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Balance del año

Infantino: un triunfo entre infamias

El presidente de la FIFA sacó adelante "el mejor Mundial de la historia" en Qatar a pesar de la tormenta desatada por la violación de los derechos humanos y las injusticias sociales.

Infantino, en las gradas durante un partido del Mundial. Reuters

Gianni Infantino (Brig-Glis, Suiza, 52 años) lo logró. El presidente de la FIFA, heredero de aquella elección que señaló (y avergonzó) a Joseph Blatter y Michel Platini, sacó adelante el principal acontecimiento deportivo del año que termina. El Mundial de Qatar comenzó envuelto en un alud de polémicas por la muerte de obreros en la construcción de los estadios, la violación de los derechos humanos y las pésimas condiciones de vida de las mujeres y el colectivo LGTBI, y acabó con una final maravillosa, seguramente la mejor de la historia, entre dos potencias como Francia y Argentina.

La campeona de 2018 y la nueva reina del mundo, con Messi como indiscutible triunfador de "la mejor Copa del Mundo de la historia", como la definió el dirigente suizo. El balón acabó tapando casi todo. 

Discurso volcánico

Se abrió el torneo, el primero de la historia en fechas otoñales, con un discurso de Infantino que quedará para siempre en el recuerdo. "Tengo unos sentimientos fuertes. Hoy me siento qatarí, hoy me siento árabe, hoy me siento africano, hoy me siento gay, hoy me siento discapacitado, hoy me siento un trabajador migrante", proclamó el mandatario horas antes de la inauguración del Mundial en una extensa comparecencia que tuvo una repercusión planetaria. 

Entonces, ya se atrevió a vaticinar que sería "el mejor Mundial de la historia" no solo por la organización y las infraestructuras (nadie dudó nunca de ese éxito), sino también por el estado de forma de los jugadores, menos cansados que otras ediciones, "los estadios increíbles" y la proximidad de las sedes, con todas las aficiones en el mismo emplazamiento. "Es algo extraordinario. Todo saldrá bien", pronosticó Infantino. En efecto, la nota acabó siendo alta. 

"Doble moral"

No queda otra que reconocer el éxito deportivo de Infantino, aunque para ello tuviera que afrontar varias infamias. La crítica, que él definió "doble moral" del mundo occidental, no pasó por alto la situación humana y social del país. La primera gran polémica fue el veto del organismo al brazalete LGTBI, con amenazas a las selecciones que optaran por su uso. Ninguna lo hizo. "Hay que respetar la cancha. En un campo de fútbol se juega a fútbol", soltó el presidente. 

Los capitanes de combinados como Países Bajos, Bélgica, Dinamarca, Inglaterra, Suiza, Gales y Alemania se habían mostrado partidarios de lucir el brazalete arcoíris One Love, como protesta por la discriminación de estos colectivos, pero acabaron echándose atrás por las presiones de la FIFA. La selección de Irán sí se rebeló contra la represión de su país y no cantó el himno en el primer partido ante Inglaterra, un gesto de admirable valentía que no tuvo después continuidad. 

El hombre que movía las bolas

La FIFA prefirió centrarse en los éxitos del torneo. El fin justificó los medios y todo el polémico proceso vivido desde la designación del 2 de diciembre de 2010. Por entonces, Infantino aún no dominaba el máximo organismo. El recorrido por el mundo del fútbol de este suizo de raíces italianas, políglota y abogado se inició cuando asumió la presidencia del Brig, el equipo de su ciudad natal, con solo 18 años. 

La suspensión del astro francés y sus buenos contactos le abrieron el camino para suceder a Blatter. En febrero de 2016 alcanzó la presidencia de la FIFA. Desde entonces, siempre ha estado en el ojo de la tormenta. "Yo defiendo el fútbol y lucho contra las injusticias", apunta. El hombre que movía las bolas en los sorteos de la Champions mueve ahora los hilos desde las más altas esferas. Al menos, fracasó en su proyecto de un Mundial cada dos años. Europa y Sudamérica le cortaron las alas.

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