Opinión | Tribuna

Trans: de la ficción a la imposición

«Se ha logrado instalar la idea de que la ideología trans es progresista, aunque pulverice las políticas de igualdad, reduzca ser mujer

a declararse mujer, y convierta a menores sanos en pacientes-consumidores de por vida»

El debate sobre la “cuestión trans” empieza a abrirse paso en la prensa, con opiniones diversas y contrarias a la ideología que inspira las leyes de la autodeterminación del sexo. Sin embargo, preocupa constatar que los medios más consumidos, radio y televisión, repiten sin crítica ni análisis los mensajes que favorecen a la industria médico-farmacéutica y a las posiciones de los gobiernos central y autonómico, ambos con anteproyectos de leyes “trans” en trámite.

En programas informativos y de entretenimiento, incluida la programación infantil en la televisión pública, se presenta como verdad la fantasía de que hay niñas con pene y niños con vulva. El discurso centra su coartada en dos palabras, realidad y derechos: defiende la incuestionable existencia de una “realidad trans” y la necesidad de “reconocer los derechos de las personas trans”. Discrepar de que tal realidad exista y sostener con fundamento que la proliferación de “identidades trans” es la consecuencia de una inducción muy bien planificada y financiada, así como preguntar de qué derechos carecen las personas que rechazan su cuerpo sexuado y se sienten en el “cuerpo equivocado” ya es anatema.

En pocos años y sin darnos cuenta hemos pasado de la ficción a la imposición de lo trans. ¿Qué ha sucedido? ¿A qué obedece este cambio radical ante la inminente y nada inocua posibilidad de consolidar legalmente la alteración de nuestro ordenamiento jurídico?

En marzo de 2007, el Gobierno aprobó dos leyes que contenían definiciones mutuamente excluyentes del concepto de género. La Ley 3/2007, del 15 de marzo, reguladora de la rectificación registral de la mención relativa al sexo de las personas, hablaba de “personas transexuales”, introducía el concepto de identidad de género como un “sentimiento profundo” de identificación con el otro sexo y establecía las condiciones médicas, legales y de edad para proceder al cambio de nombre y de sexo en el censo. Es decir, se reconocía una ficción médica y jurídica que pretendía dar salida a lo que entonces se definía como un trastorno de percepción que afectaba a un reducido número de personas, mayoritariamente hombres adultos, que rechazaban los atributos de su biología masculina. Una ficción, porque no se puede cambiar de sexo. En cambio, la Ley Orgánica 3/2007, del 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres define el género como lo hace el Convenio de Estambul, tratado vinculante firmado por España: una categoría social que considera a las mujeres inferiores a los hombres, legitima las múltiples formas de violencia sufridas por ellas y constituye una grave violación de los Derechos Humanos. Esta definición es la que guía la investigación y las políticas de igualdad destinadas a hacer que esta sea real y efectiva, como dictan las leyes, ante la persistencia de una sociedad machista.

Pero desde entonces, la definición basada en la ficción que respondía a percepciones subjetivas se ha ido imponiendo a la definición basada en la realidad de las desigualdades. Más de 40 leyes autonómicas ya definen el género como una identidad sentida supuestamente reprimida por una idea arcaica que considera que las mujeres y los hombres existen y que se diferencian por su sexo, como todos los mamíferos. De hecho, ya se explica en escuelas, institutos y universidades al alumnado y al profesorado, a profesionales de la salud y de la Administración, que el sexo no es binario sino un espectro de posibilidades, y que acceder a bloqueadores de la pubertad, hormonas y cirugía es un derecho desde la infancia, el “derecho a ser quien realmente eres”. Los proyectos de ley trans quieren consolidar este estado de cosas con la libre autodeterminación del sexo, mientras –¡oh, sorpresa!– se multiplican los ‘casos trans’ y sus tratamientos irreversibles en niñas, niños y adolescentes. Y cuestionar la “terapia afirmativa” de la “identidad sentida” por ética profesional y responsabilidad familiar puede ser objeto de sanciones y de denuncias por situación de riesgo o desamparo.

Sorprendentemente, se ha logrado instalar la idea de que la ideología trans es progresista, aunque pulverice las políticas de igualdad, reduzca ser mujer a declararse mujer, y convierta a menores sanos en pacientes-consumidores de por vida. Con una izquierda perdida entre identidades y sentimientos y una derecha a la que ya le va bien, la ciudadanía carece de claves para desentrañar este proceso, si las feministas no tenemos voz en los medios. El tamaño de los intereses que hay detrás es, sin duda, proporcional a esta inusitada imposición de la ficción como realidad.

Silvia Carrasco | Profesora de Antropología Social de la UAB

Suscríbete para seguir leyendo