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Diario de Ibiza

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Aracey Robustillo

El monstruo azul de Dima

«Fue el único juguete que este niño de seis años trajo consigo desde Ucrania»

Mientras andamos entretenidos con las elecciones de Andalucía, el calor, los exámenes finales, las vacaciones, la subida de los precios o la vida, en general, el horror de la guerra en Ucrania continúa implacable. Y sí, ya sé que parece una perogrullada, pero a mí por lo menos se me olvida de vez en cuando y esa evidencia me golpeó como un puño el otro día, cuando andaba absorta en mi cotidianeidad. Y me sentí egoísta y mezquina.

Acudí como madre voluntaria a la excursión de fin de curso de mi hijo a una granja. Y mientras ayudaba a sus compañeros a abrir las fiambreras del almuerzo, un niño al que no había visto nunca se acercó a mí y me ofreció unas bolitas diminutas de chocolate. Al principio pensé que quería que le limpiase las manos, pero luego entendí por sus gestos que quería compartir conmigo su preciado ‘festín’. Y así fue cómo le conocí y me devolvió, como una bofetada de realidad, el drama de su pueblo.

Dima tiene 6 años y es un niño dulce y triste. Va a todas partes con su monstruo azul, una variante de osito de peluche, que fue el único juguete que trajo consigo desde Ucrania. Vive en Dublín como refugiado con su madre y la pasada semana empezó a ir al colegio de forma regular. No habla inglés, aunque lo entiende un poco, y se comunica a base de señas y sonidos. A veces llora sin razón aparente, aunque, sin duda, le sobran los motivos.

Al conocerle ese día me di cuenta de que, como los medios de comunicación y la sociedad, yo también había ‘aparcado’ el conflicto ucraniano en un rincón de mi consciencia. Es cierto que de vez en cuando se cuela en ella un titular con alguna última hora; o una bandera azul y amarilla irrumpe en nuestra retina, aunque sea de forma periférica, y entonces una pulla de culpabilidad aparece rotunda y nos empaña un poco el momento, como una nube negra, solo unos segundos.

Vivimos tiempos de obsolescencia programada, ya se sabe. Todo dura poco. Y quizás sea por eso que la atención y la empatía sólo nos dan para ‘lidiar’ con una tragedia a la vez. Durante un tiempo fue la pandemia, la que lo eclipsó todo; luego vino la invasión rusa a Ucrania, y en aquellos primeros días los más agoreros llegaron a hablar hasta de terceras guerras mundiales sin despeinarse y todos nos asustamos por la parte que nos tocaba o podía tocar.

Pero de aquello hace ya cuatro meses y la más ‘rabiosa’ actualidad pasa ahora por temas que tienen un nostálgico sabor a los años dorados de la prepandemia: comicios y política en general, sempiternas olas de calor, que nos venden cada verano como si fueran nuevas a estrenar, o las siempre populares oposiciones al puesto de funcionario del momento.

Mirando a Dima el otro día empujar a su monstruo azul en un columpio con ese amor incondicional al único vestigio que le queda de su vida anterior y su inocencia perdida, es difícil creer que vivamos en el mismo mundo. Nuestras preocupaciones y nuestras pequeñas luchas diarias, por más que nos parezcan lo más importantes del mundo, palidecen ante una desolación tan pura y rotunda, y el alivio inconsciente de no estar en sus zapatos es tan humano como vergonzoso.

En la facultad, cuando me enseñaron que la cercanía es lo que más importa en el periodismo, lo que más mueve el interés por la noticia de cualquier audiencia, aquella joven idealista y sobre todo ignorante que era yo, se revelaba a creer que aquello fuera verdad. Supongo que fue una parte de ella, que todavía vive en mí, la que se sintió como un trapo el día que conocía a Dima.

La misma a la que le pareció mentira que el jueves pasado otras noticias coparan los principales titulares del día, cuando las autoridades ucranianas dieron a conocer que el número de niños muertos en Ucrania, desde que se inició la invasión rusa, ya ascendía a 320.

Me he sentido estos días juzgada y condenada por esa parte de mí al reconocer que a menudo olvido a mi pesar una guerra no tan lejana, que les ha cambiado para siempre la vida a gente real. A niños, que nos dan lecciones de vida a los 6 años, que ahora comparten excursiones y pupitres con los nuestros, y que lo han perdido todo menos un monstruo azul.

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