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Mercedes Barona

El demonio es tu cabello

Comenzó como un susurro, una voz en bajito que desgranaba una retahíla de injusticias que no por asumidas dejan de serlo. Y poco a poco se ha convertido en un clamor en las calles, en gritos de miles de gargantas que dicen que ya está bien, que así no se puede vivir y que las mujeres quieren ser libres.

No, no hablo de las que hacen aspavientos locos al aire, ofendidas porque la cerveza se la sirvan a ellos y el refresco a ellas. Ni de las oprimidas por los tacones o la depilación, como si alguien las obligase. Porque en occidente lo más que te puede pasar es que te llamen fea o gorda. Que es una mierda, sin duda, pero es que en Irán te juegas la vida. Literalmente.

Que así son las dictaduras, cercenadoras de libertades, de derechos y de voluntades. Todo un pueblo acatando lo que ordena una minoría por la fuerza. Y si son dictaduras islámicas, además controladoras de la moral y las costumbres, las mujeres (hijas, hermanas, esposas y madres) encarnan todos los males.

La perdición está en la melena al aire, provocadora de los más bajos instintos de un hombre convencido de su derecho a apalear hasta la muerte a la desobediente que lleva mal puesto el hiyab. El mismo hiyab que algunos (todos sabemos quiénes) defienden como libertad en occidente: «Son sus costumbres y hay que respetarlas», «lo llevan porque quieren, nadie las obliga».

Así que ojalá que este aire que se ha levantado en Irán se convierta en un tornado que se lleve por delante velos, costumbres y hasta el régimen (aunque también nos ilusionábamos con las recientes protestas de Cuba, y ya ven).

Y ahora que algunas digan en España que se sienten oprimidas porque la cerveza la habían pedido ellas mientras las iraníes, esas mujeres ciudadanas de segunda en su propio país y en el resto de teocracias islámicas, nos miran esperando la ayuda de esas sociedades occidentales dedicadas (mientras ellas se juegan la vida) a subvencionar y mantener el chiringuito de las “discriminadas” porque no las identificas con el pronombre o sufijo correspondiente, aunque no exista.

Y no negaré que aún hay desigualdades entre hombres y mujeres, pero este silencio atronador de nuestro feminismo oficial de ministerio, en el caso iraní, nos deja ver que algunas libertades les interesan más que otras, y que mujeres todas, pero unas un poco menos... o casi nada.

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