Deporte

Krabbé, o por qué los ciclistas se machacan subiendo montañas

Ascenso al Mont Aigoual siguiendo las pedaladas de Tim Krabbé en ‘El ciclista’, uno de los libros de referencia de este deporte

La cima del Mont Aigoual, con el terreno abrasado por el intenso calor. J.M.L.R.

La cima del Mont Aigoual, con el terreno abrasado por el intenso calor. J.M.L.R. / josé miguel l. romero

Ni parece que esté a 1.567 metros de altura ni que este sea el corazón del Parque Nacional de Cévennes. El paisaje se asemeja al de Castilla o al de Aragón en plena canícula: prados resecos y amarillentos, y una calima tan espesa que casi se mastica y que impide disfrutar de algo de lo que las guías turísticas de la zona alardean: uno de los principales alicientes para subir al Mont Aigoual es que «en días despejados, se pueden ver desde las torres de la estación trece departamentos, el Mont-Blanc, la cadena de los Alpes, el mar Mediterráneo y la cadena de los Pirineos». Desde ese baluarte, hoy apenas se adivina lo que hay a una decena de kilómetros. El calor, incluso a esas horas de la mañana (las 9.30) de finales de agosto es asfixiante. No era lo que cabía esperar por el emplazamiento, pero tampoco por la idealización generada tras la lectura de ‘El ciclista’, libro de referencia para quienes practican este deporte que fue escrito hace 45 años por el neerlandés Tim Krabbé, periodista, excelente ajedrecista y, por supuesto, ciclista. Sólo un ciclista podría escribir una obra así.

El observatorio del Mont Aigoual, con el acceso vallado. | FÆ

El observatorio del Mont Aigoual, con el acceso vallado. | FÆ / josé miguel l. romero

Por ‘El ciclista’ estoy allí, para recorrer parte de aquel Tour del Mont Aigoual en el que Krabbé participó en 1977. Un año más tarde, contó lo que sintió en aquella carrera en una obra de culto que «transmite con intensidad el carácter agónico del ciclismo» y muestra «al desnudo todo lo que pasa en las piernas, el corazón y la cabeza del corredor», tal como lo describió Carlos Arribas, periodista deportivo de El País, cuyas crónicas son imperdibles para quienes siguen cada año el Tour de Francia o la Vuelta. Una vez pregunté al periodista Jacinto Antón por qué, dado que era un apasionado de la épica, no escribía artículos sobre ciclismo: «Porque ya está Carlos Arribas». Incontestable.

—¿Por qué escala usted montañas?

—Porque están ahí.

Monumento vandalizado en recuerdo del general Charles Huntziger, fallecido en esas montañas en accidente aéreo en 1941, en la Segunda Guerra Mundial.

Un mojón camino del Mont Aigoual. / J.M.L.R.

En ‘El ciclista’, Krabbé atribuye esta respuesta a «un alpinista». La dio realmente George Mallory cuando le preguntaron por qué ansiaba escalar el Everest. Y lo hizo en singular: porque está ahí. Mallory desapareció en una ascensión a esa montaña en 1924 junto a Andrew Irvine, sin que esté claro si realmente holló la cima. «Qué necesidad», es la respuesta que muchos ciclistas reciben cuando confiesan que están obcecados con subir el Mont Ventoux, el Tourmalet o el Albulapass. ¿Para qué? Porque están ahí. Krabbé deja claro por qué esa obsesión por ascender esos muros, colosos a más de 2.000 metros de altura, donde el oxígeno escasea tanto que los ciclistas boquean como carpas agonizantes tras secarse su charca. Yo respondo: porque están ahí desde que vi a Eddy Merckx y a Luis Ocaña subirlas cuando yo tenía nueve años.

Bosques marcados por un soplete

«Arrojo la ropa de calle al asiento trasero», explica Krabbé al llegar al punto de salida del Tour. El mío es Le Vigan y hago lo mismo con la mía mientras me pongo el maillot. Al Mont Aigoual se puede llegar desde media docena de lugares diferentes. En 1977, Krabbé corrió 137 kilómetros tras dar un par de vueltas al circuito. Yo haré 80 kilómetros, pues lo que realmente me interesa es subir esa montaña. Me obsesiona escalar montañas, porque están ahí (desde que vi a Ocaña y Merckx). A Le Vigan llego de madrugada para aprovechar el momento más fresco del día, que es un decir en un verano tórrido que ha dejado huella en toda Francia. En algunos valles de los Alpes han aparecido manchas pardas en los bosques que se extienden a lo largo de decenas de kilómetros. Al principio pensé que eran la consecuencia de un enorme y prolongado incendio, hasta que, vistas de cerca, aprecié que, en realidad, eran miles de árboles resecos por el calor, achicharrados, no quemados. En el Parque Nacional de Cévennes ocurre lo mismo: hay enormes zonas boscosas, sobre todo las de la vertiente al sur, marrones, como si un enorme soplete las hubiera chamuscado.

