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Imaginario de Ibiza

Nostalgia por el castillo apuntalado

Ahora que ya se vislumbra no tan lejano el fin de la obra del Parador de Turismo, que convertirá las ruinas del Castillo en un alojamiento único, vuelve a la memoria el monumento desvencijado y apuntalado que era antes. Incluso se le echa de menos

El Castillo de Dalt Vila, antes de ser restaurado y reformado como Parador de Turismo. Fotos: Xescu Prats

Todos nacemos siendo originales y la mayoría acaban siendo copias. (Carl Jung)

Antes de que Dalt Vila fuera coronada por grúas y pasáramos años con una perturbadora sensación de monumentalidad corrompida, por coyuntural que ésta fuera, el Castillo era una ruina apuntalada que se caía a pedazos. Probablemente así habría ocurrido de no haber surgido la posibilidad de su reconversión en Parador de Turismo y la consiguiente restauración integral con cargo a los presupuestos generales del Estado. A veces, sin embargo, la nostalgia, que es caprichosa, nos empuja a echar de menos aquel paisaje desolado, camino a la desintegración. Al menos, para quienes crecimos con él y vivimos su decadencia como parte del escenario de la infancia.

En aquellos años previos a la puesta de la primera piedra del parador, en un ya muy lejano 2009, la fachada del lado sur más próxima a la Catedral, a continuación de la Torre del Homenaje, se sostenía mediante una estructura esquelética de andamios oxidados, que soportaban tres líneas paralelas de vigas metálicas aferradas al muro. Era lo primero que uno vislumbraba desde es Soto, a la altura de la boca del túnel que desemboca precisamente al pie de dicho tramo.

La pared exhibía un desvaído tono almagre en la parte de arriba, mientras que abajo el enlucido se había desprendido, dejando a la vista las piedras desnudas de la mampostería que sostenía el edificio. Al otro lado de la torre, hacia el baluarte de Sant Jordi, ocurría algo parecido, con tramos amarillos repletos de desconchones donde podían leerse las sucesivas capas de pintura que habían adornado el edificio a lo largo de la historia. Mas vigas herrumbrosas estabilizaban la pared y sus oquedades, aquí sin necesidad de armazones externos.

Los pabellones que cerraban el conjunto por poniente, justo donde la Ronda Calvi comienza a caer hacia el Portal Nou, también se hallaban arruinados, con los marcos de puertas y ventanas carcomidos y parte de la cubierta de tejas hundida. Entonces estas estancias solo poseían una planta, al contrario que ahora, que exhiben dos alturas, lo que habrá permitido incrementar sustancialmente el número de habitaciones del futuro hotel.

A pesar de la valla metálica de protección que impedía aproximarse a la fachada, evitando que a algún transeúnte pudiera caérsele una teja por la cabeza, y el aspecto destartalado de todo el conjunto, el Castillo poseía un indudable atractivo. Éste se multiplicaba para los aficionados a la fotografía, por la plasticidad de los detalles y texturas de su decadencia, que proporcionaban imágenes de gran fuerza e impacto.

Cuando concluyó la primera fase de las obras de remodelación del monumento y las fachadas fueron tintadas de nuevo, a buena parte de los ibicencos nos chirrió la viveza de los tonos escogidos. Constituían una versión demasiado encendida de los amarillos y almagres exánimes a los que nos habíamos acostumbrado.

Cuando se apostó por la reconversión del monumento en un parador, en 2004, creo que a una gran mayoría de ibicencos les pareció una buena idea. Se recuperaría un patrimonio abocado al desastre y se dotaría a la isla de un nuevo alojamiento de alta calidad, ya que entonces aún no abundaban. Tras lustros de burocracia, hallazgos arqueológicos, tiras y aflojas entre los técnicos de Turespaña y los de Patrimonio, parálisis y reinicios, acabarán pasando veinte años. Demasiado tiempo para que el sentido que tenía abrir un parador en Ibiza se mantenga intacto, salvo por el hecho de que el monumento, aunque excesivamente transformado, al menos seguirá en pie. A veces, sin embargo, amanece uno de esos días lánguidos en que la ruina se nos antoja más apetecible.

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