Opinión

Perdonen la tristeza

Las guerras se alimentan de muertos… Muertos. Inocentes pájaros en desbandada hacia cielos protectores y tierras de promisión. Los muertos no importan al zar. Tanta leche derramada que se funde y confunde con la nieve.

La muerte se alza y empuja toda su oscuridad como un apagón espectral de la cordura. Ya no es el ancho aire el que sobrevuela el tejado de las casas, tampoco la tarde con sus copos de nieve flota ya sobre los árboles, es el fétido aliento de Putin y a Europa se le descompone el corazón en una sucesión de pantanos. Los cielos del azul verano se diluyen. Una se toca el corazón y lo envuelve en oraciones que ojalá sirvan de consuelo y lluevan sobre la dura porcelana blanca del suelo ucraniano.

«No sé en qué poeta he leído que los animales son otros pueblos… ¿Será posible que siempre ocurra igual? los hombres no sabemos estar a la altura de los acontecimientos». Es uno de los cientos de testimonios escalofriantes que recoge Svetlana Alexievich en su libro ‘Voces de Chernóbil’, en concreto el de Arkadi Filin, liquidador. Es un libro que dibuja con destellos de luz la noche más oscura del mundo: «aquella única noche que nos trasladó a otro lugar en la Historia, las abejas se habían dado cuenta, nosotros no».

Cada página del libro va transformando en ruinas la esperanza. Se puede decir que hasta encierra en sus profundidades terribles adivinaciones que, como plagas, van cayendo una a una sobre los pobres bielorrusos. No me digan que no se les remueve algo por dentro al leer esto: «Chernóbil es un signo que no sabemos leer, tal vez el enigma del siglo XXI. Además de los desafíos comunista, nacionalista y los nuevos retos religiosos, en adelante nos esperan otros más salvajes y totales, que aún siguen ocultos a nuestros ojos, pero algo se vislumbra». Oráculo de Svetlana.

En efecto, ese reto salvaje ha quedado al descubierto en las últimas horas. Como casi siempre el hombre es el ser más estúpido sobre la tierra en darse cuenta del veneno que le corre por las venas y que desemboca en apocalipsis.

Siempre hay un zar para unas ruinas, un sociópata fabricando escombros al por mayor que llueven lenta e incesantemente. Nos llevan de la mano políticos miopes que consideran sus tropiezos necesarios para limpiar la alfombra roja de sus sangrientos festivales y mientras tanto la piel se nos vuelve más y más frágil, tanto que apenas queda de nosotros un velamen sucio y rasgado, como la nieve pisoteada de Ucrania. ¿Por qué no surge ya el político que nos lleve en vez de al abismo a un tranquilo jardín? Un político que nos procure felicidad. ¿Tan difícil les resulta entender que, si nos hacen felices a nosotros, su tiempo de gloria perdurará en vez de menguar? Se impone ante nuestro atónito corazón una vez más la fealdad a la belleza, siendo la belleza más rentable humanamente, más limpita y ordenada; siendo la belleza la misión última y principal que se supone tenemos asignada mientras habitamos el planeta. Pero… ¡qué difícil esto de captar la belleza mientras ahonda más y más el mal! El decaimiento que se aprecia en el ánimo de todos ha elevado la vibración del silencio; las calles saben a derrota y cansancio; el miedo se ha venido a vivir a la comisura de los labios y en el dobladillo del corazón han florecido inmensos campos de amapola.

El mundo se vacía de hermanos nuestros. Perdonen que no tenga afinado el órgano de la escritura en esta noche larga en la que aún albergo la esperanza blanca de la paz. Puede que la humanidad haya despertado al fin durante la madrugada y se movilicen batallones de ángeles y seres iluminados que esperan su turno para entrar en acción, y cuando lean este artículo, Putin y su iniquidad hayan sido barridos de la memoria.

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