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Las lagartijas que sobreviven en entornos extremos

El catedrático de Zoología de la Universidad de Salamanca, Valentín Pérez Mellado, y la doctora en Biología Ana Pérez Cembrano empiezan a recorrer los islotes pitiusos para elaborar un estudio sobre la densidad de lagartijas que habitan en esos inhóspitos parajes.

Ana Pérez y Valentín Pérez buscan ejemplares en la cumbre del islote de en Caragoler.

Ana Pérez y Valentín Pérez buscan ejemplares en la cumbre del islote de en Caragoler.

Apenas un minuto después de saltar desde la lancha del Parque Natural de ses Salines a los afilados bordes del islote de en Caragoler, a Valentín Pérez Mellado le cambia el rictus: «Genial, hay lagartijas. Una hembra. ¡Está confirmado, hay población!». Poco antes, mientras el patrón de la lancha rodeaba el islote (situado a 515 metros de sa Punta de sa Torres de ses Portes) en busca de un lugar donde ni la quilla rozara el afilado fondo rocoso ni el fuerte oleaje embistiera la barca contra la pared pedregosa de la abrupta costa, el catedrático de Zoología de la Universidad de Salamanca se temía lo peor: «Es un islote muy castigado. Extremo para la supervivencia. No me extrañaría que la Podarcis pityusensis caragolensis se hubiera extinguido ya». Descrita en 1954, Pérez vio por última vez a esa lagartija endémica de es Freus en 1987: «Y nunca más. Volví un par de veces en los años 90, pero no la encontré. A veces, eso sí, hallaba sus diminutas cagarrutas». Que ya es tener vista.

Un catamarán turístico se dirige a s'Alga. J.M.L.R.

El zoólogo, experto en las lagartijas pitiusas y que visita desde hace lustros estas islas para estudiarlas, tuvo suerte el miércoles 14 de julio, cuando desembarcó en ese minúsculo islote, casi redondo (1 por 64 metros), en compañía de la doctora Ana Pérez Cembrano, bióloga que acaba de convertirse en profesora del departamento de Zoología de la Universidad de Salamanca. Este año (y el siguiente), ambos recorrerán cada uno de los islotes pitiusos para realizar una estimación de densidades de las poblaciones de lagartijas, un proyecto incluido en el Plan Boscà de recuperación y conservación de anfibios y reptiles de Baleares, impulsado por el Govern. El plan se marca como objetivo mantener un estado favorable de conservación para las especies y particularmente de cada uno de sus taxones o subespecies de lagartijas de la Comunitat, entre ellas las que habitan en 48 islotes e islas pitiusos.

Desembarcar en el islote de en Caragoler es complicado. Pérez ya la visitó en una ocasión con una barca que él mismo tripulaba, la ancló y en poco tiempo se percató de que el fuerte oleaje creado por las lanchas y los ferries que pasan rozando ese litoral se la llevaba a mar abierto. Tuvo que ponerse unas aletas y nadar rápido para recuperarla. Todos esos islotes son, además, de difícil acceso. No es la primera vez que tienen que nadar para llegar hasta ellos. Por eso siempre llevan puesto el bañador. Por si acaso.

La presión sobre s’Espalmador y los islotes cercanos, como s‘Alga o sa Torreta, donde habitan lagartijas endémicas, es enorme. J.M.L.R.

Según el catedrático, la colonia de Podarcis pytiusensis caragolensis (Buchholz, 1954) «está en peligro». Es una subespecie diferenciada de la de s’Espalmador. Pero este reputado herpetólogo cree que es hora de cambiar esa denominación (subespecie) por otra: unidad evolutiva significativa, o ESU, por sus siglas en inglés (Evolutionary Significant Unit, ESU): «En el último trabajo que hemos publicado (‘Morphological and genetic diversity of the Balearic lizard, Podarcis lilfordi: Is it relevant to its conservation?’) proponemos que se abandone el concepto de subespecie y se pase al de unidades evolutivas significativas. Ese término describe una población que por su aislamiento y falta de flujo genético respecto a otras poblaciones, así como por la existencia de condiciones ecológicas particulares, evoluciona de una manera diferente».

No es que esa evolución sea detectable por su morfología distinta, por su coloración y diseño, como se hacía tradicionalmente al describir las subespecies, sino que esa unidad es significativa porque evoluciona: «Quizás aún no tenga rasgos morfológicos diferenciados, pero sí los tiene ya respecto a su conducta, la etología… o los tendrá en el futuro. De ahí que haya que preservar que continúe ese proceso evolutivo. Es un concepto más avanzado sobre lo que realmente merece la pena conservarse. Tiene más de 30 años en la literatura científica, pero se ha aplicado pocas veces desde el punto de vista de la biología de la conservación. Y ahora es el momento», apunta Pérez Mellado.

Lagartija del islote de Casteví, muy huidiza. J.M.L.R.

