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Los gimnasios, al borde del abismo

Los propietarios y gerentes de los centros deportivos privados afrontan el futuro con pesimismo debido a las dificultades económicas que sufren muchos de sus clientes, pero ansían reabrir pronto sus instalaciones para continuar con su trabajo

Valeria Anglada mantiene abierto su centro de pilates donde imparte clases individuales.

Valeria Anglada mantiene abierto su centro de pilates donde imparte clases individuales. V. A.

«El deporte es salud», bajo esta premisa quienes dirigen gimnasios, centros de pilates o escuelas de danza reivindican que ante una crisis sanitaria, «hacer deporte no es el problema, es la solución» por lo que no comprenden por qué están obligados a cerrar sus instalaciones si cumplen con todas las medidas de seguridad e higiene impuestas por las autoridades sanitarias.

La llegada del covid a nuestras vidas y la crisis económica que ha desencadenado no respeta a casi nadie, ni siquiera a sectores que están dedicados a mejorar la salud física y metal como es el caso de los gimnasios privados, las escuelas de danza o los centros de pilates. Quienes dirigen este tipo de espacios lo tienen claro: no son el problema, son «la solución», por lo que no comprenden por qué están obligados a cerrar sus instalaciones si cumplen con las medidas de seguridad e higiene impuestas por las autoridades sanitarias.

Miriam Ballester, gerente del gimnasio Bfit, considera que «la actividad física y el cuidado de la salud que se realiza en los gimnasios es parte de la solución» a los estragos de la pandemia, sobre todo si se aplican escrupulosamente las medidas de prevención e higiene que aportan seguridad a los clientes y a los trabajadores.

También Valeria Anglada, propietaria de Valeria Pilates Estudio 21, incide en este aspecto ya que muchos de sus clientes tienen problemas físicos y necesitan hacer ejercicio para sentirse bien: «El deporte es salud», afirma.

Miriam Ballester, en una de las salas vacías del gimnasio. | BFIT.

Por ello, Rafael Tur Cardona, propietario del gimnasio Nirvana, no comprende por qué está obligado a cerrar sus instalaciones mientras los deportes federados pueden continuar con su actividad. «¿Los que van al gimnasio no pueden entrenar y los otros sí?», se pregunta. También lamenta los casos de personas, en muchos casos sin la titulación necesaria, que están dirigiendo actividades deportivas en las instalaciones ubicadas en las calles o los parques. «La gente quiere hacer deporte, pero esta no es la manera correcta», señala.

Yaima Arias, propietaria, directora y profesora de Ibiza Dance Academy, insiste en la frustración de sus alumnos por no poder acudir a clase. «La situación que estamos atravesando nos afecta mucho psicológicamente, por eso necesitamos bailar para ayudarnos a desconectar de los problemas y sentirnos bien. Es una terapia que forma de nuestra vida». En su caso, donde la mayoría de los alumnos son niños, se suma la circunstancia de que los pequeños no pueden comprender por qué pueden ir al colegio y no a la escuela de danza. «Estamos formando a futuros bailarines, coreógrafos o profesores», asegura a la vez que relata la situación tan dura que están atravesando sus alumnos. «Se está jugando con las ilusiones y los sueños de muchos niños», lamenta.

Yaima Arias es profesora de baile. María santos

Miriam Ballester considera, por otra parte, que los centros deportivos debería estar sujetos a un 10% de IVA y no al 21% como lo están actualmente. «Esta medida sí sería una ayuda real y estructural para el sector de los gimnasios dado que la actividad física y el cuidado de la salud no deberían ser un servicio de lujo, sino un servicio esencial».

En esta misma línea, Rafael Tur Cardona siente que las administraciones han dejado a su sector «abandonado», puesto que han sido obligados a cerrar, hacer frente al 100% de los gastos y sin ninguna compensación, puesto que los créditos del ICO hay que devolverlos y las ayudas de 1.500 euros al mes que conceden el Consell de Ibiza y el Govern «son de risa, son un tapabocas». Además, «exigen tener todos los pagos al día. Quien no tenga deudas no necesita este dinero», considera. En su opinión, se les debería eximir «de pagar impuestos como el IVA, la cuota de autónomos y la Seguridad Social, y deberían ayudar a sufragar el alquiler de los locales».

