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Diario de Ibiza

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Pensé en la cuchara. Sin homenaje. Tan necesaria ella. Pidiendo tan solo el cotidiano descanso en el lavavajillas. Reluciente y muda. De acero infatigable. A veces es más necesaria que un calcetín, más propicia para fomentar la amistad que un cheque. No se queja. Hace ya demasiado tiempo, mi padre solía traer de recuerdo cuando viajaba una pequeña cuchara, o sea, una cucharita, con el escudo de la ciudad en cuestión incrustado al final del mango. En un aparador, adorable palabra, las teníamos expuestas. Era un souvenir simpático. Ya no sé si las ciudades hacen cucharitas. En estos tiempos, la cucharita es más bien una postura para dormir en pareja. Hagamos la cucharita.

No hay que tener prisa por entregar la cuchara. Cuchara suena como a palabra finlandesa, uzbeka o croata. De croacia nos llegó «corbata», que era un pañuelo vistoso que vestían sus tropas allá por el medievo a lo menos. También, luego, en las guerras de los balcanes, consistió en rajar la garganta de alguien y sacarle por ahí la lengua. Corbata. Es esta una práctica desaconsejable incluso si se trata de un enemigo al que odiamos por su raza o lengua. Nunca mejor (¿peor?) dicho lo de lengua, ya que nos referimos al idioma. Con un aforismo sobre la cuchara no comes. La cuchara de madera es la abuela de nuestra cuchara, que tiene como descendiente a la cuchara de plástico. Nadie sabe lo que hay en la olla más que la cuchara.

En Matrix hay una escena en la que un niño dice que mejor que intentar doblar la cuchara es tratar de entender la verdad. No entiendo la frase, no me entra ni con cuchara, será mi torpeza, también me hice un lío con Matrix, lío al que no considero ajeno a los guionistas.

Decía Umberto Eco que «el libro es como la cuchara, las tijeras, el martillo, la rueda. Una vez inventado, no se puede mejorar. No se puede hacer una cuchara que sea mejor que una cuchara». Ocurre que esa cita es mejor para una columna sobre el libro pero esta frase merece tener eco. Me gustan las cucharas por que están como ausentes. La cuchara busca mejor

nuestra boca que algunas personas. Tenedor y cuchara se pelean a ver a quién elige el que come arroz. El bebé teme a la cuchara y el padre, a modo de embeleco, la mueve como un avión de incierto aterrizaje.

La cuchara es la llave inglesa del cocinero. La cuchara vive en la precariedad laboral: no sabe si le tocará en esta jornada descansar, transportar fabada o jarabe para la tos; un flan o garbanzos. Hay quien tiene un juego de doce cucharas y nunca ha tenido invitados. Vivir en el por si acaso. Demos una cucharada en los textos de Gómez de la Serna: «El tenedor es la radiografía de la cuchara». Las buenas greguerías se comen con las manos.

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