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Miguel Ángel González

desde la marina

Miguel Ángel González

Renovables

Es sólo cuestión de tiempo. El petróleo será historia pasada como lo es ya el carbón. Y no nos engañemos. Si hoy apostamos por las energías limpias y renovables no es por la necesidad que tenemos de reducir la contaminación y frenar el cambio climático, es por el pánico que crea el inevitable agotamiento de los combustibles sólidos sin tener activadas alternativas viables, la energía solar, eólica, hidroeléctrica o del hidrógeno. Sorprende que acaben salvándonos los elementos primordiales que siempre han estado ahí: viento, sol y mar. El problema que ahora tenemos es la lentitud con la que propiciamos el cambio. En nuestras benditas islas, sin saltos de agua y poco viento, la solución será necesariamente de sol y mar. Lo del hidrógeno quedará para nuestros biznietos, pero sol tenemos para dar y tomar. Uno ya ve la Fábrica de la Luz como el recuerdo sentimental que es hoy la que llamábamos ‘Fábrica de Matutes’ y que teníamos detrás del también desaparecido Cine Serra. Y vestigios arqueológicos serán también los cables submarinos que nos abastecen hoy.

Convendría exprimirse las meninges. Y acelerar el paso. Como han hecho en la isla de Hierro, donde la autosuficiencia energética ha dejado de ser una utopía. En nuestro caso, bien está que tengamos una Hoja de Ruta y un Observatorio para la Transición Energética, pero tenemos que dar el salto y pasar de los papeles a los hechos. O lo que es lo mismo, a todos los techos. Porque no son pocas las cubiertas y azoteas en las que el sol se pierde. Y decir que nuestro territorio es pequeño para los parques fotovoltaicos no cuela cuando tenemos fincas con toneladas de chatarra contaminante, coches desahuciados y embarcaciones abandonadas. Es comprensible la resistencia del agricultor al parque fotovoltaico, pero ya existen instalaciones que compatibilizan cultivos y placas. Basta elevarlas metro y medio, espaciarlas para dar entrada a la luz y mantener debajo determinados cultivos, de forma parecida a lo que se hace en los invernaderos. Eso sí, localizándolos en zonas con el menor impacto medioambiental. Los ingenieros tienen trabajo. Y los políticos también. Demorar el cambio nos puede salir muy caro.

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