Cuando Ibiza era otra fiesta: Marià Villangómez, el patriarca de las Letras ibicencas

La última entrega de la serie es para el reconocido poeta, Premi d’Honor de les Lletres Catalanes y Creu Sant Jordi de la Generalitat catalana, entre otros galardones

El poeta paseando por el Puerto de Vila con escritores amigos.

El poeta paseando por el Puerto de Vila con escritores amigos. / Carles Ribas

Broche de oro para cerrar esta serie, con el poeta más reconocido y laureado de estas islas: Premi d’Honor de les Lletres Catalanes, Hijo Ilustre de Ibiza, Creu de Sant Jordi de la Generalitat o Medalla d’Or del Consell y de la Comunitat balear; entre otros premios. No podía ser otro, desde luego; y el recuerdo y homenaje a tan señera figura literaria lo enfocaré mayormente desde el ángulo de la relación personal que tuve con Marià Villangómez (1913-2002), a la que puedo calificar de serena y cordial, como correspondía a su talante cívico y humanista. Virtudes que iban a la par con el nivel de su obra, centrada sobre todo en la poesía, que impregnaba también a su prosa. Sin olvidarme de su condición de referente de autoridad cultural de la isla y su dedicación pedagógica, tanto en sus años escolares como por libre. Así, su ilustrada y amistosa sombra tutelaba, animaba y conducía por sendas propicias a todo aquel que solicitaba su consejo literario.

Villangómez con Colinas, su traductor al castellano. | JUAN A. RIERA

Villangómez con Colinas, su traductor al castellano. / JUAN A. RIERA

Y para recordarle, nada mejor que volver a entrar en su poesía, picoteando en sus ‘Obres completes’ (Edicions del Mall, Barcelona, 1986), publicadas bajo el exquisito cuidado del poeta catalán Àlex Susanna e ilustradas con pinturas del ibicenco Vicent Calbet. Qué emoción al leer su dedicatoria y qué buenos poemas me saltan a la mirada. Como esa ‘Cançó de vesprada’, de su primer poemario (’Elegies i paisatges’), que musicara el grupo UC, y cuyo estribillo es una de sus citas más populares y conocidas: Voler l´impossible ens cal,/ i no que mori el desig. Todo un lema existencial para los empecinados en defender el deseo como santo y seña de vida.

Villangómez prefería bañarse en zonas de rocas. | VICENT MARÍ

Villangómez prefería bañarse en zonas de rocas. | VICENT MARÍ / julio herranz

También guardo bien fresco en el recuerdo la muerte de Villangómez, el 12 de mayo de 2002. Que, casualidades del destino, me pilló fuera de la isla por vacaciones, tras haberlas aplazado varias veces para atender como se merecía (periodísticamente hablando) su óbito, que tuvo una lenta agonía. Nada, qué fatalidad: justo murió al día siguiente de irme. Me pilló en Madrid y me enteré por una llamada del amigo y poeta ibicenco Ben Clark. Una terrible pérdida, que tuvo un gran eco mediático en todo el área de habla catalana. Como botón de muestra, las palabras que le dedicó el filólogo y músico ibicenco Isidor Marí: «Ha sido uno de los mejores poetas de la generación de la Guerra Civil española, al lado de Salvador Espriu. El hecho de haber vivido en un lugar aislado, en las Pitiusas, de haber sido una persona poco propensa a los actos públicos y a su proyección social, ha hecho que su obra sea menos conocida de lo que debiera. Es uno de los autores que mejor ha expresado la relación de la gente con su tierra.»

La muerte del poeta ibicenco tuvo mucho eco mediático. | JUAN A. RIERA

La muerte del poeta ibicenco tuvo mucho eco mediático. | JUAN A. RIERA / julio herranz

Otro testimonio destacado fue el del poeta leonés Antonio Colinas, buen amigo del ibicenco y su traductor al castellano: «Una gran pérdida para Ibiza, para su cultura. Y se pierde también a una excelente persona, muy dialogante y que hizo siempre gala de una gran cortesía. Recuerdo momentos especiales vividos junto a él, como las tertulias en la cafetería Milán, con Cosme Vidal; o las reuniones que matuvimos mientra elaboré la traducción de su poesía para una antología de la editorial Visor», apuntó el autor de ‘Sepulcro en Tarquinia’, residente en Ibiza por un buen número de años y que sigue en contacto con la isla, aunque ahora viva en Salamanca.

Aficionado a los tangos

Familiares y amigos del poeta en su entierro en 2002.

