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Marrero Fuster

Soy como soy

«Podemos elegir reírnos de otros, compartir bulos, entrar en los corrillos de los criticones o callar ante los racistas. Y podemos elegir no hacer nada de lo anterior. Es una elección personal»

Un grupo de menores tiró al suelo y pateó a un niño de 11 años por ser trans. Leo la noticia en una web y, en un par de clics más, amplío la información sobre el debate social alrededor del proyecto de ley trans. Una iniciativa política que, en caso de salir adelante, permitirá la libre autodeterminación de género y la posibilidad de acceder a tratamientos hormonales desde la pubertad. Consulto opiniones, la mayoría muy aireadas, a favor y en contra. Yo no sé.

No sé si debería ser suficiente con una declaración expresa o si los informes psicológicos son una burocracia imprescindible. No sé si debería ser un requisito hormonarse durante unos años ni conozco los efectos psicológicos de no hacerlo. No tengo ni idea. No tengo una opinión formada sobre este tema, pero sí tengo una opinión muy asentada sobre quienes odian a los diferentes o sobre los que sienten animadversión por una determinada orientación sexual. Tengo muy claro lo que pienso sobre los que repudian a quienes se salen de los cánones convencionales y se sienten superiores a ellos, y reconozco las emociones que me provocan los que se creen que tienen derecho a insultar a otra persona por su raza, religión o género. Simplemente, no los soporto y siento rabia, impotencia, frustración y mucha tristeza. Un cóctel molotov de sentimientos turbios y viscerales. Que un grupo de niñatos patee a un pequeño de 11 años es un dramón. Que el motivo sea porque desprecian su manera de sentir y su autopercepción, un despropósito. Llegar a ese punto es más fácil de lo que parece. Puede que no se compartan las formas y que jamás se llegue a una agresión física, pero el fondo de la cuestión, creerse superiores y odiar al diferente, está más cerca de lo que imaginamos.

Muchos hemos recibido algún vídeo en el que se acusa de terroristas a todos los que profesan una religión determinada. Se puede elegir verlo, compartirlo o desecharlo. Es posible decir claramente que no se está de acuerdo con los discursos elitistas, sectarios y cargados de prejuicios de políticos de diferentes partidos. O se puede callar. Existe la opción de no participar ni fomentar los corrillos en los que progenitores se quejan de que en la clase de su hijo hay una chica hiperactiva o un niño que necesita adaptaciones curriculares porque, a pesar de no tener nada en contra, su presencia repercute en el aprendizaje de los suyos. Te puedes oponer a las burlas sobre gordos o sobre feos. En el colegio, el guapo de BUP tiraba la punta de su bocadillo a la cabeza de un niño con sobrepeso. Lo hacía cada día, mientras subíamos la cuesta del patio y sus amiguitos le reían la broma. Dejó de hacerlo cuando uno de los mayores le estampó contra la pared. Lamento no haber sido yo. Está en nuestras manos rebatir la opinión de quienes afirman que sobran inmigrantes porque no hay pan para todos. Podemos decirles que muchos desempeñan perfectamente su oficio, que se dedican a trabajos que ellos jamás realizarían y que contribuyen al bienestar social. Cada uno puede elegir si se adhiere, consiente o se opone a la intolerancia. Respetar a las personas por lo que son es una elección de lo más personal.

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