Opinión

Tristitia

El vociferío del ambiente está silenciando el sentido común. Los periodistas apenas tenemos tiempo de peinar y asear una noticia llegada a la redacción. No alcanzo a ver si esto se debe a la existencia de las redes sociales, pero lo cierto es que da la sensación de que en cada esquina hay una fábrica de hacer noticias, un quiosco ambulante de hacer noticias-palomitas.

Puede ser esto o puede ser que nos hayamos convertido en voraces consumidores, en yonquis de la actualidad y no nos basta con un titular o una noticia de última hora, queremos la espuma, la sal, queremos la espina de cada acontecimiento, el estruendo, el chillido… el vociferío, la confusión, el tumulto de opiniones atropelladas que van cayendo al cesto de la sagrada libertad de expresión con el objetivo de atacar, propiciar el desencuentro, que siendo lícito, no parece estar contribuyendo a la concordia o al menos a despejar el horizonte.

La atmósfera está tan cargada que apenas podemos respirar y leer con calma; las noticias no nos valen porque se acaban demasiado pronto, necesitamos más, un relato, un hilo de comentarios en Twitter, una trifulca que eleve el asunto a categoría de gresca viral, un linchamiento dialéctico. Más, más. Un político crucificado. Más. Un ensayo que abunde en las distopías. Más, más. Un libro para esta hoguera insaciable. Más. Un poema que… ¡Quieta ahí! La poesía no se toca.

Salvemos la poesía. Pero queremos más, más. Y así vamos, enganchados a la dosis de cruda realidad sabiendo que cada minuto puede ofrecernos un viaje más fantasmagórico, más surrealista, sencillamente porque nos falta lucidez y un estado de ánimo sereno, alejado del revanchismo de argumentario que tanto daño hace al feliz ejercicio de la comunicación.

Todos sentimos dolor, cada uno por sus causas, amores o desamores; vivir supone un pellizco cada día, así que deberíamos cuidar más aquellas palabras que elegimos para transmitir nuestras ideas.

Cuando me encierro en mi habitación a escribir, algo parecido a una alarma se enciende en mi cabeza y me señala el camino de la prudencia, el de contribuir a rebajar los decibelios que nos incordian. Es responsabilidad de cada uno, el dejar de crispar los ánimos, que ya bastante inflamados están; deberíamos cuidarnos y respetarnos más.

Todos sentimos en algún momento furia o rabia por las decisiones que toman los políticos, entonces nos llueve por dentro como si una cortina de niebla o decepción nos cubriera el ánimo, pero de ahí a coger el hacha, afilar la palabra y escupirla contra todo viviente que se mueva de la línea oficial de pensamiento, va un mundo, por cierto, cada vez más pequeño.

Y esa lluvia interior que se parece al viento golpeando un acantilado, provoca el deseo de una retirada, marcharnos a un refugio para volver a dar a las palabras el sentido que tenían, rehacerlas después de ver cómo el sistema las ha hecho pedazos.

Si queremos construir nos urge revisar el uso que hacemos de las palabras y aventurarnos a buscar el jardín que llevan dentro. Por ejemplo, me ha parecido hermoso, así para empezar a edificar un mejor estado de ánimo, descubrir que la palabra tristitia en latín, en realidad significaba un día de lluvia y tristis era el cielo cuando se pone oscuro; pero a la vez es un fruto arrancado del árbol antes de tiempo, o sea que está ‘amargo’ y ‘ácido’.

En efecto, así de áspero resulta algunos días encontrar la palabra adecuada cuando se está triste y por eso llueve por dentro porque la nube de color gris se ha encaprichado de tu corazón y no se irá de ahí hasta que descargue.

Y ojo con esto, porque al igual que las noticias fabricadas en el quiosco ambulante de la esquina, a veces la tristeza también viene en un envase gigantesco como el de las palomitas.

¿Y sin en vez de hablar nos hablamos?

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