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Marta Torres

Electricidad-Babá y los 40 ladrones

De niña, en casa de mis abuelos, la televisión, de noche, se veía a oscuras. No era por el encanto de simular que aquellos salones con los tapetes de ganchillo en los sofás y las figuras de porcelana sujetando los libros de la colección Reno eran, en realidad, el cine. No había nada poético en aquella oscuridad en la que refulgía la Ruperta, sólo la intención de ahorrar. Porque la luz, en los 80, ya era un bien caro. Así que la tele se veía entre tinieblas, la nevera se abría lo mínimo, el secador únicamente se usaba los sábados y domingos y ¡atención al rapapolvo que te caía si se te olvidaba apagar una lámpara! Comportamientos, todos ellos, que en aquel momento algunos jovenzuelos interpretaban como la larga sombra de la miseria pasada y que combatían iluminando sus casas como el palacio de Versalles en un baile de máscaras. Hace semanas que las lavadoras sólo centrifugan de madrugada, volvemos a ver la televisión a oscuras, dejamos que engorden las pelusas para no encender la aspiradora y miramos con nostalgia el botón del aire acondicionado, condenado a un off eterno. Tiempos de miseria. Y de miserables. Porque no se entiende que en un momento en el que a las familias se las comen los ERTE, los ERE, el paro y las telarañas en la nevera la luz esté a precio de caviar. Y subiendo. Ladrones.

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