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Antonio Agredano

Salvar el fútbol

Quizá el fútbol sólo es un recuerdo. Un deporte que ya se ha jugado. Una cruz en un calendario vencido. Cicatriz de tiempos mejores, porque no hay mayor bondad que la de los días que ya volaron. Quizá el fútbol sea una traviesa que mantiene unidos los carriles de nuestra vida. Un durmiente semienterrado. Algo que tensa nuestra existencia de fin a fin de semana. Algo así. No sé. Amapolas en las cunetas y brea en el camino. El rojo de las orillas y el negro interminable bajo nosotros. Avanzar es una condena bella.

Quizá el fútbol es un niño. Un niño en una fotografía vista por el adulto que es ahora ese niño. Con la camiseta de su equipo y un balón descascarillado y abrazado a un abuelo que ya murió o un padre que por salud dejó de ir al estadio. Quizá el fútbol es simplemente la mirada de ese adulto que se gira hacia sí mismo, que se retuerce y se abraza a lo que tuvo y sintió, que está incómodo con un presente, que ni entiende ni pretende entender. Que lega el dolor y lega la euforia a sus hijos, que aún conservan la ternura y la tragedia. Porque hasta de sentir se cansa uno. Porque madurar es enfriarse. Porque los años son de hueso. La caótica arquitectura del pasado, del recuerdo, el recuerdo que es un mármol ensortijado, una grieta decorada con pan de oro, una bóveda nervada como una higuera arrancada por el viento.

Quizá el fútbol es una lupa que apunta a lo que fuimos, que nos agiganta pese a ser livianos, que nos ruboriza y rescata de la afilada mandíbula del tiempo. Quizá el fútbol es un partido contra nosotros mismos. Firmar un empate. Gritar uy. Maldecir nuestros colores atravesando los vomitorios o apagando el televisor o tirando la radio sobre la cama. Quizá el fútbol es sólo un ensimismamiento, una bobada, un cajón lleno de trastos que ya no sirven para nada. En todas las casas hay uno. Una caja de lata llena de botones para reemplazar los botones de chaquetas que ni siquiera conservamos. Me pregunto si los recuerdos son así, relevos irrelevantes, un manojo de bagatelas, un espejo roto del que conservamos los trocitos soñando con poder mirarnos de nuevo en él.

Quizá el fútbol nunca ha sido nuestro. Como la mariposa que muere apresada entre las manos diminutas. ¿Qué es un gol sino un cadáver? ¿Qué es el fútbol sino un columbario de felicidades viejas? ¿Qué es el fútbol sino un vuelo cegado por la curiosidad infantil? El fútbol del albero y la plazoleta. Ese fútbol breve tatuado en nuestras punteras. “Están para tirarlas”, decía mi madre, y me enseñaba la piel rajada de mis zapatillas. Las rodillas en carne viva y el calor en las mejillas y la rabia del sentirse intrascendente cuando jugaban los buenos. Sólo ahí recuerdo el fútbol como propio, sin intermediarios, sin ídolos, sin ascensos ni fatalidades. Por eso creo que el fútbol es una coreografía enfangada, enredada en lo que fuimos y que ahora es otra cosa. No sólo dinero. Eso es lo de menos. Ahora es urgencia y una expectativa que sepulta la candidez de aquellos balonazos al aire. Que los clubes nacen en el corazón y mueren en nuestros bolsillos. Se apaga la inocencia y comienzan los vaivenes. Los presidentes y sus palmeros. Futbolistas perezosos. Agentes insaciables. Árbitros vanidosos. Entrenadores pendencieros. Los clubes, sus mafioseos. Y los aficionados, que fantaseamos con ser patrimonio emocional y sólo somos tragaperras averiadas. Y ya ni siquiera pateamos un balón. Y celebramos los goles casi en silencio.

Florentino Pérez es sólo una de las cabezas de esta Hidra de Lerna. Por cada cabeza amputada son dos las cabezas que se regeneran. No es el Madrid, ni el Barcelona, ni el Córdoba, ni el Málaga; es ser conscientes, al fin, de que el fútbol ya no es eso que sentíamos entonces. Que es otra cosa. Una emoción que burbujea en la memoria. Un estado de ánimo. Un terremoto del ayer que llega al presente con una frágil vibración, una onda blanda, una tímida sacudida en el corazón. No sé qué futbol heredarán nuestros hijos ni si ellos remontarán un partido que nosotros ya damos por perdido. La Superliga ha muerto, abracémonos al anarcosindicalismo de la UEFA, al hippismo de la FIFA, al para nada oscuro reinado de Tebas y Rubiales. Salvar el fútbol. Qué candor.

Quizá el fútbol es sólo una esperanza. Una celebración pendiente. Los colores que vemos cuando cerramos los ojos. Un íntimo armisticio. Un plural tenebroso. Un sobresalto común. Abrazar a los desconocidos. Amar lo inesperado. Creer en los que están y en los que vendrán a besar un escudo que sentimos nuestro. Un tribalismo irrenunciable. Yo me recuerdo de niño alzando los brazos al cielo y celebrar el gol como si la vida me fuera en ello. Y quizá es que mi vida iba en ello. Esta forma de sentir y de querer. Esta lealtad y esta paciencia. Siempre enzarzado en lo pequeño, siempre expectante ante lo grande. Esta bravura callada. Quizá el fútbol sólo sea una forma de entender el mundo, de mantener unidos los carriles en nuestro fiero e incierto camino. El eco de un gol que aún nos resuena por dentro.

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