Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Andrés Ferrer Taberner

A pie de isla

Andrés Ferrer Taberner

Escritor

Ovejas

Flota en el aire un balido de olas: las ovejas y el mar entrelazan sus voces en un mismo murmullo. Cerca de la orilla pacen éstas los rastrojos de un campo que desangra sus ocres arcillosos sobre la playa. Hoy día aún es posible en Ibiza verlas junto al mar en fincas payesas aisladas, visiones de un ruralismo de interior que alcanza todavía algún rincón que otro del litoral. Inmóviles, parecen soñar despiertas, entreviendo a mediodía el mar como una planicie infinita de pastos libres de cercas y otras prohibiciones humanas. Quizá se figuren también que los faros son mojones con luz propia que advierten de la presencia del hombre. Mejor entonces que no se arrimen.

Dejando a un lado las estampas evocadoras de estas ovejas marineras, es fácil adivinar, sin embargo, que la mayoría de sus congéneres en Ibiza se cría en el interior. Este ganado muestra en la isla singularidades atípicas, como tantas otras cosas aquí. Cuando pensamos en estos rumiantes lanudos, nos vienen de inmediato a la cabeza dos imágenes: la de un nutrido rebaño y la de su inseparable pastor. Pues bien, ni una ni otra se ajustan a Ibiza. La mayoría de explotaciones ganaderas de ovino en la isla (algo más de medio millar) se concentra en fincas pequeñas con escasas cabezas, con un promedio de diez animales cada una. Pasan estos casi todo el tiempo apacentando en las modestas parcelas de secano de una gran parte de las casas payesas. Por tanto, su cría no requiere de pastor alguno, pues no hay ni rebaño apenas ni necesidad de conducirlo a ningún sitio.

Tiempo atrás ya era así, al menos desde el último tercio del siglo XIX. Queda atestiguado por la curiosidad de un joven aristócrata que recorrió la isla a pie y a lomos de mula en el verano de 1867. Hablo del archiduque Luis Salvador de Austria, nada menos que miembro de la dinastía imperial de Habsburgo. Pero no es su sangre lo valioso, sino el inquieto nervio que le impulsó a ser un viajero incansable y con una notable erudición volcada en las ciencias naturales y humanísticas. En su estancia en Ibiza escribió que nunca vio en la isla grandes rebaños de ovejas, a pesar de la abundancia de éstas. Como mucho, agrupadas en hatajos de tres o cuatro ejemplares en torno a las casas rurales. Y que muy rara vez se cruzó con pastores. Así que poco han cambiado las cosas desde entonces, permaneciendo las ovejas en la actualidad náufragas en esos islotes de tierra que son las fincas payesas. Hasta hace unos años, cuando los herbajes eran escasos o estaban compuestos por plantas poco digeribles o con bajo rendimiento nutricional, era habitual llevar los animales a propiedades vecinas con más terrenos y pastizales. Se establecía así un pacto verbal entre vecinos que compensaba a ambas partes, pues a cambio de ceder espacio, el dueño de estas posesiones se beneficiaba del abono natural que dejaban los animales con sus excrementos. Además, se le entregaba también alguna res que otra como aguinaldo en señal de agradecimiento.

Para los antiguos romanos el pastor era el custos gregis, que significa el guardián del rebaño. No hay mejor definición para una profesión milenaria tan antigua como la cerámica, la azada o la domesticación del perro. Desde tiempos inmemoriales los pastores guardan y protegen a unos herbívoros como las ovejas cuya estrategia defensiva ante los depredadores, al igual que la de tantas otras especies herbívoras, era ya la de marchar y apacentar lo más gregariamente posible; es decir, formando un rebaño, cuanto más grande mejor. En suelo ibicenco la higuera ha desempeñado en cierto modo el papel de pastor de ovejas, toda vez que cuida de ellas. Un árbol-pastor, por así decirlo; es mi modo de verlo, tengo siempre la cuña lírica embutida en mis percepciones de la realidad. Y no solo es un árbol-pastor, sino también un árbol-aprisco al darles refugio. Me sosiega observar cómo las ovejas dan esquinazo al sol en verano cobijándose bajo la sombra del gran árbol. O cómo se deleitan con el dulzor de sus higos caídos y se arriman después a su tronco conjurando sus temores en la protección que brinda la madera como burladero. Viéndolas así de satisfechas me atrevo a llevarle la contraria al mismísimo Aristóteles, cuando afirmó aquello de que la oveja es el más estúpido de los cuadrúpedos.

Por desgracia, nada pueden las higueras contra el creciente número de perros descontrolados que atacan sin piedad a las ovejas, un enemigo mortal que les ha surgido a éstas en los últimos años en la isla. Siguen un instinto depredador compulsivo que los hace letales. Este periódico lleva dando cuenta de ello desde hace tiempo. El caso más reciente se produjo a finales del pasado marzo y murieron muchas. Se balan las unas a las otras en estos feroces ataques sin sentido, llamándose entre ellas desesperadamente para encerrarse en ese círculo de lana que forma el rebaño como escudo. Pero no son suficientes. Y heridas de muerte algunas, agonizan solas −como todos− al pie de un árbol-pastor, sin rebaño donde aquietar su miedo y su dolor, únicamente con el balido sedativo de sus compañeras despidiéndose.

Compartir el artículo

stats