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Obituario

El sermón del descreído

Ángel Casas, en una entrevista para El Periódico, en febrero de 2022. JOAN CORTADELLAS

La muerte no suele ser un personaje al que sientes en tu mesa una nochebuena. Ni un cuñado pesado que no entiende de vinos, ni siquiera de gastronomía navideña. Nunca es bienvenida, aunque la esperes y te haga decir un mal consuelo “por fin descansa y descansamos”. Tampoco es justificable lo de la resurrección en el señor que proclama la muy apostólica iglesia de Roma. Porque la muerte es un apagón furtivo en los sentimientos del consciente (lo del subconsciente lo dejo a lo sobrenatural). Este sábado primero de octubre, lleno de acontecimientos particulares y colectivos, nos ha dejado (pluralizo, porque llegó a ser universal en su ámbito) Ángel Casas “show” para muchos catalanes. “Un día es un día” de estriptis en la primera. O “musical express” para quienes llegábamos a la cultura de la música rebelde frente a los clásicos.

Cuantas horas pasamos escribiendo aquella especie de editorial en la segunda. Siempre en directo. Porque en directo preguntas y respuestas no tienen una vuelta atrás. Un “me equivoqué” queda grabado para la posteridad. Ángel, complejo, dudando desde su inmensa capacidad intelectual, entrevistador creativo, de esos que el guion se queda entre los discursos que nunca se leyeron. En la memoria colectiva están él y Richard Gere, en la nuestra, la común, la “libreta de Jesulín” o cuando el tiempo se detuvo con Carmen Maura…

Supo tentar al espectador con un estriptis de Christa Leen, después del horario infantil. Descreído de sermones apocalípticos. Entró en una fase de escepticismo que le creó adicción a los temas religiosos (desde una perspectiva anticlerical) aunque mantuvo relaciones intelectuales con doctores del pensamiento católico centrado en la polémica sobre los dogmas…su fe andaba por otros tejados mas prosaicos. Años de trabajo, de dudas existenciales, de shares mal leídos, de shares con cava de celebración, de arribas y abajo con depresiones laborales y alegrías colectivas de un equipo que creía en aquello que sabía trasmitir delante de una cámara cuando se encendía un piloto rojo capaz de convertir su estado de nervios (ese corazón malherido que amenazaba angina) en una seguridad aplastante que incluso le permitía desarrollar su mejor virtud, la de escuchar…algo que se practica poco en las generaciones presentes. Me duele tu partida, me duele que te hayas ido sin decir adiós. Quiero pensar que has vuelto a fumar, te has ido a comprar tabaco, como los amantes ocasionales, y al final volverás con un lacónico, “perdona, pero me he dejado el café en la mesa”.

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