Dominical. Imaginario de Ibiza

Inviernos de soledad, óxido y posidonia en sa caleta

La media luna repleta de varaderos que caracteriza esta orilla, situada en pleno Parque Natural de ses Salines, exhibe la sencillez y rusticidad de unos refugios marineros que, pese a la escasa nobleza de los materiales que los conforman, atraen irremediablemente la atención de quien los contempla.

Casetas varadero 
de sa Caleta. x.p.

Casetas varadero de sa Caleta. x.p. / xescu prats

El mar es el vehículo de una existencia prodigiosa y sobrenatural. Es movimiento y amor, es el infinito hecho vida.

(Julio Verne)

Se sugiere una observación atenta de la fotografía que ilustra esta página. La superficie ondulada de las corroídas cubiertas de uralita, los bloques partidos que soportan retales de tableros para que no se los lleve el viento y que reducen el impacto de las las goteras, evitando que el agua se precipite al interior como cascadas cuando diluvia. La lluvia, hoy en día, o es torrencial o no es, como en el trópico. Las chapas abolladas aquí y allá, los fragmentos de madera con el esmalte cuarteado, la miscelánea de chimeneas que se elevan entre los tejados lejanos, la estridencia contemporánea de las placas solares, las puertas tintadas, verdes, azules y marrones, que contrastan con otras decoloradas por la radiación inclemente.

El juego de luces y sombras bajo los rústicos porchecillos, de cañas, hojalata oxidada o cualquier otro material reciclado. La sábana de plástico que cae a los lados, proporcionando cierta intimidad, pero ahogando la brisa. Las viejas sillas de plástico, de terraza de bar, apiladas, los tabiques sin enlucir, la defensa de goma que oscila bajo una viga, las escuálidas columnas de savina que sostienen los cobertizos, a prueba de temporales a pesar de su aparente fragilidad.

El zigzagueo que en la orilla conforman los varaderos al caer en pendiente hacia el agua, alrededor de la media luna. La mayoría hechos con puntales de pino, pero también a base de tuberías de pvc rellenas de mezcla. Los muelles carcomidos por años de tempestades, irregulares, adelantándose los unos a los otros. Los neumáticos de interior hormigonado, que conforman la estructura de algunos, y los postes verticales en sus extremos, a modo de norays, donde ahora nadie amarra.

El ajado bote blanco, con el tambucho sin esmaltar, de madera, y un trozo de tela pendiendo de un escalamo huérfano de remo, asido por proa y popa a las traviesas del raíl. Éste queda oculto por un montículo de posidonia que se propaga por todo el centro de la ribera, cubriendo los escalones de las terrazas, indicando la dirección por la que arrecia el oleaje cuando el mar embravece y subrayando la ingobernabilidad de la naturaleza. Los payeses ya no la recolectan para aislar las cubiertas de sus casas o conservar tubérculos entre su lecho, pero entretiene a los niños los domingos, que la lanzan a puñados al aire, como confeti.

El chirriante colorido de las boyas que salpican el esmeralda de la grava sumergida y la negrura de los churretes de posidonia que el vendaval no ha escupido fuera. El escueto escalón de roca que envuelve la rada por la retaguardia y el manto de pinos que corona el monte, incluso a lo lejos, con la presencia de los Don Pepe, que de momento siguen en pie. Y el azul apabullante, que trasmuta de marino a índigo y cobalto, sin orden ni concierto.

Aunque podría parecer la descripción de un vertedero, constituye una semblanza del paraíso. Sa Caleta en su esencia, sin intrusos ni una procesión de lanchas varadas, pero con una soledad fantasmagórica que redime y reconcilia.

El puerto más antiguo

Sa Caleta es una de las orillas mejor situadas de la isla, al menos desde un punto de vista geográfico. Los fenicios ya la escogieron como puerto y a su lado, en el altiplano, establecieron su primera población, hace 2.800 años. A poca distancia se hallaba una enorme laguna donde el agua se acumulaba y evaporaba, proporcionando sal marina para conservar los alimentos. Siglos después se construiría allí la retícula de los estanques y hoy toda esta zona forma parte del Parque Natural de ses Salines, que continúa hasta el pie del Puig des Jondal, en la playa del mismo nombre.