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Memoria de la isla

De collir i pelar ses ametlles

De las almendras, todo se aprovecha. Con ellas consigue la pastelería insular nuestras magdalenas, de crujiente hojaldre y un relleno dulce como el mazapán. Las cubiertas carnosas y verdes de las almendras recién cogidas son un manjar para los conejos y las cáscaras un magnífico combustible, aunque, antiguamente, también se aprovechaban para fabricar una lejía casera que, como me dicen, «era la millor per fer la bugada».

Espolsadors i aplegadores d’ametlles.

Espolsadors i aplegadores d’ametlles.

Cuando el turismo empezó a robarle manos al campo, vimos los primeros síntomas de regresión en los cultivos que exigían cuidados y riego. A la vuelta de pocos años, quedaron comidas de hierbajos y asilvestradas las terrazas o feixes en las laderas de las colinas, los campos baldíos dieron en barbechos y rastrojeras, y aunque algunos árboles resistieron, paulatinamente fuimos perdiendo los frutales y los almendros. Hoy sobreviven los olivos, las higueras y los algarrobos. Me pregunto hasta cuándo.

La debacle que sufren hoy nuestros campos me lleva a recordar los cultivos y trabajos que hoy sólo vemos de uvas a peras. Es motivo suficiente para recordarlos y dejar memoria de las faenas que en otros tiempos, tan próximos y ya tan lejanos, hacían nuestros payeses. Uno de los trabajos que más me gustaba por el carácter festivo que tenía era sa feina de collir i pelar ses ametlles que se repetía al acabar el verano, en los últimos días de agosto y los primeros de septiembre. Yo lo veía casi todos los años, porque en aquellas fechas íbamos siempre a can Fontasa, donde el mayoral era muy amigo de mi padre.

Con la única excepción del bellísimo campo de almendros de Santa Agnès de Corona, en la Ibiza de los años 50 existían almendros en otras zonas de la isla, pero no plantaciones que pudieran tener una explotación comercial significativa. Si un año era bueno y el payés obtenía unas cuantas cuarteras de almendras, podía vender una pequeña partida porque convenía sacar beneficio de cualquier excedente, por pequeño que fuera, pero lo cierto es que la producción de almendras cubría el consumo interior y poco más. En este punto es interesante retroceder desde los años 50 que recordamos a los finales del siglo XIX, menos de 100 años, para comprobar que la regresión en el cultivo del almendro ya se venía produciendo antes de que llegara el turismo. De aquí que sorprenda la panorámica que de su cultivo, nos deja el Archiduque en ‘Las antiguas Pitiusas’. En aquel entonces (1867), estas eran las tierras que tenían almendros: 90 hectáreas en Santa Eulària, 41 en Ibiza, 174 en San Josep, 86 en San Joan y 131 en Portmany.

La isla producía dos tipos de almendras, dulces y amargas, las primeras de las calidades fita, mollereta y forta. Una cosecha anual podía rondar las 16.000 cuarteras, -una cuartera eran unos 70 litros-, y «casi toda la producción se exportaba». Y ésta es la sorpresa. Porque en los años que recuerdo, a mediados del siglo pasado, la exportación de almendras ya había decaído y era prácticamente insignificante. «Aquets arbres han minvat molt –me dicen-, només en queden mostres, escampats aquí i allà; s’han tornat vells, tenen poc rendiment i els pagesos els arranquen de soca-rel, sense plantar-ne de joves». Cabe decir, sin embargo, que en aquellos años, en los 50, se seguían exportando otros excedentes, caso de las algarrobas –además de las toneladas que consumía la fábrica de alcoholes de la carretera de Sant Josep-, y exportábamos sobre todo patatas en aquellos cargueros de nombres impronunciables que atracaban en el Martillo.

La ayuda de los vecinos

Si la finca tenía muchos almendros, -caso de can Fontasa- algunos vecinos acudían a echar una mano. No sólo porque se tenía como entretenimiento y porque era un motivo de encuentro, sino, sobre todo, porque todos sabían que antes de que llegara San Miguel convenía que las almendras quedaran recogidas, peladas y ensacadas. Para que los ánimos no decayeran, sa mayora solía dejar en la mesa una botella de anís o de vino, galletas o buñuelos. Y en muchos casos, aquella colaboración vecinal se celebraba luego, otro día, con una velada en la que se hacía una buena comilona, se bebía, se cantaba y se bailaba. Lo único que quedaba por hacer era poner en la solana las almendras durante dos o tres días para que se secaran. 

Pero vamos a la collida d’ametlles, motivo de estas rayas. El trabajo duraba seis o siete días y en él intervenían todos los miembros de la familia, homes, dones y al·lots. Lo primero que se hacía era extender al pie del almendro una lona –tendals, sacs oberts o borrasses- y con cañas de 10 o 12 palmos se sacudía el ramaje con tiento para no romper los brotes tiernos, els ulls de s’arbre. No era un trabajo tan sencillo como pudiera parecer, porque repetir el mismo gesto –espolsar ses ametlles- un árbol tras otro, provocaba dolores de espalda y, de tanto mirar hacia arriba, una tortícolis –mal de coll- del todo inevitable. Este sacudir las ramas y descolgar las almendras solían hacerlo los hombres y, después, cuando el árbol quedaba limpio, las mujeres y los niños se encargaban de recoger la lona con la cosecha y las almendras que habían caído fuera, volcándolas en sacos o cestos que se llevaban a la casa.

Dos sacos por jornada

Y la misma operación se repetía en todos los almendros de la finca. Recoger dos sacos por jornada no estaba mal. Descascarillarlas, esclovellar-les, y separar las almendruchas o secáis, las almendras vacías, era una operación que se hacía en la casa, sin prisas, a ratos, a la sombra en las horas muertas de la siesta y sobre todo en las atardecidas.

Solía colocarse en el porxo o en la cocina una mesa larga en la que se amontonaban las almendras –en senalles ben plenes- y a cada lado, en bancos o sillas, se sentaba la tropa. Las almendras peladas iban a una cesta y las cáscaras al suelo. En otras ocasiones, se formaba un corrillo y no era raro que los hombres, sin dejar de trabajar, aprovecharan para liarse un cigarro de pota, cosa que mosqueaba a los demás por el tufo que desprendía aquella rústica labor, a bosta y cagarrutas. En cualquier caso, quien más quien menos, todos apuntaban bromes, dites, anècdotes o acudits, y no era raro que el grupo se picara y enzarzara –aunque nadie dijera nada- en una auténtica competición de la que salía vencedor el que más cáscaras acumulaba en el suelo.

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