La propuesta, recién publicada, contiene «datos moleculares y ecológicos», como toda la información recopilada desde hace años por él y sus ayudantes, como Ana Pérez, que es la primera autora de este trabajo, en el que participó el laboratorio de Genética de la UIB, liderado por Cori Ramon, catedrática de ese departamento.

Valentín Pérez explica que, como unidades evolutivas significativas, «todas las poblaciones aisladas tienen una prioridad absoluta desde el punto de vista de la conservación porque sus procesos evolutivos son únicos». Por ejemplo, lo que pasa en Caragoler o en es Vaixell no tiene nada que ver con lo que sucede en s’Espalmador: «Y eso nos enseña cómo actúa la evolución a lo largo del tiempo con poblaciones más pequeñas, con otras más grandes, con más o menos recursos, con más o menos depredadores. Cada una es un laboratorio en el que las condiciones no las cambianos nosotros, sino la naturaleza. Eso no tiene precio, esa es la gran importancia que tienen estas poblaciones. Va mucho más allá del concepto clásico y tradicional de subespecie, de diferenciar a un bicho porque es verde o azul o pardo o casi negro. Es algo mucho más importante. Cada población es única por estar aislada y por estar respondiendo a variaciones ambientales de maneras diferentes».

Una podarcis de s'Espalmador, que habita en la zona donde desembarcan muchas personas. Al contrario que la de Casteví o la de en Caragoler, más que huir, se acerca a las personas en busca de comida, como esta. J.M.L.R.

Cada islote es una cápsula del tiempo distinta: en las Pitiusas hay 48, lo que convierte a estas islas en la meca de los herpetólogos. La propuesta de ese cambio de denominación «ha tenido buen recibimiento», pero se topa con un tapón, el de la burocracia: «El problema es que, desde el punto de vista oficial, el de la Administración y el del BOE, lo que se protege son las especies, los nombres latinos. Nosotros proponemos ir un paso más allá y que no estén protegidas ni siquiera las subespecies con tres nombres latinos, sino las poblaciones aisladas que son significativas desde el punto de vista evolutivo».

La población, escasa, de en Caragoler tiene unas «diferencias enormes» con la de Casteví, otro islote que los dos biólogos visitan esa mañana: «Hasta morfológicas. Los recursos tróficos, la presión de depredación y la presión humana son totalmente diferentes» Pero hay otro factor que hay que tener en cuenta: el efecto fundador. «No sólo las condiciones ambientales son distintas: hay un concepto evolutivo en genética de poblaciones muy importante que es lo que se denomina efecto fundador. La población fundacional de en Caragoler y de Casteví fue distinta. Fueron fundadas por diferentes individuos. Y eso ha marcado el resto del proceso, pues el genoma de los fundadores no era el mismo. Eso marca la divergencia que existe entre ambas. Aunque los dos islotes tuvieran condiciones iguales, que no es el caso (todos los islotes tienen condiciones diferentes), el efecto fundador marca las potencialidades del cambio evolutivo».

A sus alumnos de la Universidad de Salamanca les pone el siguiente ejemplo para explicarles ese proceso evolutivo: «Imaginemos que hay una hecatombe y muere la totalidad de la población humana, salvo unos cuantos, los miembros de esta aula. Nosotros seremos los fundadores de una nueva población humana. El aula es, desde el punto de vista genético, una representación absolutamente minúscula de los humanos: sólo hay una representación de las razas (la caucásica), con preponderancia de hembras (tres cuartas partes son chicas), y además cuatro de los siete chicos son portadores del gen de la diabetes. La influencia que todo eso tendrá en la población humana posterior es enorme. Eso es lo que pasa en todas las poblaciones pequeñas que se fundan con pocos individuos. No ocurre en un continente, porque allí hay flujo genético gracias a sus poblaciones inmensas». Fundadores y medio ecológico dan lugar a la divergencia: «Es imposible que no se produzca. Sucede incluso entre islotes que están ridículamente próximos, pero que, evolutivamente, no tienen nada que ver unos con otros. Preservar eso es esencial».

Para la lagartija, vivir en en Caragoler es un infierno: «Es un lugar extremo. No parece que tenga mayor presión de depredación que otras islas, ni siquiera de presión humana. Pero tiene poca cobertura vegetal, el sustrato es muy arenoso, hay poca comida. Y por eso hay pocas lagartijas». La población es tan escasa que «probablemente tenga un problema de muerte genética, de endogamia». Tuvo pocos fundadores, «por lo que no tienen suficiente variabilidad genética». Ese es uno de los problemas del efecto fundador: «Según la Genética, si una población tiene menos de 50 individuos como fundadores, es muy difícil que sobreviva genéticamente. Pero eso, en realidad, no es cierto, porque hay muchas poblaciones que tienen menos individuos que ese medio centenar y que han sobrevivido durante miles de años», advierte Valentín Pérez.

Esta es de en Caragoler. Solo asoma desde su escondite cuando oye algo caer. J.M.L.R.

