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El recuerdo de la tía Celia

La arqueóloga, familiar del embajador, vivió en la isla desde los años 60 e intervino en excavaciones

Celia Topp en Ca na Costa.

Celia Topp en Ca na Costa. Jordi H. Fernández

«Me siento muy culpable por ser la primera vez que vengo a Ibiza. Debo ser de los pocos británicos que no han estado antes aquí», se disculpó Hugh Elliott. Él no, pero su familia sí conocía la isla. De hecho, en las cinco líneas que escribió en el libro de honor del Consell recordaba precisamente eso: «Es un enorme placer venir -¡por primera vez!- a una isla tan querida por millares de británicos y en la cual también vivía familia mía». Se refiere a su tía Celia Topp (Londres 1915-Palma 1992), una arqueóloga que residió en el municipio de Santa Eulària desde los años 60. Una calle de Sant Carles llevará su nombre.

Topp nació en el seno de una familia establecida durante generaciones en Oriente Medio y se crió en Estambul (Turquía), donde su padre era vicecónsul británico, relata la Enciclopèdia pitiusa. Se casó en 1936 con Robert Topp, oficial de la Royal Navy. A partir de aquel momento inició una nueva vida de acuerdo con los diferentes destinos de su esposo.

Entre 1953 y 1956 residió en Londres, donde se licenció en el prestigioso Institute of Archaeology y conoció al profesor Vere Gordon Childe, una eminencia de la arqueología que asumió la dirección de su tesis doctoral. Cuando su marido se jubiló de la Royal Navy en 1960, se instalaron en Ibiza. Residieron durante varios años en Santa Eulària y en 1970 se mudaron a Sant Carles. Cuando murió su marido, Celia empezó a impartir clases de inglés, francés o latín a los jóvenes del pueblo. 

Además, colaboró con el Museo Arqueológico, con el que tuvo la oportunidad de participar en las excavaciones del sepulcro megalítico de Can na Costa (Formentera) en 1975, así como en las primeras excavaciones de los restos prehistóricos de Can Sergent, de la factoría romana de s’Argamassa y del conjunto de sa Penya Esbarrada, en Ibiza. También intervino en los poblados prehistóricos de es Cap de Barbaria y en el fuerte romano de Can Pins, en Formentera.

«En estos momentos me siento muy preocupado por las faltas gramaticales que pueda cometer», dijo Elliott poco antes de plasmar su rúbrica en el libro de honor. «No sé si será legible», dijo a este redactor cuando se aproximó a ver qué había escrito. Se entendía perfectamente y no tenía faltas, algo lógico porque ni España ni el español le son ajenos.

En 1984, el ahora embajador tenía 19 años y recorría el Camino de Santiago cuando, al llegar a Burgos, se quedó sin bicicleta y sin dinero. Una burgalesa, Lourdes Arnaiz, le acogió y dio de comer durante cinco días, hasta que recuperó su bici, sin pedirle nada a cambio. Cuando en 2019 fue nombrado embajador y visitó esa ciudad castellana, Elliot quiso ver de nuevo a Arnaiz para agradecerle lo que hizo por él: «¿En cuántos países se habría acogido a un forastero así? Mi afecto por este país y el pueblo español empezó aquí, en Burgos, hace 35 años. Siempre he estado agradecido. Si estás aquí, Lourdes, gracias de nuevo y me encantaría decírtelo en persona», comunicó en público al llegar a Burgos. No pudo porque aquella mujer había muerto de esclerosis múltiple a los 32 años de edad.

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