Familiares y amigos del poeta en su entierro en 2002. / julio herranz

Y el testimonio mío propio, vertido en ‘El poeta’ (’El ángel yuxtapuesto’ Plaza & Janés 2004). Un poema que evoca la impresión que me producía encontrarle a menudo cuando él entraba en su casa de la Vía Púnica y uno iba al curro (justo al lado) en Radio Diario de Ibiza. Todo un contraste: Encontrarme, de pronto y a menudo,/ con su alta figura solitaria me produce/ un raro escalofrío: emboscado/ en sí mismo, su imagen elegante, oficial/ (se presiente su estatua como sombra)/ oculta al hombre que la habita. Imagen que cambié por otra más cercana y amigable cuando asistí durante varias sesiones dominicales al posado para el busto que el amigo Paco Romero le realizó. Sesiones bien entretenidas en las que hablamos de los que se terciara, incluidas algunas batallitas; literalmente. O escuchando tangos en un pequeño tocadiscos.

Afición que, por cierto, también tenía mi padre. Tangos que conocía y canturreaba don Mariano (nombre con el que le tratábamos muchos), especialmente uno cuyo título no recuerdo pero que tenía dos versos que me llamaron la atención en su boca: Lo que más bronca me da/ es haber sido tan gil. Como si a esas alturas biográficas lamentara algún hecho del que no se sintiera particularmente orgulloso. No sé, fue una impresión al paso, pues ese single era uno de los que más me pedía que pusiera mientras estaba posando para el pintor y escultor ibicenco. Por supuesto que no le pregunté que nos contara qué era aquello que le daba tanta bronca recordar; aunque algo me decía que la cosa iría más bien por el lado sentimental negativo. Lo que me resulta bastante lógico al no haberse casado y tal. Nada, curiosidades privadas, dado mi interés habitual en buscar en los autores que me gustan huellas que revelen las facetas emocionales de su vida, tan relevantes siempre para entender mejor su obra. Y en el caso de Villangómez no abundan demasiado en sus libros los poemas de amor.

Por cierto, que me habría gustado, para hacer este último capítulo de ‘Cuando Ibiza era otra fiesta’, encontrar una biografía de Marià Villangómez; para concerle más y mejor. A tal fin fui a preguntar a la Biblioteca Municipal de Can Ventosa, pero nada. Hay libros de recuerdos de varios amigos suyos, como Felip Cirer o Jean Serra; pero falta una biografía del primer escritor de Ibiza, lo que dejo caer aquí por si alguien quiere coger el guante. Ojalá. Lo único que encontré fue una curiosa ‘Fotobiografía’ (editorial Moll, Mallorca, 1995), con una recopilación fotográfica del poeta a cargo de Francesc Amengual y una presentación de Jean Serra. Manuscrita, como lo son los ‘pies de foto’ escritos por el propio Villángomez. Instantáneas familiares, de viajes y de actos más o menos oficiales de entregas de premios y anexos. Una de ellas, que reproduzco aquí, tiene un aire bien veraniego. Copio (traduciéndolo) el texto: «Creo que la foto me la hizo Alexandre (hermano) por la primavera o el verano de 1936, antes de la sublevación militar. Nadar era una de mis grandes satisfacciones; otra ha sido caminar, muchas veces solo, por campos y colinas. En cuanto al baño en sí, prefería la costa rocosa, como esta de la punta de la Rajada, próxima a Vila. Ya había hecho el servicio militar y había empezado a estudiar Letras, carrera que interrumpió la guerra».

Junto con varios poemas propios de diversos libros, que se corresponden con algunas de las fotografías y que resultan más sugerentes y hermosos verlos escritos por la mano del mismo Villangómez, me ha sorprendido gratamente encontrar una imagen llamativa en la que también salgo yo: una foto tomada en el puerto de Ibiza en la que estamos siete escritores junto al poeta; todos andando. El texto manuscrito que la acompaña dice: «Un grupo de escritores ibicencos o residentes en la isla nos reunimos un día en el puerto para hacernos unas fotografías. En esta, avanzando por el muelle, de izquierda a derecha, Julio Herranz, Josep Marí, Toni Roca, Joan Marí Cardona, yo, Joan Marí (Moreno), Bernat Joan y Jean Serra. Era el año 1993 y se ve que hacía frío. El fotógrafo fue Carles Ribas». Qué gracia, tan simpática y espontánea; parecemos un grupo de pistoleros del oeste. Me parece que llegó a salir en la edición catalana de El País, periódico para el que trabajaba entonces el reconocido fotógrafo ibicenco.