Allí, los machos tienen el dorso variable, entre verde azulado brillante y verde oliváceo. Sus costados son parduscos y el vientre, amarillo, según los describe Alfredo Salvador, científico del CSIC, en la ‘Enciclopedia Virtual de los Vertebrados’. Las hembras tienen el dorso rojizo y los costados pardo grisáceos. Los pocos ejemplares (sólo vieron seis: dos machos, tres hembras y un juvenil) se cobijan a la sombra de media docena de frondosos arthrocnemum que pueblan la zona elevada (a cinco metros de altura) del islote pero que apenas alzan un par de palmos: «Pero para las lagartijas son como bosques en miniatura donde llega filtrada la fuerte luz del sol, lo que las permite refugiarse de los depredadores», explica Ana Pérez. La doctora tira un huesecito o una egagrópila (restos regurgitados por un ave) seca cerca de una mata de arthrocnemum y enseguida asoma la cabecita un macho: «Debe pensar que lo acaba de tirar una gaviota, que es alimento». Son extremadamente huidizas, señal de que se las tienen que ver a diario con fieros depredadores.

Los dos biólogos avanzan con pasos sigilosos por el islote, cuyo suelo está repleto de restos de aves muertas, jibias e, incluso, pezuñas de cabra: «Las traen las gaviotas desde los vertederos. Y las lagartijas se dan un festín con eso. De ahí que cuando analizamos qué comen salgan cosas muy extrañas, como que se alimentan de pollo, de carne de oveja o de langostinos patagónicos». Mientras caminan isla arriba, isla abajo con los ojos puestos en el suelo, recogen las heces secas de esos reptiles (increíble, pero las ven) y Valentín Pérez anota (en una grabadora) las características de cada ejemplar detectado (posición, género…) en ese paraje de aspecto lunar, en el que no hay ni un rincón plano donde poder echarse. La erosión ha convertido en Caragoler en una isla ideal para faquires.

Tras en Caragoler, los dos científicos desembarcan en Castaví, un islote de 195 metros de longitud por 87 metros de anchura máxima que se encuentra a 500 metros de la Punta des Gorrinets de s’Espalmador, frente a la bahía de s’Alga. Aparentemente plana, su superficie es una sucesión de recovecos, ideales para que se oculte la Podarcis pityusensis gastabiensis, otro endemismo descrito por el naturalista Martin Eisentraut en 1928. Tiene patas largas y cabeza muy larga y ancha; su dorso y costados son pardos, con tonos verdosos débiles sobre el dorso, según la describe Alfredo Salvador. Las olas que crean los ferris penetran en ella fácilmente, ya que se eleva ligeramente desde la costa.

Allí hay mucha más densidad de lagartijas que en Caragoler. Lo notan tanto porque asoman más colas como porque recogen más cacas, algunas tan grandes que parece imposible que las defequen unos bichos tan pequeños. Valentín Pérez explica que las que tienen ese tamaño XXL contienen restos de un crustáceo isópodo, Ligia italica, esos bichitos que, por decenas, se mueven nerviosamente en las zonas rocosas húmedas o que albergan pequeños charcos. Y el perímetro de Casteví está lleno de esas diminutas balsas, a las que las Podarcis pityusensis gastabiensi acuden a «pescarlas», según el catedrático. Varias acechan en una de las piscinitas que se encuentran en la zona sur, cerca de la señal marítima luminosa, y que las lanchas rápidas rellenan cada pocos minutos.

El mundo cambia a pasos agigantados y transforma los entornos y ecosistemas. Por ejemplo esos buques que inundan zonas de la costa de Casteví artificialmente. La mano del hombre y el cambio climático (que viene a ser lo mismo), apunta Pérez, está provocando estragos considerables en los ecosistemas. El propio zoólogo cuenta que una especie que él mismo describió en 1981, la Podarcis carbonelli, ya ha desaparecido de diversos enclaves de la Península..

Entre las visitas programadas próximamente está el islote de s’Alga (mide 167 metros de longitud por 41 de anchura). Barrera rocosa de la bahía homónima de s’Espalmador, visto desde el mar da la sensación de que allí no hay bicho que pueda sobrevivir, salvo los cangrejos y las lapas: «Es un sitio complicadísimo para andar por él -explica Pérez- porque tiene una cantidad tremenda de agujeros entre las piedras; es un islote delgadísimo, machacado por el oleaje y la erosión. Pero aun así tiene una población de lagartijas magnífica, interesante y diferente a las que hay en el entorno». Es la Podarcis pityusensis algae (Wettstein, 1937), que desde ese peñasco contempla cómo los humanos se empeñan en fondear, casi abarloados de tantos que hay, en esa bahía. Cerca, en sa Torreta, las lagartijas endémicas (P.p. torretensis) deben alucinar por el mismo motivo y porque haya tanta gente que desembarca en sun playa para posturear en Instagram o para tomar el sol, sin percatarse de que hay una decena de carteles que avisan claramente de que está prohibido porque es una zona de anidamiento. Quizás, de seguir así esa invasión diaria en ese islote, Ana Pérez y Valentín Pérez no hallen ni un solo reptil dentro de un par de lustros.

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