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Diario de Ibiza

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Javier Cuervo

La playa de los imperfectos

Por interés científico social pronto iré a la playa a ver si sigue colonizada por todo tipo de cuerpos. El año pasado lo estaba. Lo que menos se veía eran modelos de revista porque sin los brillos de photoshop, el peinado de peluquería, el borrado del grano de cabeza blanca y del racimo de lunares que parece galipote, no lucen igual. Esto viene al caso del cartel del Ministerio de Igualdad calificado de «polémico» aunque solo sea bobo, que pretendía acabar con los juicios físicos de playa, donde tanta gente se siente insegura con su cuerpo, tanta indiferente y otra tanta comodísima, sea como sea.

El cartel confunde la realidad con la publicidad. Los cuerpos que no pertenecen a las modelos -bajos, gordos, amputados, a veces todo a la vez- no suelen colonizar las playas de los anuncios, que en la realidad no están desiertas, su turquesa es más pálido, su cielo tiene una nube y la palmera no desmaya tanto. Ese desorden lo arregla el ordenador. Tampoco suele suceder en publicidad ni en propaganda estatal, que no se respeten los derechos de imagen de las personas que salen en ellos, que se les secuestre la silueta y se les junte en una playa como la de ‘Perdidos’ donde suceden misterios discriminatorios como que, por capricho de una creativa, le crezcan pelos en el sobaco y una pierna a una mujer depilada y coja, pero no le brote un pecho nuevo a una señora mastectomizada. ¿Qué tiene contra las cojas? ¿Es la playa de Igualdad o la piscina de Siloé?

Al elegir quién iba a esa playa de propaganda de la que echaron a las modelos e intervenir en unas amputaciones sí y otras no, en los tamaños de los cuerpos, en la ausencia de hombres -que no son juzgados en la playa, ahorra abdominales, chaval, son malos para la espalda- señala sólo un sexo de imperfectas y un catálogo de imperfecciones (respecto a los cuerpos perfectos, entiéndase) que deja fuera diversidades como la calva, las varices, el pecho palomo, el ciclán, la lordosis, los juanetes y otras disidencias del canon publicitario. Basta saber que la publicidad miente y la propaganda, en el mejor caso, exagera.

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