«Mierda, me he olvidado los higos», exclama Krabbé antes de partir. Yo, que quería imitar en esto su nutrición, no pude comprarlos: este año se acabaron antes de tiempo debido, precisamente, a la sequía y los calores extremos. Voy sin higos, pero con una banana costarricense metida en el bolsillo del maillot.

«Una persona consta de dos partes: una mente y un cuerpo. De las dos, el ciclista es, sin duda, la mente»

Tim Krabbé

«Una persona consta de dos partes: una mente y un cuerpo. De las dos, el ciclista es, sin duda, la mente». Krabbé explica así por qué el corredor Jacques Anquetil tenía la manía de, al iniciar una ascensión, sacar el bidón del portabotellas y metérselo en el bolsillo trasero. Desafiando las leyes de la física, Anquetil creía que así era más ligero. Sí, era absurdo, pero «lo que Anquetil necesitaba era fe. Y para tener una fe sólida e inquebrantable no hay como estar equivocado». El ‘error’ de Anquetil le hizo ganar cinco Tours. Yo llevo dos bidones, que apenas me llegarán para todo el recorrido dado el calorazo que hace, pero nunca los saco del portabotellas y los meto en el maillot porque soy muy cartesiano: la física es la física, para qué me voy a engañar.

"Los reporteros no ven nada"

«Llevo seis semanas viviendo para esta carrera», comenta Krabbé. Yo, años, desde que leí y releí y volví a releer su libro. Esta vez, de vuelta de ascender La Loze, el Petit Saint Bernard, el Cormet de Roselend, Iseran y Val Thorens, me desvié de la ruta para conocer el lugar donde se desarrolla su narración. Para escribir y describir hay que ver, sentir y respirar el lugar donde ocurren las cosas. Es de manual: en la París-Roubaux de 1976, Krabbé constató «cuánta razón tienen [aficionados y conocedores de este mundillo] al decir que los reporteros no ven nada». Porque para contarlo hay que estar dentro del pelotón o subiendo rampas con el corazón a punto de estallar. Por eso tenía que ir al Mont Aigoual.

«Ya estoy deseando que llegue, como luego desearé también que se acabe»

Tim Krabbé

«Ya estoy deseando que llegue, como luego desearé también que se acabe». Habla de la primera ascensión de aquella etapa. ¿Qué ciclista no ha pensado así alguna vez? Saben cómo reaccionan las piernas ante los primeros metros de las rampas, cuando comienzan a agarrotarse, y temen tener que echarse a un lado, a la cuneta, para recuperar el aliento. O quizás para regresar a casa.

Tras los primeros síntomas de ansiedad al comenzar la larga y primera de las ascensiones camino del Mont Aigoual, la que lleva a coronar el Col de Minier, a 1.264 metros, recuerdo a Krabbé: «El ciclismo es un deporte de paciencia. ‘El ciclismo es rebañar el plato de tu rival antes de empezar con el tuyo’. Lo dijo Hennie Kuiper». A veces se hacen más pesadas las cuestas largas con poca pendiente, como es el caso, que otras más cortas pero cuya altimetría corta el hipo: la del Col de Minier tiene casi 24 kilómetros de longitud, y aunque su pendiente sea una broma comparada con la de la Loze (la carretera atraviesa pistas negras de esquí, con desniveles del 21%), es tan larga que, poco a poco, hace mella en el ánimo no ver el final: «Escalar es cuestión de ritmo, una especie de trance, hay que mecer las protestas de tus órganos para que se duerman», explica Krabbé cuando va por el kilómetro 31. Hay que aprender a sufrir y a aguardar hasta que el tiempo anestesia el dolor, hasta olvidarlo. Ese dolor con el que Krabbé siempre «carga montaña arriba», como todos. Octave Lapize no pudo adormecer su padecimiento cuando, en 1910, llegó a la meta tras 326 kilómetros de escapada y 14 horas encima de la bici en los que ascendió el Aspin, el Tourmalet, el Soulor y el Aubisque. Llegó a esta última cumbre «gimiendo como un perro; tiró la bicicleta al suelo, se dirigió hacia uno de los organizadores del Tour y, cuando sus pulmones reunieron un poco de aire, cinceló la primera sentencia en las tablas del ciclismo: ‘Asesinos’», cuenta Ander Izagirre en ‘Plomo en los bolsillos’. Al menos, la organización le había avisado de que había osos en la zona. El ciclismo, ese deporte de «brutos, golfos y desesperados».

