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Memoria de la isla

Llepolies i galindaines

En los años 40 y 50, las alegrías que los niños teníamos -la situación no daba para más- estaba en pequeñas cosas que ahora serían insignificantes. Una caja de zapatos se convertía en un fuerte del Far West, una escoba era un caballo, con la rueda de una bicicleta desahuciada hacíamos un aro, una rana atrapada en los estanques del Parque era una magnifica mascota, con periódicos viejos hacíamos gorros o aviones de papel y podíamos hacer ventajosos trapicheos cambiando canicas por tebeos, cromos o por aquellos minicuentos de Calleja que traían en sus envoltorios los Chocolates Tárraga y Valor.

Es coix Pujol amb el seu carret,a la plaça de sa Font.

Es coix Pujol amb el seu carret,a la plaça de sa Font. Heinz Vontin

Nuestros padres paliaban sus preocupaciones con el tabaco, el fútbol y la partidita de cartas en el Pereira y El Dorado. Nuestras madres tenían su mejor medicina en los seriales de la radio y el rosario vespertino de Sant Elm, mientras nosotros, niños entonces, nos refugiábamos en los tebeos y en el cine, no sin antes pasar por el carrito de las chucherías a comprar chufas o pirulís.

Casi todos los niños, a pesar de las penurias de aquellos años, teníamos asignado los domingos, siempre que no hubiéramos hecho alguna barrabasada durante la semana, un modestísimo estipendio que administrábamos con tiento porque no llegábamos a todo. La entrada del cine era sagrada, pero a veces no la comprábamos porque, si el señor Bécares que era portero en el Pereira estaba de buen humor, dejaba, iniciado el NO-DO, que nos coláramos a la luneta. Y con lo ahorrado comprábamos el TBO, el DDT o cuadernos de aventuras -El Guerrero del Antifaz, El Cachorro o Diego Valor- que una vez leídos cambiábamos por otros de segunda mano en Casa Carlos, en el carreró de sa Xeringa.

Y lo que no perdonábamos para ir al cine era comprar alguna cosa en uno de aquellos carritos que vendían toda clase chucherías: almendras saladas y garrapiñadas, caramelos, chufas, cacahuetes, pipas, regaliz, manzanas caramelizadas, pirulís, martillos y bastones de caramelo, dátiles confitados, chicles Bazoka y qué sé yo. También vendían de matute, discretamente, cigarros sueltos porque pocos podían comprar un paquete entero. Luego, con el tiempo, creció la oferta con gominolas, patatas fritas, gusanitos de arroz, piruletas y los redondos chupa-chups que arrasaron. Y todos entrábamos en el cine con nuestro cucurucho de papel de estraza, lleno de lo que fuera para matar los nervios en ‘Mogambo’ o en ‘Las minas del rey Salomón’. Mejor que mordernos la uñas era comer cacahuetes.

Benditos piperos

Nuestros entrañables piperos, guardianes de nuestras fantasías y de aquellos pequeños caprichos de a perra gorda y de a peseta, nos obligaron a llevar nuestras primeras cuentas, a conocer el valor del dinero y también a encajar alguna decepción cuando el precio de alguna golosina superaba las monedas que nos quedaban en la faldriquera. ¡Benditos piperos!

Según me cuenta Pere Vilàs, amigo de infancia que me refresca la memoria, en la ciudad había varios carrets de llaminadures o galindaines que por las mañanas y en los días laborables se colocaban en la plaça de sa Font y los domingos cerca de los cines y del Quiosco de s’Alamera que parecía una pagoda. El carret d’en Martí lo llevaba él mismo con su mujer. Un tal Pujol que trabajaba en el Matadero explotaba otro carrito y luego estaba el carret d’en Sitges, especializado en cacahuetes y que, amigo de filosofar, con respuestas para todo, solía reunir un corrillo de curiosos, más para oír sus ocurrencias que para comprar lo que vendía. Cuentan que un amigo le pidió prestadas tres pesetas para ir al cine y en Sitges contestó: «Ho sento molt, però no puc; tinc signat un conveni amb don Pere, l’amo del Banc de ca n’Abel, i ni jo puc deixar sous ni ell vendre cacauets».

«És més que marqués»

Y esta historia me lleva a otra que fue un auténtico cuento de hadas. Na Tina era una chica menuda, graciosa y guapa, nieta de n’Emili es neulero y na Maria del Bisbe, a los que ayudaba en el negocio de su pequeño carrito de bimbirimboies, hasta que el azar quiso que recalara en Ibiza un turista belga que era marqués y que, enamorado de Tina, la pidió en matrimonio. Cuentan que la gente le decía a su abuela, «Maria! M’han dit que se teva neta es casa amb un marquès». Y na Maria, que no sabía leer ni escribir, respondía muy seria y ufana: «És més que marquès. Es dinamarquès!». Ella no diferenciaba, ni puñetera falta que le hacía, entre Bélgica y Dinamarca.

Aquellos carritos que decía eran la cosa más simple que uno pueda imaginar, un cajón de poco más de un metro de largo, por unos 80 centímetros de ancho y de fondo, que servía de almacén para el género que se vendía y que utilizaba la plataforma superior como mostrador y expositor. Aquella guisa de cajón tenía dos ruedas, una a cada lado y dos patas en un extremo para asentar y estacionar el carro que se subían cuando tenía que desplazarse, dejando el carro en carretilla. Casi todos tenían un techo de madera con algún reclamo, del que solían colgar los bastones de caramelo que eran muy largos. Cuando llegaba el verano, alguno de aquellos carritos desaparecía y entraban en juego los que vendían polos y helados. Los recuerdo en el puerto, junto al Obelisco, en imposible competencia a Los Valencianos de toda la vida. El pipero, llamémosle así, para nosotros fue un personaje a tal punto familiar que nos conocía y se anticipaba: «Qué prefieres hoy, Bartolo, chufas o piruleta?».

Recuerdo al pipero solícito y bromista, vestido con un guardapolvo descolorido y con una boina en invierno. Hombre previsor, si estaba nublado colgaba del techo un enorme paraguas. A uno de ellos, creo que fue en Pujol, lo vi muy amoscado un día que se había apostado al final del Parque, muy cerca del Central Cinema. Había sucedido que un municipal, -supongo que por encargo del cine-, le llamó la atención porque en la sala no querían que el personal entrara con las dichosas pipas de girasol y cacahuetes que llenaban todo de cáscaras y provocaban, mientras duraba la proyección, un molesto fondo sonoro con el continuo cri-cri-cri de los infatigables roedores. Ahora que lo pienso, sería porque el Central Cinema era un cine distinto, con una programación orientada al cine negro, de ensayo y autor. Las primeras películas de Hichcock y Bergman las vimos en el Central Cinema. Y recuerdo que algunas otras -’Fresas salvajes’ y ‘El séptimo sello’, pero también las españolas ‘Calle Mayor’, ‘Yo confieso’ y ‘Balarrasa’-, provocaron, -por ‘verdes’ y por ‘fuertes’, como entonces se decía-, un cierto revuelo en el personal.

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