siniestro Total), ‘Tren especial’ (Gabinete Caligari), ‘La mataré’ (Loquillo), ‘Cucarachas’ (Leño), ‘ETA, deja alguna discoteca’, ‘Veteranos de la kale borroka’, ‘Gora España’ (Lendakaris Muertos), ‘Hernani 15 de Julio de 1984’ (Kortatu), ‘El Congreso de Ratones’ (La Polla Records), y así hasta el infinito y más allá, composiciones de una época con más libertad de expresión que la actual. Y en otros países todavía iban a más: ‘Dios salve a la Reina (y a su régimen fascista)’ (Sex Pistols) o ‘Matar a los pobres’ (Dead Kennedys, cuyo cantante, Jello Biafra, fue candidato a la alcaldía de San Francisco).

La nueva normalidad. Manifestantes por la libertad de expresión atacando a la prensa. Antidisturbios saltando al campo a darlo todo. A la fiesta han acabado uniéndose células de indepes durmientes en Barcelona, barbilampiños adolescentes en Madrid, alborotadores varios en distintas ciudades de España, los antidisturbios y Echenique. Menudo combo. Lo que les gusta el calor negro a todos (calor negro, en la jerga policial, sacar la porra a pasear). Entre el confinamiento y las restricciones parece que lo echaban de menos.

El peso de los argumentos se desvanece conforme se va alzando la voz. Eso es lo que ha ocurrido con los manifestantes de estos últimos días y con algunas cargas policiales poco justificadas. Y entremedias, agitadores profesionales de las redes con mando en plaza. Echenique, como Toni Cantó, es el nuevo Girauta. O peor: el nuevo Trump. Al de Podemos sólo le ha faltado tras las manifestaciones ponerse tras un micrófono y soltar ante las cámaras: «Go home, we love you». Echenique justificando el vandalismo de unos retrasados como Trump justificó el vandalismo de otros retrasados que hacían lo mismo, aunque a mayor escala: atacar a las instituciones, lo mismo me da el Capitolio que la Policía Nacional o la redacción de El Periódico en Barcelona.

Unos y otros intentando apropiarse del artículo 20. Por un reguetonero no habrían armado tanto follón. Y en lo que respecta a nuestras instituciones, por el cura y la chica nazi que apuntaba a los judíos parece que tampoco.

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