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Diario de Ibiza

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Los varaderos desnudos y el color de la sangre coagulada

A menudo, Canal d’en Martí es confundido con Pou des Lleó, su cala contigua. En tiempos romanos, albergó una fábrica de púrpura y actualmente es uno de los rincones de costa que acumula mayor cantidad de varaderos.

Un varadero en el Canal d’en Martí.

Creo que Dios se enfada si pasas ante el color púrpura en el campo sin fijarte en él. (Alice Walker, ‘El Color Púrpura’)

Cuenta la leyenda que el dios fenicio Melkart y la ninfa Tyrus paseaban por una playa próxima a la ciudad de Tiro (Líbano), cuando el perro que los acompañaba encontró una caracola y la mordió, tiñendo su boca de color púrpura. Aquella tonalidad tan intensa, entre morada y violeta, produjo tal asombro en la sílfide que ésta le exigió a su divino amante un vestido de idéntica gama para volver a aceptarlo en el lecho. Aquel suceso originó la industria de la púrpura, un tinte más valioso que el oro, ya que para elaborar un gramo se requerían alrededor de nueve mil cañaíllas o cornets, como se denomina en ibicenco a esta clase de caracol marino.

Las fábricas de púrpura, en las que se empleaban las glándulas mucosas de las variedades Murex brandaris y Murex trunculus, se expandieron por todo el Mediterráneo con fenicios y púnicos, aunque fueron los romanos quienes más las desarrollaron, expandiendo su comercio. Dicho pigmento únicamente lo lucían, además del emperador, nobles, generales y senadores, que eran los únicos que podían permitírselo. El militar e historiador romano Plinio el Viejo (siglo I) definió la púrpura como «el color de la sangre coagulada, que ilumina cada prenda y comparte con el oro la gloria del triunfo». La existencia de púrpura implicaba, además, la presencia de rebaños de ovejas. Su lana era cardada y tejida antes de ser tintada, ya que la púrpura, que se obtenía mediante un proceso de oxidación, secado con sal y asoleado, se estropeaba rápidamente y no podía ser exportada en estado líquido.

Fragmentos de cañaílla

Si se excavara en las inmediaciones del Canal d’en Martí, en Sant Carles, tal vez se descubriera que, al igual que en las playas de Tiro, los montículos y colinas cercanas a la orilla son en realidad cúmulos de fragmentos de cañaílla que se emplearon en la industria de la púrpura. En esta ribera existió una importante producción de tinte, según los arqueólogos, aunque no era, ni mucho menos, la única del archipiélago, pues se han encontrado acumulaciones de conchas en alrededor de 40 enclaves de costa pitiusa.

A simple vista, nadie imaginaría que esta orilla hubiese albergado una factoría de tintado textil y que probablemente una legión de mariscadores saliera de aquí a diario a recolectar cornets por todos los alrededores, donde debían de ser extraordinariamente abundantes. Éstos, con el paso de los siglos, acabarían siendo sustituidos por pescadores, que desde tiempos inmemoriales también han usado su orilla como puerto, para salir a faenar en los caladeros próximos al islote de Tagomago, nada más doblar la Punta d’en Valls.

Hoy, esta playa, junto con Cala d’Hort y sa Caleta, en Sant Josep, es una de las que más varaderos alberga; más de treinta si incluimos algunos desnudos y elevados, sin el abrigo de un refugio de piedra o madera, donde solo quedan varadas las barcas en verano, cuando existe menor riesgo de temporales. Con el tiempo y la falta de uso, algunos se han ido arruinando y en invierno, a veces, acumulan una montaña de posidonia. Su orilla, en cualquier caso, constituye uno de los rincones realmente pintorescos de la costa este de Ibiza.

Llaüts, chiringuitos y pozos hundidos

Ibicencos y turistas tienden a confundir es Canal d’en Martí con la cala de es Pou des Lleó, contigua hacia el norte. La causa, en buena parte, obedece a las indicaciones del restaurante-pensión así denominado, situado casi a la entrada de la playa, desde donde parte otro desvío sin asfaltar que en pocos metros desemboca en la otra orilla. Allí existió un pozo de agua dulce de origen medieval excavado en el acantilado, a solo un metro del mar, que originó el topónimo. Lamentablemente, se hundió durante un fuerte temporal, hace ahora dos años. La gastronomía, además del soberbio paisaje, representa uno de los principales atractivos de este rincón, con dos restaurantes donde disfrutar de pescados frescos y arroces, y un chiringuito.

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