Julio Camba, después de una azarosa vida (anarquista en Argentina, viajero por Oriente, corresponsal en Londres, Munich o París, las guerras) después de muchos zascandileos por España y por las redacciones de periódicos de su Galicia natal y Madrid, decidió un día que se internaría en el Palace. En 1949. Habitación 383. Tenía sesenta y pocos años y allí se murió el hombre, un 28 de febrero de 1962. Un tiempito de descanso, se pegó el gachó, sin duda. Camba era célebre y ha sido una de los articulistas más ingenioso y talentoso que ha habido en España. Puro humor inteligente, si es que ser serio es inteligente.

Yo me lo imagino desayunando no como un periodista, como un marqués. Leyendo la prensa no con ojos de periodista, más bien de ocioso rentista. Tomando el aperitivo. En la cama, claro. Recibiendo visitas y fumando. Tal vez un paseo por el hall mientras hacían la habitación. Salía, claro que salía, «algunos amigos se empeñan en llevarme a cenar». Aunque podía pasarse semanas sin hacerlo. Falta una novela con el botones que le llevaba las cosas a la habitación como protagonista.

Yo no sé cómo el gremio,

Puede ser el Ritz. O un NH, un Gallery, Un Room Mate o un Meliá. Y ahí me veo yo redactando en la piscina con un martini y en bata bella prosa sobre rubios y rubias jóvenes nórdicos que chapotean alegremente en la piscina con la despreocupación propia que da la combinación de juventud, dinero y verano. En el bien entendido caso de que la bata es albornoz blanco y lleva un escudito en la pechera.

En cualquier caso, yo lo que quería contar es que, aparte de la moda de los hoteles con restaurantes no vomitivos, no entiendo cómo no los hay al revés. Quiero decir: no sitios para dormir que además tengan restaurante, no, sitios para comer que además tengan cama o posibilidad de siesta. Ya sea siesta del carnero (la de antes de comer), siesta obispal (dos horas después del almuerzo) o la clásica y muy española cabezadita, que no embota y permite afrontar el resto de la jornada con garantías. Como todo queda más cool en inglés, lo llamaríamos gastro-bed. Comes y si encarta te echas una siesta. Incluso sin moverte de la mesa. O sea, no sé para qué se han inventado los asientos reclinables que se convierten en cama. Y al despertar un whiskisito.