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Javier Cuervo

En la sociedad emocional

La empatía, que se define como la capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos, es el estado del bienestar de la sociedad emocional en que estamos. Todo es un lío. Es una sociedad del individualismo que se confunde con el protagonismo, en la que cuanto menos se recaude con los impuestos más reclamaciones de empatía habrá.

Hay que aprender a administrar la empatía y no darla pródigamente a cada correo electrónico de change.org o a cada indignación de los que padecen hipersensibilidad emocional o moral o ambas.

-Póngase en mi pellejo.

-Lo siento, no llevo empatía suelta.

Ahora se pide que se respeten los sentimientos como antes se pedía respeto por las opiniones que en absoluto tienen por qué ser respetables. Se ha de respetar a la persona (hasta que se ponga muy pesada pidiendo que se respeten su opinión o sus sentimientos o ambas cosas, que cada vez se distinguen menos).

El problema de los sentimientos es que se pueden fingir. Como se finge el placer, se finge el dolor y bien lo saben los árbitros de fútbol cuando un delantero rueda hecho un ovillo por el área contraria agarrándose una pierna mientras un defensa rival espanta cualquier culpa con los brazos en aspa. Con los sentimientos fingidos se engaña y se puede lograr beneficio. Verdaderas o falsas las lágrimas de Messi le protegieron.

-Es muy duro ver esto, decía un cronista deportivo que, de mantener la proporción emocional, se habría sacado los ojos ante el desembarco de una patera.

En la sociedad emocional todo el mundo puede reclamar empatía, pero no todo el mundo la merece y, aun mereciéndola, puede entrar en conflicto con la que precisa una segunda persona. La sociedad emocional también es dialéctica. Hay personas y grupos que aspiran a quedarse toda la tarta de la empatía y para eso nada mejor que convertirse o fingirse víctimas porque ahí puede haber un beneficio económico por la creciente y perversa colaboración público-privada entre el Estado y las emociones.

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