Dominical. Memoria de la isla.

Memoria de la isla: Santa Lucía

«El agudo baluarte pasa idealmente como nave entre dos mares: uno a su derecha y otro a su izquierda (…) Sus pasajeros alternan su mirar de un mar a otro. Ahora se alinean en la borda de babor; más tarde pasan, unánimes, a la de estribor (…) Y a espalda de los contempladores, la torre de la catedral, como trinquete, enciende una ventanita, su fanal rojo de posición».

‘Atardecer en Santa Lucía’, en ‘Viaje a Ibiza’ (1958). E. Fajarnés Cardona.

El Archiduque Luís de Austria ya subraya en ‘Las Antiguas Pitiusas’ la singularidad del baluarte. Sobre el asiento desnudo de la roca, dos poderosos lienzos de muralla se encuentran en una arista de verticalidad vertiginosa y de tan extremado filo que en piedra rara vez puede verse. El bastión avanza aproado y tiene en su vértice, como puente de navío, un garitón hexagonal. El Archiduque ya ve la Ciudadela una ‘Nave de Piedra’, imagen que también utiliza Saint Exupéry —«Ciudadela, te he construido como un navío en la espalda de una colina»—, pero es Fajarnés, don Enrique, el primero que ve en Santa Lucía el afilado tajamar de una nave, una feliz metáfora que utilizará después la poesía. Y en quienes pasean la ronda del baluarte que aquí es cubierta marinera, don Enrique ve el pasaje que asoma a babor y estribor, a una y otra borda —como tantas veces hemos hecho nosotros al entrar o salir del puerto ibicenco—, para no perder paisajes. La torre de la catedral es trinquete y la luz que enciende un ventanuco de la iglesia, el preceptivo fanal de posición.

Aunque cada quién tiene en Dalt Vila su rincón preferido, aquí no cabe hacer comparaciones ni elegir un único lugar, siendo que todo en la Ciudadela es postal y tiene su qué. Puede ser el Patio de Armas, la plaça de Vila, el Mirador del Revellín, la Portella, el carrer de Sant Carles, el de Sant Ciriac o el carrer Major… Tanto da. Si un lugar nos atrae de manera especial no es sólo por su particular atractivo, las más de las veces es porque entran en juego otros factores, imágenes afectivas, vivencias y recuerdos. En Santa Lucía importa, eso sí, su condición inclusiva, el hecho de que lo abraza casi todo. Es una balconada abierta a la ciudad baja, al puerto, al Pla de Vila que en tiempos fue de huertos y humedales, a las colinas que cierran con suaves perfiles el paisaje y que la lejanía deja en grises azulados. Santa Lucía es también miranda al antepuerto, a las tres islas que unimos con dique, a la playa de Talamanca que en la Antigüedad dio también amarres y que un ancho freo unía a la bahía interior de nuestros viejos muelles.

Más allá, la vista se pierde en cap Martinet y en mar abierto. Hacia el oeste la visión que el baluarte ofrece es urbana. Al pie queda el Portal de ses Taules, el baluard de Sant Joan y la ciudad nueva que se nos va, camino ya de Sant Josep, hacia las barriadas de cas Mut, can Sifre, can Fita, Sa Carroca y can Bellotera. Y en el mediodía, por el lado del mar, Santa Llúcia cabalga precipicios que hacen innecesaria la muralla hasta el Revellín. Y si miramos al mar, alcanzamos algunos islotes en los Freos que separan Ibiza y Formentera. La pequeña pitiüsa se ve como dormida sobre la línea del horizonte. Siempre me ha parecido un cetáceo amodorrado que en cualquier momento puede soltar un resoplido y desaparecer. Y en el inmediato sur, el baluarte es una magnífica platea que encara la isoscélica Dalt Vila, un verdadero anfiteatro que descuelga sus casas caprichosamente escalonadas, para no perder paisaje, unas sobre otras.

Y no es todo. Santa Lucía, además de terraza y mirador, es también una plaza. Tal vez la mayor de la ciudad. Hoy ha cambiado. La ciudad museizada ha vestido a Santa Lucía de domingo. Y no ha quedado del todo mal, una vez urbanizada. Tal vez sobra cemento. Y es que uno recuerda el baluarte asilvestrado. Con el suelo irregular, de tierra, incluso con hierbas y matojos. Hoy han desaparecido las lagartijas que allí eran legión. Y era también un buen lugar para los gatos que, indolentes, tomaban el sol como hacen ahora los turistas que, en los tiempos que digo, todavía tardarían en aparecer. En la senda que corría junto al parapeto, el pretil perimetral de las troneras, el lugar ofrecía una relativa horizontalidad que el paseante agradecía y devenía paisaje vecinal.

Por cuatro pesetas

En la media mañana, se congregaba allí un grupo de atareadas mujeres que, alineadas o en pequeños corrillos, venían con sus sillitas de enea, extrañamente bajas, y mirando al mediodía, a la Ciudad Alta, —aunque mirar no miraban—, se dedicaban a sus labores, fuesen de necesidad, de entretenimiento y, en su caso, de encargo, por hacer cuatro pesetas. Unas reparaban los descosidos y rotos de la parentela, otras bordaban en grandes tambores paisajes o flores, y las había que alegraban sus dedos con asombrosa viveza, sin tan siquiera mirar, con el misterioso encaje de bolillos, aquellos finos palitroques que hacían un peculiar sonido hueco al entrechocar, mientras creaban bellísimas filigranas para mantelerías y pañuelos que, en comisió, como decían, colocaban en can Xinxó, can Burgos o can Feliets.

Y mientras trabajaban diligentes, se beneficiaban de la solana y le daban al otro hilo, el de la cháchara que iba de natalicios, bodas o funerales al precio de las sardinas y al inevitable repaso de sucedidos. «¡Fíjate, tú, lo que ha sido de fulanita!», «¡Es que se veía venir!». Y así pasaba la mañana. En las atardecidas, no era raro que viniera al baluarte algún señor de Dalt Vila, insólitamente endomingado, calmoso en el andar y que, al llegar al pretil de la muralla, quedaba ensimismado en el paisaje, pensando en cómo vuelan las semanas y en el reúma que no le deja vivir.

Caballeros del Viejo Mundo

A estos caballeros del Viejo Mundo que Fajarnés menciona no llegué a verlos, hacendados, armadores y abogados, , vestidos con excelentes paños ingleses y en el puño un catalejo comprado en Londres para otear lejanías y que, residentes en las grandes casonas de la ciudad vieja, sólo de tarde en tarde bajaban a la Marina. Con menos prosapia y prosopopeya, también los otros vecinos de Dalt Vila que vinieron después y a los que sí conocí, refrescaban las atardecidas, las mismas pero distintas, en Santa Lucía.