Un relato generacional

Así se escribe la nueva novela social española

La precariedad como motor narrativo responde al contexto del escritor, también en las nuevas generaciones de autores, en las que sobresalen Elena Medel, Pablo Gutiérrez, Rosario Villajos, Alberto Santamaría, Elvira Navarro, Greta García y Marta Carnicero

Una ilustración de un libro y una mano escribiendo

Una ilustración de un libro y una mano escribiendo

En La escritura, uno de los cuentos de Lydia Davis (Northampton, Massachusetts, 1947) contenidos en el conjunto de relatos Ni puedo ni quiero (Eterna Cadencia, 2014), la autora estadounidense reflexiona, a través de su protagonista, sobre la utilidad de la literatura, sobre su sentido como herramienta de construcción social: «La vida es demasiado seria como para que yo siga escribiendo. La vida solía ser más fácil, y con frecuencia placentera, y por lo tanto escribir era placentero, aunque también parecía serio. Ahora la vida no es fácil, se ha vuelto muy seria, y por comparación, escribir parece un poco tonto. A menudo, escribir no es escribir sobre cosas reales, y cuando se escribe sobre cosas reales, a menudo están tomando al mismo tiempo el lugar de algunas cosas reales. Escribir se trata demasiado a menudo sobre personas que no pueden arreglárselas. Ahora me he vuelto una de esas personas. Lo que debería hacer, en lugar de escribir sobre personas que no pueden arreglárselas, es dejar de escribir y aprender a arreglármelas. Y prestarle más atención a la vida misma. La única manera de espabilarme es dejar de escribir. Hay otras cosas que debería estar haciendo en su lugar».

Es la escritora Rosario Villajos (Córdoba, 1978) quien me remite a ese párrafo al charlar con ella a propósito de si existe, o no, una nueva novela social en España. Ella, que con su último libro, La educación física (Seix Barral, 2023), logró el último premio Biblioteca Breve, sería, si convertimos la práctica en teoría literaria, una de las integrantes de esa no tan novedosa generación de autores españoles que emplean la precariedad que les acompaña, casi, desde su nacimiento como motor narrativo.

Porque la frágil sociedad, sobre todo en lo económico, en la que han crecido es, a veces, un potente catalizador de argumentos, de tramas tan reales como la vida misma, que es de donde, en realidad, salen. Lo es hoy, y siempre lo ha sido: desde El Quijote y Galdós a La mala costumbre (Seix Barral, 2023), de Alana Portero. «Supongo que ahora se habla más de temas que antes eran anecdóticos dentro del panorama literario. Me voy a corregir, no es que fueran anecdóticos, es que no conseguían el público que tienen ahora. La gente estaba a otras cosas: sobreviviendo. Creo que es más fácil leer (y escribir) sobre un tema cuando el tema ya ha pasado (una guerra, por ejemplo) o se ha instalado (como una crisis económica), que cuando acaba de ocurrir», reflexiona Villajos.

La autora de La educación física confiesa que hubo un momento en el que intentó usar la escritura como altavoz para hacer reflexionar «sobre lo que creo que podría ser más justo, pero me di por vencida, de modo que ahora intento centrarme en explicarme y cambiarme a mí misma a través de historias, independientemente de si alguien las lee o no». Aunque reconoce que toda novela es siempre «un intento de política como mínimo».

Mutaciones del presente

Para Alberto Santamaría (Torrelavega, Santander, 1976), otro posible integrante de esa generación socio literaria, la novela es social «en sí misma desde siempre». De hecho, en su opinión, ese género es «el terreno donde mejor se explora, desde hace décadas, las mutaciones sociales de nuestro presente». En ese lugar le gusta situarse, y de ahí surge Barrio Venecia (Lengua de Trapo, 2023), su libro más reciente, en el que narra la heroica resistencia de la clase obrera en nuestro país y cómo la miseria y la precariedad se heredan de forma irremediable.

Una novela con la que Santamaría buscaba dibujar «el conflicto o la tensión entre las expectativas y la vida cotidiana de una generación como la mía, que se comió el relato de la transición como si fuera la puerta celestial pero que solo era –algunos lo descubrirnos tarde– una hermosa tapa brillante que cubría un cubo a rebosar de mierda, como la de mis padres, que sintieron aún más en su corazón y en su vida diaria la derrota». En su opinión, «nadie escribe sin raíces, sin transparentar su posición de clase, su lugar en el presente, su capital educativo o cultural». Y, en este sentido, «toda novela tiene carga política». También, claro, la suya.

«En lugar de gritar», dice Alejandro Zambra (Santiago, Chile, 1975) citando a Romain Gary, «escribo libros». Lo mismo que hace, con su literatura, Marta Carnicero (Barcelona, 1974). Eso busca, y eso consigue, a tenor de la respuesta lectora a todos sus libros. En el último, Matrioskas (Acantilado, 2023), aborda un tema tan olvidado como la violencia sexual sufrida por las mujeres en la guerra de los Balcanes. «Escribimos según nuestro contexto y son las preocupaciones lo que nos lleva a avanzar», asegura. Para ella, «la precariedad genera un malestar que trasciende al presente, porque se proyecta en un montón de futuros oscurecidos por la incertidumbre», y si a esa circunstancia se añade «la vocación de universalidad de cualquier texto –que pretende resonar, desde lo particular, con su lectura– parece inevitable que el género esté más vivo que nunca». Y remata: «Es imposible ser honesta sin adoptar una postura».