Valeria Anglada ni siquiera cuenta con la posibilidad de recibir esta aportación del Consell y sí con la esperanza de que la situación se normalice. En su caso, tiene la posibilidad de continuar trabajando pero a un ritmo que apenas le compensa para sufragar los gastos mínimos. Las normas le permiten impartir clases privadas individuales o a dos convivientes. «Es una ruina porque mi negocio subsiste con las clases de grupo, de cuatro personas, que son el número de máquinas que hay», así que en siete horas hace lo que haría en dos. Además, ha tenido que rebajar considerablemente el precio de sus clases privadas.

Rafael Tur contempla las instalaciones cerradas de su gimnasio. Nirvana

Esta misma solución es la que ha tomado Yaima Arias, puesto que en sus instalaciones puede preparar a algunos alumnos que van a presentarse a algún campeonato o que quieren seguir con su formación para no perder el tono físico.

Sin embargo, en el caso de los gimnasios esta alternativa es totalmente inviable. En Bfit, dada la gran dimensión y la estructura de 35 empleados, todos ellos en ERTE, es imposible contemplar la opción de un entrenador y solo un cliente «sin poner el riesgo la continuidad de la empresa y el mantenimiento del empleo del conjunto de los trabajadores», explica Miriam Ballester.

Desesperados

Con cinco empleados fijos más cinco autónomos que imparten clases de entrenamiento personal, en los dos centros de Ibiza y Sant Jordi, Rafael Tur ya ve casi inviable económicamente la reducción del aforo al 30% que han tenido que cumplir estos meses, unida al incremento del personal de limpieza. Por ello, este empresario está «desesperado». Y más si compara la situación de Ibiza con Madrid o Barcelona, donde los gimnasios están abiertos.

La crisis ha hecho que estos centros pierdan una gran parte de sus clientes. El año pasado, antes de que la pandemia llegara a España, la media de clientes en Nirvana era de unas 1.200 personas y en temporada podían llegar a las 2.600, número que se ha reducido drásticamente. En cifras similares se enmarca Bfit, que con una media de unos 2.400 clientes en enero de 2020, durante el año se ha reducido un 44% y estos meses de pandemia utilizaban sus instalaciones unas 1.300 personas.

La incógnita es si podrán llegar a cifras similares cuando reabran sus puertas,. «No sabemos cómo será el mañana, pero está claro que la gente tiene menos poder adquisitivo y no va a poder pagar cuando abramos», vaticina Rafael Tur.

También está preocupada por este asunto Valeria Anglada, quien ni siquiera sabe si podrá aguantar ella misma en esta situación. Sin ningún empleado, ella es empresaria, da clases, hace la limpieza y lleva la gestión administrativa. Por ello, a pesar de bajar el precio de las clases individuales hay quien lo no puede afrontar, incluso a algunos clientes se les ha ofrecido aplazar el pago hasta que la situación mejore, pero no lo aceptan porque no saben si tendrán trabajo.

A Yaima Arias se le ha ocurrido solicitar a algunas familias que ‘apadrinen’ a niños para que puedan continuar con las clases de danza, a pesar de la complicada situación económica familiar que están sufriendo.

Cumplimiento de las normas sanitarias

«Cada vez que alguien toca algo, lo limpio», señala Valeria Anglada y es que las normas higiénicas por el covid, la reducción de aforo, la intensificación de la limpieza y la mascarilla se han impuesto en los centros deportivos. Rafael Tur dice que no ha conoce ningún caso de contagio en un gimnasio. Miriam Ballester apunta que su empresa estudia alternativas de inversión y actividades para que sus clientes puedan continuar con su estilo de vida saludable. Aunque es complicado, Yaima Arias ha variado los pases de baile para evitar el contacto.

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