«El ciclismo es un deporte de paciencia. ‘El ciclismo es rebañar el plato de tu rival antes de empezar con el tuyo’. Lo dijo Hennie Kuiper»

Tim Krabbé

Una gota en la nuca

Meteorológicamente, mi etapa sólo se parece a la de Krabbé en que ahora atravieso la niebla camino del Col de Minier. «La gota que acaba de caerme en el muslo es de lluvia (…) El penacho oscuro que está suspendido sobre la cima del Mont Aigoual se torna cada vez más negro; una gota gruesa y fría me aterriza en la nuca y otras diez más me salpican la cara al mismo tiempo». Entre la descripción de cómo acabó como un pollo («mis pies chapoteaban en las zapatillas en cada pedalada y un chorro de barro salía disparado de la rueda delantera y me daba justo en los ojos») y la portada del libro, en la que se ve a dos ciclistas calados hasta los huesos, jamás imaginé que enfilaría estos bosques de coníferas a 30 grados a las nueve de la mañana y empapado de sudor. A mil metros de altura, el mar de nubes queda a los pies y oculta el horizonte: «A la izquierda, prados verdes que ascienden con una fuerte pendiente; en el borde del altiplano cimbrean unos árboles negros, a la derecha el cielo es azul oscuro. En el Mont Aigoual debe estar lloviendo». Esta vez, no. Ya cae el sol a plomo.

Las dudas

«(…) no me he metido en el ciclismo porque quiera adelgazar, porque me horrorice cumplir los treinta, porque me haya desilusionado de la vida de los bares», afirma Krabbé: él pedalea «única y exclusivamente» porque quiere correr en bicicleta. No hay necesidad, dirían algunos, salvo para los ciclistas. Yo no entiendo ya unas vacaciones sin bicicleta y ascensiones alpinas. Es mi necesidad.

«(…) no me he metido en el ciclismo porque quiera adelgazar, porque me horrorice cumplir los treinta, porque me haya desilusionado de la vida de los bares»

Tim Krabbé

No hay nada peor que pasar por un momento de debilidad y pensar, como hace Krabbé en el Tour del Mont Aigoual al atravesar una pájara, que no vales ya para eso, que vas a «tener que dejar el ciclismo», ese deporte «de paciencia» en el que te asaltan dudas continuamente. Lo piensas a menudo, así como qué sería de tu vida sin la bici. Eso es demoledor. Hay momentos buenos y malos, explica Pello Ruiz Cabestany en ‘Historias de un ciclista’: «Entre estos últimos te llegas a plantear el motivo de estar sufriendo tanto encima de la bicicleta». «Pon a una persona cualquiera encima de una bicicleta con la rueda delantera encarada hacia Camprieu y diez contra uno que desmontará y buscará refugio en la primera casa que encuentre. ¿Por qué rodamos nosotros? Si le preguntas a un alpinista por qué sube montañas, te responderá: ‘Porque están ahí’», insiste Krabbé. Mientras llego a Minier, mientras sufro como un perro en algunas pendientes, esta vez sólo pienso en una cosa: en comer un entrecot regado con un Côtes du Rhône en cuanto acabe.

Dudas así te asaltan a menudo. Aunque hace dos días tuviera un chute de optimismo, endorfinas y empoderamiento tras ascender el Iseran (de 2.764 metros) por su cara norte, rozando el cielo, los pensamientos negativos son recurrentes. Surgen a la más mínima flaqueza, como justo antes de coronar el Col de Minier, donde, repentinamente, sopla un viento gélido, así, por las buenas. Me arrepiento de no haber traído el cortavientos (siempre lo olvido cuando más lo necesito, como en la granizada que me atizó al subir el San Gotardo, en Suiza). Dudas y zozobras, pero siempre euforia al coronar.

Nube de moscas

En el Col de Minier me recibe una espesa nube de moscas, fieles acompañantes de las vacas que pastan por la zona. Ansiosas, chupan los restos de azucarado gel energético que, pegajoso, me ha quedado entre los dedos y en las comisuras de los labios. Krabbé no advierte de ellas.