Realismo

Elena Medel (Córdoba, 1985) va más allá, y se pregunta qué entendemos por literatura social. Yo le contesto que, desde luego, Las maravillas (Anagrama, 2020), su debut en la ficción, entra dentro de ese género y rompe, al mismo tiempo, sus a veces limitantes costuras. Porque de eso se trata: de mover y remover el sistema. «Por mucho que rechaces la autobiografía y te alejes del realismo, lo que sucede a tu alrededor y lo que te sucede a ti termina filtrándose en lo que escribes: en tus decisiones sobre qué contar, cómo contarlo, etcétera. Nuestra sociedad la atraviesan la precariedad laboral y económica, también la precariedad emocional, comunes a todas las generaciones», asegura Medel. Por eso le parece inevitable que esa precariedad aparezca en sus libros, aunque ella lo extendería a otros géneros, no lo limitaría a la narrativa.

A Medel le interesa «la literatura que busca intervenir en la sociedad: plantear conflictos, generar pensamiento y reflexión… El retrato que se fija de la historia, y la posibilidad de abordarla desde otros centros; cada vez me convence menos el concepto de margen, porque implica una jerarquía». En sus primera versiones, Las maravillas se tituló Ideología, y tanto ese libro como la novela en la que trabaja ahora «parten de esa intención de retratar un momento histórico, con una presencia fuerte de las cuestiones de género y de clase».

La irrupción de Greta García (Sevilla, 1992) en el panorama narrativo, ella, que venía de las artes escénicas, ha insuflado un aire rompedor, fresco, vibrante y valiente a esas letras sociales que pretenden derruir un mundo para construir otro mejor. Es lo que hace, sin buscarlo, seguramente, en Solo quería bailar (Tránsito, 2023), su primera novela, protagonizada por una bailarina sevillana que acaba en la cárcel al sucumbir a la iracundia que a veces desata la precariedad. «Suena imposible que haya una nueva cosa de nada en 2023 que no sea con inteligencia artificial. Pero sería genial, una nueva novela social que derrocara tiranos y frenase el cambio climático», responde, con el mismo desparpajo con el que escribe. «La precariedad –continúa– es la realidad de la mayoría, la precariedad que marca nuestros movimientos y decisiones, queramos o no». Y, por ello, «es inevitable» que toda novela sea siempre política.

Pablo Gutiérrez (Huelva, 1978) recuerda que «el origen de la novela española se sitúa en la picaresca, género de la precariedad, de la calle, de la opresión y de la dialéctica de clases», y matiza que «quizá lo que se está produciendo es un cambio en la extracción social de los escritores, eso sí, favorecido por la diversidad literaria de las pequeñas editoriales». El autor de La tercera clase (La Navaja Suiza, 2023) quiere pensar «que ya no se escribe solo desde la perspectiva de la pequeña burguesía, sino desde un poco más abajo, y como consecuencia los referentes y los temas son otros», aunque no sabe si se trata, más bien, de un deseo.

Compasión

En esa última novela, Gutiérrez, emparentado, en lo literario y por derecho propio, con Alfonso Grosso y José Manuel Caballero Bonald, retrata el paraíso perdido de la infancia y la juventud en La Broa, un barrio gaditano asolado por el narcotráfico. «La realidad social se entiende mejor desde la ficción que desde el reportaje. La ficción tiene la capacidad de conmovernos, de producir en nosotros la compasión (en el sentido etimológico, no cristiano) necesaria para entender las claves de un mundo que nos resulta ajeno y, por suerte, peor que el nuestro. En esa novela social de la que hablamos, el lector lee hacia abajo, no porque se sitúe (espero) en un plano de superioridad ética con respecto a los personajes, sino porque tiene la suerte de sostener un libro en las manos, que es como un mapa, mientras que los personajes solo se tienen a sí mismos».

Lo tiene, también, muy claro Elvira Navarro (Huelva, 1978), para quien la precariedad es uno de los principales motores narrativos en España «porque es una de las grandes tragedias del país, y es la tragedia la que genera relatos memorables, es decir, mitos. En España la riqueza nunca se repartió, ni siquiera en estas últimas décadas, donde el pueblo ha dejado de ser pobre de solemnidad sin por ello haber conquistado un lugar seguro».

Eso sí, Navarro, que este año ha publicado Las voces de Adriana (Random House), no tiene «ninguna intención de denunciar ni de representar ni de dar voz a los sin voz ni ninguna de esas tonterías que se dicen sobre la literatura social, y que son las mismas patrañas que los políticos profesionales se atribuyen a sí mismos para ganar votos, para embaucar». Para ella, la literatura ha de estar «en un lugar radicalmente distinto al de los embaucadores. No sé bien qué busco, pero desde luego eso no». «Nunca hemos salido de la novela social, y cada época tiene sus reformulaciones», concluye.