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El mercadillo de Las Dalias despierta del letargo

El mercadillo de Sant Carles reduce a la mitad su aforo, tanto de clientes (un millar como máximo) como de vendedores: los 200 puestos que había en la época previa a la pandemia han quedado reducidos a un centenar para evitar aglomeraciones

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El mercadillo Las Dalias sale de su letargo Vicent Marí

Mercadillos. Las Dalias recupera muy lentamente el pulso. Tras casi un mes abierto, sólo en Semana Santa registró un flujo de clientes importante, aunque insignificante para los vendedores, que echan de menos aquel trasiego de otros años, esos atascos que se formaban en sus pasillos. No hay clientes, pero tampoco espacio para todos los comerciantes. Para evitar apreturas han establecido turnos: trabaja la mitad, unos 100, cada semana.

En Las Dalias, el mercadillo hippy más conocido de Ibiza, el reglamento sanitario se cumple a rajatabla: «Lo bueno que tenemos aquí es que trabajamos al aire libre y hay suficiente espacio. Y en todos los puestos, los comerciantes llevan puesta la mascarilla. Si veo uno que no se la pone, le tomo la matrícula y dos semanas de vacaciones», avisa Joan Marí, propietario del recinto, mientras detalla todas las medidas que han aplicado para evitar, en lo posible, los contagios.

El aforo se ha reducido a la mitad, incluso el de vendedores.

Por ejemplo, han reducido a la mitad los puestos: los 200 de plena temporada prepandémica han quedado reducidos a un centenar. Así han podido «ampliar los pasillos» y, de paso, evitar aglomeraciones. Como no caben todos, se turnan: «Hemos establecido una rotación de vendedores, de momento semanal. En mayo quizás haya más, y en agosto... nadie sabe qué se podrá hacer entonces». Entre cada puesto hay un metro de separación.

Otra de las medidas es el control del aforo. Sólo se puede acceder por una de las entradas, la que da al aparcamiento norte. Allí hay un hombre que controla tanto el acceso como las salidas con sendos contadores: no puede haber dentro más de 1.000 personas, la mitad del aforo.

Las Dalias reabrió el último fin de semana de marzo. Este es el cuarto en funcionamiento. Hasta ahora, sin agobios. Marí se lo toma como si empezaran a calentar máquinas de cara al verano: «Acostumbrados a la gente que venía antes esto es... Bueno, no es lo ideal, pero es mejor que nada. Aunque con buen tiempo se pone a tope. Si llueve, anulamos la terraza. Y si sucede como hoy, que amenaza tormenta a partir de mediodía, miramos al cielo a la espera», indica.

Un puesto de artesanía. | FOTOS DE VICENT MARÍ

Ha observado que, a falta de las masas de turistas de antaño, quienes acuden ahora «lo hacen con una idea muy clara de lo que quieren comprar». Van a tiro fijo. Ya ha visto a varios llegar en taxi y cómo este, en vez de volver raudo a su parada, aguarda un rato hasta que el pasajero regresa con su compra.

«En 2020 -detalla Marí- algunos vendedores lo pasaron muy mal. Habían invertido mucho dinero en material, tenían sus almacenes llenos para empezar en primavera, pero los mercadillos no abrieron hasta el verano, por lo que perdieron, entre otras, las ventas a los turistas del Imserso. Muchos se fueron y no volvieron a la isla».

Pero 2020 tuvo un aspecto positivo. Marí comprobó que «con la mitad de clientes se vendía igual o más que con el mercadillo a rebosar de gente». Y eso, indica, es una lección que deberíamos aprender para la isla: «Quizás con menos turistas en verano, pero que tengan mayor poder adquisitivo, se trabajaría mejor», sugiere. Las Dalias sólo funcionó mes y medio, hasta que Reino Unido puso a España en su lista negra: «Pero durante ese tiempo, el mercadillo fue como un tiro». De hecho, varios días tuvo que colgar el cartel de aforo completo. Y aun así, «no se iban, esperaban fuera hasta que se abría un hueco».

De los cuatro fines de semana que lleva ahora abierto, sólo en el de Semana Santa hubo una cantidad de clientes considerable, si bien no tantos como para llenar el aforo. Los artesanos se adaptan a esta situación, como Veronique, cuyo puesto, Los Almaritas, es calificado por Joan Marí de «emblemático». «Viene menos gente que otros años, pero no podemos hacer nada al respecto, salvo, por ejemplo, ajustar precios para que compre la gente de la isla», dice la francesa.

Hay menos puestos y entre ellos hay un metro de distancia para evitar aglomeraciones. | VICENT MARÍ

En Semana Santa tuvieron, «sobre todo, clientes mallorquines», cuenta Laurence, que ayer llegó a las siete de la mañana para recomponer el puesto, desmantelado por el temporal nocturno: el viento y la lluvia arrancaron hasta la tela y el plástico del techo. «Vivir así, con la poca gente que hay ahora en la isla, es difícil, y encima está cerrado el mercadillo de es Canar», lamenta esta mujer, que lleva 30 años en la isla: «Llegué de vacaciones para ver a una amiga. Y me quedé».

«Comer barato no es comer mal»

Enfrente, Lucho, que vende toallas, comenta que el negocio ya fue «flojo» la pasada semana. «No hay clientes para todos. Vienen algunos extranjeros, pero pocos. Así no da para alimentar a la familia». Tiene un hijo de dos años de edad. «Pero los hay que están en peores condiciones que yo. Los hay que van a Cáritas para poder comer algo», alerta.

«Hago malabares con la vida. Comer barato no significa comer mal. Sobrevivo», cuenta Hugo cuando se le pregunta cómo va el negocio y la vida. Llegó en 1985 a Ibiza para trabajar como clown y desde 2000 vende muñecos en Dani’s Puppets: «Hay que tener paciencia. Al menos hacemos vida social y el público local nos apoya». No recibe ayuda como autónomo: «En 2018 y 2019 trabajé, como otros muchos, siete meses porque fueron buenos años. Si hubieran sido seis, percibiría la ayuda».

«Hay que verlo por el lado positivo: estar aquí es mejor que estar encerrado en casa. Lo importante es hacer algo», explica Joan Fluxà, que vende comestibles y bebidas locales artesanales. La Semana Santa fue, a su juicio, mejor que ahora: «Los que vinieron, los pocos que pasaron por aquí, no eran turistas, sino gente que tiene aquí su segunda residencia». Se da con un canto en los dientes si este año «en vez de las ocho semanas trabajadas en 2020, se llega a las 12 o a las 14: del 1 de junio a mediados de octubre. Sería un éxito». Cree que es posible si decae el estado de alarma el 9 de mayo y empiezan a venir españoles, y si Reino Unido hace una excepción con las Pitiusas. Ahora hay tan pocos clientes que, para no aburrirse, se lleva Es Diari y un libro para leer: «Nunca lo había hecho», confiesa.

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