Un ciclista llega, cabeza gacha, agotado, desde la otra vertiente de ese paso y saluda ostensiblemente con la mano. Todos (casi todos) lo hacemos por complicidad, por camaradería deportiva, porque sabemos por lo que está pasando el otro, aunque Krabbé tenga una visión (y un humor) especial sobre el compañerismo en este deporte: «El ciclismo imita a la vida como esta sería sin la influencia perniciosa de la civilización. Si ves a tu enemigo tendido en el suelo, ¿cuál es tu reacción más natural? Ayudarlo a levantarse. En el ciclismo lo matas a patadas».

"Si ves a tu enemigo tendido en el suelo, ¿cuál es tu reacción más natural? Ayudarlo a levantarse. En el ciclismo lo matas a patadas»

Tim Krabbé

«Rodando sobre adoquines —escribe el autor—, uno descubre cómo debe de sentirse un taladro. Los brazos triplican su volumen, las mandíbulas repiquetean como unas castañuelas, la cadena se carcajea y parece querer salir volando». Adoquines quedan pocos por aquí, pero unas obras a lo largo de varios kilómetros en esa pista provocan un efecto casi similar, hasta el punto de que el pulsómetro del reloj marca que estoy a punto de tener un síncope, si es que no estoy ya muerto y ni me he enterado: 240 pulsaciones. No puede ser, es imposible, pues no paso de 165 en los peores momentos de las ascensiones y, además, estoy en pleno descenso y sin dar una sola pedalada antes de volver a subir: «Curvas muy cerradas, precipicios, la receta de siempre. El gris de las rocas, el verde de los prados. Tras pasar cada curva, acelero hasta que toca frenar de nuevo (…) a estas alturas ya estoy realmente demasiado cansado para enfrascarme en reflexiones sobre la vida y la muerte», describe Krabbé uno de sus descensos.

«Un guiñapo»

Para él, Bahamontes era un ejemplo de «alpinismo auténtico», incluso cuando al año siguiente de ganar un Tour, en mitad de la segunda etapa, se bajó repentinamente de la bici y dijo: «Moi, il est fatigué. Moi, il veut aller à la maison». Estaba exhausto y sólo pensaba en irse a casa. Y quizás en comer un helado y un bocata de jamon (o, como yo, un entrecot).

En mitad de la etapa, el holandés narra crudamente cómo se siente a esas alturas la mayoría de los ciclistas: «Soy un guiñapo que cuelga de mi bicicleta». Algo parecido pienso en el tramo final de la ascensión al Mont Aigoual, tras pasar L’Esperou y a falta de ocho kilómetros para la cima.

En L’Esperou quedan huellas del último paso del Tour de Francia por allí, con llegada al Mont Aigoual, el 3 de septiembre de 2020, como la pancarta que cuelga de un amplio refugio abierto de madera. Fue la sexta etapa de aquel año, que partió de Le Teil y tenía 191 kilómetros. Ganó el kazajo Alexey Lutsenko (Astana), al frente de ocho escapados. Era la segunda vez que el Tour subía el trazado inmortalizado por Krabbé en ‘El ciclista’.

Charlando con Jean Paul

Por esas carreteras aún perviven unos mojones kilométricos muy peculiares. Tienen la forma de un alfil: su peana, delgada, se ensancha en la parte superior, donde se puede leer cuánto falta, por ejemplo, hasta el Mont Aigoual. En una curva, uno de estos mojones avisa de que la cima está a nueve kilómetros. Justo enfrente, una señal más moderna indica que está a 10. Cuando ves algo así (y es muy frecuente) te acuerdas de los progenitores de los ingenieros que calcularon esas distancias. Un kilómetro más o menos no es poca cosa: no saber claramente cuánto queda hasta la meta desmoraliza a un ciclista, para quien es vital dosificar sus fuerzas. Mil metros más pueden suponer una prolongación sádica de su agonía. Asesinos, diría Lapize.

A cinco kilómetros de la cumbre, lo inesperado: una estación de esquí. Resulta casi inimaginable que allí, con el calor que hace, donde el suelo está chamuscado por los rayos láser del sol y los abetos tienen un color verde apagado tirando a marrón, en invierno haya trineos y esquiadores haciendo eslalon. De un cruce surge un ciclista, el primero que sigue mi misma dirección. Lo alcanzo a duras penas, pues ya estoy agotado (me pesan las subidas de la última semana en los Alpes) y él va a buen ritmo. Se llama Jean Paul, y oui, es francés y vive en Washington. Cuenta, en perfecto español, que está recién jubilado. Tiene 72 años (le confieso que ya me gustaría pedalear así a su edad) y su bicicleta está cargada con alforjas. Recorre el sur de Francia. Su próximo destino está a 100 kilómetros hacia el sur. También sube al Mont Aigoual por Krabbé, por ese libro que es como la Biblia del ciclismo y que a tantos ha marcado.

