Opinión

El hombre que se acordaba de todo

Durante los años en que estuvo con Javier del Pino y con Lourdes Lancho en A vivir que son dos días los oyentes de la Cadena Ser, de cualquier edad, tenían gratis una sorprendente lección de periodismo, la que daba cada fin de semana José Martí Gómez, que murió este martes en Barcelona a los 84 años.

Cada vez que ocurría algún acontecimiento que él vivió en primera persona, como se vivían en su época los acontecimientos, ahí estaba el maestro, tímido, parapetado, cuando se podía, en su tabaco, tras sus gafas de ver moteadas de ese amarillo otoñal que le daba más melancolía a su cara, buscando en el pozo sin fondo de su conocimiento para decir, en dos palabras, la anécdota, el hecho, lo que ilustrara la noticia del día o, cuando eso era imprescindible, el comentario que las informaciones traían consigo.

No presumió ni cuando estaba arriba de la tabla de los periódicos, en la lista de los mejores narradores de noticias o de sucesos que haya tenido la prensa española; era auténtico, casi un monje laico que se alegraba cuando veía llegar a la altura de donde él estuviera a aquellos que querían ser como él, igual de periodistas, igualmente obligados por el oficio a decir de veras lo que sabían, a callarse lo que no estuviera confirmado.

Se sentaba en cualquier sitio, cuando su voz ya no era la del corresponsal, la del reportero audaz, sino el colaborador que recibía encargos, como si estuviera aún aprendiendo. Mordía el tabaco grueso, miraba a los lados, y preguntaba en voz baja a los advenedizos: “¿Y qué estás haciendo ahora?”.

Era infalible y tranquilo y, además, como ha escrito en El País su buen discípulo Carles Geli, era una buena persona. Buena persona y periodista es una conjunción que en su caso merece reverencia y recuerdo, pues jamás presumió él de ninguna de las virtudes que adornaron su presencia y su trabajo. Trabajó con otros, además, entre los que estuvieron Josep Ramoneda (con quien tanto hizo), Manuel Vázquez Montalbán o Juan Marsé. En Por favor, en El Correo Catalán, en cualquier sitio donde oliera periodismo, nunca se olvidó de esos parentescos profesionales, algunos de los cuales le precedieron en la triste experiencia que ahora adorna las imperiosas esquelas.

En todas partes, pues, de corresponsal, de escritor de diarios, incluso cuando ya estaba inscrito en la nómina de los mejores, fue atento compañero de sus colegas y también de aquellos que quisieron arrebatarle, en buena lid, las noticias que él mismo perseguía. El más pacífico, y el más honrado, de los periodistas, abrazó también una vocación que lo hizo legendario: cronista de aquellos que se podían explicar mirando tan solo lo que acababa de ocurrir. Era también como los detectives ingleses, incansable y perfecto, como un discípulo fértil de Graham Greene, lleno de humor y de la higiene ética a la que está obligado un informador de buena fe.

Trabajó hasta el fin. Aquellas intervenciones radiofónicas deberían ser materia de podcast (en la SER, donde dio esas lecciones), y el lugar en el que deberían confluir alumnos actuales, que vienen de observar un periodismo que machaca las noticias para darlas tal como luego suceden en las redes, sin alma y sin objetivo, por el mero hecho de darlas a la vez que los otros.

Él fue un hombre de periodismo lento, aquel que cultivaron, con él, legendarios periodistas anglosajones a los que no necesitó imitar porque él era como ellos, agudo, esencial, un periodista de verdad cuyo material más fiable era su memoria.

En aquellas emisiones a las que le dio el brillo del dato, obsesivamente el dato, contó vida, milagros y desdenes de personajes que fueron notorios en tiempos oscuros, como Manuel Fraga Iribarne, al que siguió de cerca, en Londres, en Madrid, arrancando teléfonos hasta que un día abrazó, eso decía, la naciente democracia.

A izquierda y a derecha Martí Gómez se ocupó del espectro de la naciente democracia, y siempre tuvo, también en lo que escribió, el talento minucioso para contarlo. Esas emisiones de radio que él protagonizó no fueron solo periodismo: fueron memoria destilada de la vida de España.

Le pregunté a Lourdes Lancho, que estaba con él cuando hablaba en la radio, qué lecciones dejó. “Me dijo que, en la calle, en el metro, en el bus, en las tiendas, en los bares, estaba la vida. Y la vida, para él, era la medida de todas las cosas. La vida entendida como la dimensión humana de cuanto pasa en el escenario público. Él me dijo que hacía bien en escuchar, en fisgar, conversaciones ajenas, en preguntar siempre ante lo que llamase la atención. De ahí arrancaba el hilo mágico de este oficio, que es hacer de bisagra entre lo que pasa en la calle y lo que se decide en los despachos”.

En el oficio, dice Lourdes, se está perdiendo ese hilo, y el eslabón que ahora se ha roto es el de este admirable maestro que jamás presumió de nada, siempre se acordó de todo y no tenía la tentación de exhibirse como si viniera de inventar el oficio. Por cierto, en los tiempos de esta turbulencia global que es la red, escribía a mano como quien quisiera dejar una huella que no puede imitar máquina alguna.

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