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Valles,-Rita

Punta Arabí: salvados por la campana

u De adolescente, me encantaba acercarme hasta el mercadillo de Punta Arabí. Por aquel entonces, hace más años de los que gustaría reconocer, era una mina de gangas en ropa de segunda mano que los vendedores, en su mayoría extranjeros, traían desde otros países. Recuerdo que había también profusión de combinaciones y camisones que habían sido de alguna abuela y que en ese tiempo lucíamos las más jóvenes como vestidos. También había joyas llegadas de la India (cómo olía a pachuli por cierto todo el mercado, yo misma usé esa esencia durante un tiempo), puestos de comida y mucha música en vivo. Daba gusto pasear por el solar polvoriento de es Canar. Ahora, casi medio siglo después de su apertura, los vendedores del mercadillo han vivido momentos delicados. Después de la pandemia, que se ha cebado con los autónomos, afrontaban con esperanza una temporada mejor de la que habían imaginado, hasta que llegó el puñetero mail anunciando que cerraban en unos días. El conflicto entre la propiedad, Francisca Sánchez, de Casa Lola (cuyo nombre ya provoca sudores fríos), y la empresa explotadora, Azuline, a punto ha estado de liquidar abruptamente la temporada. Un acuerdo in extremis lo ha evitado, pero el susto no se lo quita (no nos lo quita) nadie.

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