«¡Cuántas preguntas!», comenta Belén Alvite, responsable del Centre d’Estudi i Prevenció de Conductes Addictives (Cepca) mirando el móvil del servicio, que echa humo. Es media tarde y aún no han acabado de responder a todas las preguntas que adolescentes de toda la isla han enviado sobre el suicidio. Ese tema tabú. El interés de los jóvenes ha desbordado las expectativas puestas en una iniciativa que Alvite cazó al vuelo. Cuando se enteró de que Nadia Banegas, de Musicaldansa, estaba montando ‘Norway today’, basada en la historia real de dos adolescentes que quedaron en un fiordo para quitarse la vida, tuvo claro que quería trabajar con ella.

Ayer, unos 400 alumnos de Secundaria y Bachillerato de Sa Colomina, Sa Real y Santa Maria, asistieron, desde las butacas de Can Ventosa, a la historia de July y August (encarnados por Lucía Serra y Max Pérez), esos jóvenes que se conocen en internet y huyen a lo alto de un fiordo con el objetivo de quitarse la vida. «Me suicidaré. Y quiero hacerlo con otra persona. ¿Alguien quiere morir conmigo?», pregunta July en un chat, desde su habitación. Un mensaje en una botella lanzada al océano digital al que contesta August, de 17 años, que asegura haberlo intentado. «Un poquito». Y sin éxito. El escenario, al que están conectados, desde sus aulas, cientos de alumnos de las Pitiusas, se convierte en ese fiordo de 600 metros de altura en el que la pareja, pertrechada con ropa de abrigo, una tienda de campaña, sacos de dormir unas cervezas y unos sándwiches conversa antes de arrojarse al vacío. Un salto que durará diez segundos. «¿Qué piensas hacer en esos diez segundos?», se preguntan antes de contar, en tiempo real, esos diez segundos. Esos diez larguísimos segundos. «Una eternidad, diez segundos».

Los actores, en una de las primeras escenas. | JUAN A. RIERA

Los actores, en una de las primeras escenas. | JUAN A. RIERA Marta Torres Molina

Los adolescentes, abducidos por el diálogo suicida, ríen. Comentan. Piensan. En la penúltima fila de butacas, uno no puede contener las lágrimas. Un sollozo liliputiense que traspasa la mascarilla y que trata calmar, pasándole un brazo por los hombros, una amiga, o novia, o amigovia. Lo que sea. Alguien que se sienta a su lado. Que le quiere. Que se preocupa. July asegura que es «feliz», aunque el objetivo es dejar atrás «el odio, el dolor y la obligación de separar el plástico del papel». August está en la misma onda: «Los suicidas depresivos son estropajos».

Pelados de frío, aferrándose al borde del abismo cuando resbalan, sorprendidos por la aurora boreal —«si nos hubiéramos tirado no la habríamos visto»—, intentando dejar un mensaje de despedida para quienes les quieren, consultando el momento de lanzarse desde el fiordo... Ahí, July y August empiezan, de nuevo a vivir.

Los adolescentes, en el patio de butacas del auditorio de Can Ventosa. Juan A. Riera

«El final, en la vida real, fue diferente», explica Belén Alvite a los chavales cuando éstos dejan de aplaudir a los jóvenes actores. «Hace sólo un año que Max hizo su primera prueba. Fijaos todo lo que puede conseguir una persona en sólo un año», comenta sobre el protagonista antes de alabar la July «tan creíble, tan cercana y tan fantástica» a la que ha dado vida Lucía. Ambos están ya de nuevo en el escenario, bebiendo agua y con su propia ropa dispuestos a intervenir en el coloquio, en el que también participan el psiquiatra Miguel Ruiz Flores y la psicóloga Desirée Guillén, del programa de atención y prevención del suicidio.

«En Ibiza se suicida gente, pero no se habla de ello», comenta Ruiz, que insiste en la necesidad de que la sociedad apoye a quienes le dan vueltas a la idea de quitarse la vida. «Las sociedades que no apoyaron a los más débiles se extinguieron», comenta en respuesta a uno de los alumnos, que ha preguntado «por qué se considera que alguien que intenta suicidarse quiere llamar la atención». «Esto es un mito, abunda Guillén, que confiesa, tras otra cuestión, que cuando comenzó a estudiar este comportamiento le daba «miedo». La experta destaca que en estos casos lo más importante es «escuchar desde el corazón» y sin que la persona se sienta juzgada. Ambos coinciden en que aunque haya un malestar y un sufrimiento previo, la decisión de dejar de vivir es algo «impulsivo». «No es que no quieran vivir, es que no quieren su vida así», afirma la psicóloga. El psiquiatra recuerda que cuando en una ciudad vallaron un puente desde el que la gente se arrojaba, los suicidios se redujeron «a pesar de que había otro puente unos metros más allá», algo que se debe a que esa decisión «es algo impulsivo».

Un momento del coloquio. | M. T.

Un momento del coloquio. | M. T. Marta Torres Molina

«Una amiga se hace cortes, ¿necesita ayuda?». La pregunta llega al teléfono del Cepca desde el colegio Santísima Trinidad, de Sant Antoni, donde siguen la jornada. El especialista separa las ideas de suicidio de las autolesiones. «Son una forma de sacar la ansiedad», indica Ruiz Flores, que insiste una vez más en la necesidad de no quitar importancia a las amenazas de suicidio. «Hay que tomarlas en serio, nadie dice que se quiere quitar la vida para llamar la atención, lo hacen para pedir ayuda», comenta el psiquiatra, que recalca que, en esos casos, hay que buscar un profesional. «Si tuviera una apendicitis no dirías que basta con la intención para curarle. Con esto, lo mismo», concluye mientras las preguntas y dudas siguen llegando, sin descanso, al teléfono.

Las personas que necesiten ayuda tienen dos líneas telefónicas a las que acudir: el Teléfono de la Esperanza (717 003 717) o el Teléfono Contra el Suicidio (911 385 385), dedicados a la prevención de los suicidios.