Pasados los 100 kilómetros, Krabbé, mientras pedalea, recuerda sus ascensiones al mítico Mont Ventoux, a 190 kilómetros de distancia, cuya gigantesca torre de telecomunicaciones de la cima es omnipresente durante la subida: «Ponerte de pie en los pedales no ayuda, sentarte en el sillín, no ayuda. Es imposible dividir 43 entre 23. Cualquier pensamiento rueda inmediatamente cabeza abajo». Sin aliento falla la mente. Pero la conversación con Jean Paul, fluida, permite en los pocos kilómetros que faltan pasar por alto que me estoy achicharrando y que mis cuádriceps exigen descanso y ese entrecot en el que pienso constantemente: «La ascensión casi ha terminado. A veces uno alcanza el final de algo sólo porque se ha olvidado por un instante de que no se ha acabado todavía». Así es, los kilómetros pasan volando cuando conversas mientras pedaleas.

«Tras pasar por la línea de meta todo el sufrimiento se transforma en placer; cuanto mayor sea el sufrimiento, mayor será también el placer"

Tim Krabbé

Tras alcanzar la meta, la sensación de euforia de siempre, sea congelado en el Passo de Gavia u oculto entre la niebla del Furka Pass. Krabbé describe muy bien lo que se siente: «Tras pasar por la línea de meta todo el sufrimiento se transforma en placer; cuanto mayor sea el sufrimiento, mayor será también el placer. Esa es la recompensa que la naturaleza otorga a los ciclistas por el homenaje que le rinden con sus padecimientos (…). Por eso hay ciclistas. Sufrir es preciso; la literatura es superflua».

Los grandes campeones sufren y «pasan solos por la Casse Déserte [Izoard], catedral de la agonía», apunta Izagirre en ‘Cómo ganar el Giro bebiendo sangre de buey’. Por el Izoard, testigos presenciales juraron que Fausto Coppi pasó «flotando», solo, aquellas rampas. «Un uomo solo al comando, la sua maglia é rosa», gritaba eufórico un locutor en la radio. El italiano «suspendió las leyes de la naturaleza» aquel día en aquella cumbre. Y sufrió, sobre todo porque a partir de los 2.000 metros se reduce notablemente el nivel de oxígeno. Se complica la respiración, se dispara la fatiga y surgen los mareos, y con ambos se abren paso los pensamientos oscuros, todas nuestras carreras perdidas de la vida. Eso sí, todo cambia de golpe al culminar. Todo brilla, todo es hermoso y se olvida el dolor. Llegar a la cumbre sabe a victoria.

«Y después llegas a la cima. Contemplas el paisaje, bebes un poco, sientes un burdo bienestar y te embarga un enorme deseo de volver a escalar esa montaña algún día»

Tim Krabbé

Volver algún día

Pero allí arriba, en lo alto del Mont Aigoual, siento decepción y desolación. En nada se parece a la imagen idealizada imaginada tras la lectura de ‘El ciclista’. El campo está agostado, como si en vez del Macizo Central francés fuera un páramo castellano atizado por la solana. La calima impide adivinar qué hay más allá de unos kilómetros. Unas antenas horribles y gigantescas instaladas en la cima destrozan la panorámica. El observatorio está en fase de remodelación y rodeado de vallas poco estéticas. Vamos, un chasco.

Acaba de llegar un vehículo cargado de bicicletas sin pedales, sólo para descenso, así como una furgoneta llena de jóvenes (y no tanto) cuyo físico está lejos de ser el de Chris Froome. ¿Qué pensaría de esto Krabbé? Quizás que quienes opten por esa modalidad ciclista se pierden muchas cosas, por ejemplo, el éxtasis (casi religioso) de la ascensión: «Y después llegas a la cima. Contemplas el paisaje, bebes un poco, sientes un burdo bienestar y te embarga un enorme deseo de volver a escalar esa montaña algún día». Tras la euforia, ese es mi último pensamiento antes de descender desde allí hasta Le Vigan. Allí y en todas las montañas. Volver, subir de nuevo por esa vertiente o por otra. Siempre volver. Escalar es adictivo.