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Diario de Ibiza

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Medicina

Las cicatrices del trabajo doméstico

Las empleadas del hogar y cuidados llegan a los 55 años rotas de trabajar | Muchas de ellas sufren de túnel carpiano, rizartrosis, lumbares y hasta patologías mentales como depresiones, más comunes en las internas | Pese a darse en el lugar de trabajo, la ley no las trata como enfermedades laborales, sino comunes

Malika Ouchitachen muestra sus manos hinchadas tras 25 años de trabajo doméstico.

Malika Ouchitachen tiene 55 años, pero los huesos de una persona de 90. Así se lo dijeron los médicos. Es empleada del hogar desde los 25 y está reventada de trabajar. Es filóloga árabe, feminista, antirracista. Una mujer fuerte que mide 1,55 y tiene un discurso colosal. Salió de Marruecos bien joven para caer en la jaula del trabajo de interna. Su esqueleto se ha carcomido de tanto limpiar con lejía, cloro y antical en baños pequeños sin ventanas. Lo aseguran los médicos. Pero nadie se lo reconoce como enfermedad laboral. Solo común.

No es todo. Hace un año se desplazó dos discos de la columna al coger a una persona mayor cuando se iba a caer en una de las casas donde trabajaba. Tiene el cartílago del hombro roto por el desgaste al trabajar. El brazo no lo puede mover prácticamente. La mano derecha está hinchada y no puede coger nada con ella. La izquierda también duele, pero menos, y hace lo que puede con ella. Su día a día se diluye en nolotil, paracetamol y diazepam. Nada de esto se le reconoce como una enfermedad propia del trabajo o accidente laboral. La razón; las empleadas del hogar y cuidados están excluidas de este lujoso derecho del que sí gozan el resto de trabajadores en España.

Tampoco se reconoce a Sonia Segura, que con 60 ha dejado de trabajar porque no puede. Siempre va con un pañuelo al cuello para que no la maten las cervicales si se enfrían, entre muchas otras dolencias. Ni siquiera se reconoció a Elvira Jurado, que trabaja en Servicios de Ayuda a Domicilio (SAD) de un ayuntamiento y tuvo que ser operada de rizartrosis y síndrome del túnel carpiano. Enfermedad común para ellas. Nada de laboral. Una de las reivindicaciones del SAD es que se reduzcan las horas de limpieza (ya que no es su labor, sino la de cuidar) y sobre todo tener la posibilidad de jubilarse a los 60 años. Ella tiene 65. El trabajo de Ayuda a Domicilio, como el de las trabajadoras del hogar, es bastante duro.

Túnel carpiano, rizartrosis, lumbares, cervicales, musculares y también enfermedades mentales como ansiedad y depresión. Ese es el catálogo oral de las enfermedades de empleadas de cuidados y domésticas. Oral porque no hay otro. El colectivo de cuidadoras está excluido de la ley de prevención de riesgos laborales y no cuenta con enfermedades profesionales.

La clave, como explica Adrián Todolí, catedrático de Derecho del Trabajo en la Universitat de València, es que el hogar no se considera un centro de trabajo. "El derecho a la intimidad del hogar prima sobre el resto, así que es complicadísimo que alguien pueda entrar a esos lugares para comprobar que se dan las condiciones óptimas de trabajo y poder valorar los riesgos laborales que efectivamente hay", explica. Esto, como recuerda, se puede cambiar con una reforma legal. Pero hoy en día las trabajadoras de estos sectores (incluso las camareras de piso de hoteles) están, como dice Malika, "discriminadas por la ley". Con derechos laborales de segunda.

De hecho, explica Todolí, una enfermedad común conlleva menor percepción económica y afecta negativamente a la jubilación. "Y si al final acaban teniendo una incapacidad permanente también será menor", recuerda el experto en derecho laboral.

Pero el trabajo no es duro solo para las de 50 años para arriba, ni solo para el cuerpo. "Ha habido casos de chicas de 20 con la espalda enganchada o hernias por intentar levantar a personas de una cama baja", cuenta Marcela Bahamón, portavoz de la Asociación Intercultural de Profesionales del Hogar y Cuidados (Aiphyc). Marcela, junto a Malika y más mujeres, sacó adelante un grupo de trabajo con psicólogas para estas chicas. "Muchísimas, sobre todo las internas, están pasando por depresiones y trabajan medicadas porque no les queda otra ¡con 20 años!", denuncia Bahamón.

Malika trabajó 25 años de interna, y también pasó por depresiones que ahora ha aprendido a reconocer. De hecho, ella también ha trabajado con la ayuda de medicación. "Pido a los lectores que se pongan en nuestros zapatos. Que se imaginen durante una semana haciendo eso, viendo siempre las mismas paredes y sin poder salir. Eso al final te quema, aunque te traten bien", denuncia Malika.

Las trabajadoras del SAD piden reconocimiento, más tiempo para desarrollar su trabajo y, sobre todo, menos horas de limpieza que, recuerdan, no es su labor. Son asistentas a domicilio que deben cuidar a las personas mayores y dependientes. "Nos sentimos totalmente invisibles, pero en pandemia y ahora somos esenciales, porque si tú puedes ir al trabajo y hacer tu vida es porque tienes a una persona en casa que cuida de tu padre o de tu madre que están mal", recuerda Elvira.

Las trabajadoras del hogar piden, simplemente, ser trabajadoras a la altura del resto. No tienen ni derecho a paro, ni a baja laboral reconocida, y legalmente pueden trabajar 60 horas semanales encerradas en una casa en régimen de interna, sin nadie que compruebe las condiciones laborales. "Nuestro sector está excluido de la ley de prevención de riesgos laborales, lo dice así. Se deja entonces a la buena voluntad de la parte empleadora, que sea ella quien ponga las medidas para que no tengamos un accidente. Son derechos laborales del siglo pasado", así de clara es Marcela Bahamón.

Las empleadas del hogar y cuidados saben que sus enfermedades están producidas por un movimiento repetitivo, pero cuando llegan a la mutua nunca es así. "Siempre se habla de enfermedad común e incluso se nos dice que eso nos lo hemos provocado limpiando en casa. Es una argumentación cruel y machista, y no podemos alegar nada", dice Bahamón.

Malika percibe una prestación de 18 euros al día, seis por cada una de las tres casas en las que trabajaba. Está luchando por que le puedan reconocer la minusvalía. Sonia, que tampoco está en condiciones para trabajar, no percibe nada de nada. Cuando Elvira se operó de la rizartrosis se le tramitó como enfermedad común, lo que supone una prestación mucho menor de lo que le correspondía. Es el día a día para estas trabajadoras cuando llegan al final de sus vidas laborales. Dicen que se sienten marginadas, discriminadas y olvidadas. Que trabajan en la sombra. Que para muchas personas son "la chica que limpia" (aunque no solo limpien). Pero saben que sin ellas "no se mueve el mundo". "Sin las mujeres que cuidamos todo se pararía, muchísimas personas no podrían salir de sus casas a trabajar. Cuidamos a las personas más vulnerables en la pandemia y a cambio no tenemos nada", denuncia Sonia.

Bahamón precisa: "El trabajo que realizamos es muy digno, lo que es indigno son las condiciones laborales que nos dejan. Es una legalidad indigna para nosotras que encima mucha gente no cumple, porque no se han creado las herramientas para vigilar a la parte empleadora". Malika, Elvira, Marcela y Sonia no piden nada que no les corresponda. Reclaman derechos como el resto.

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